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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Jueves 24 de Mayo de 2007 - Edición 9613
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Al maestro, sólo con respeto


Al maestro, sólo con respeto - Foto
Mario Vargas Llosa.

Hace muchos años, luego de leer El hablador, decidí no volver a comprar un libro de Mario Vargas Llosa. Mi veto --protesta silenciosa a la que acudimos los lectores cuando un autor se nos sale del seso-- obedecía a que la historia de los machiguengas me resultó a todas luces falsa, impostada, propia de un escritor que abusaba de las “tablas” que únicamente el buen oficio permite. Debo aclarar que no sólo a él le tocó en suerte ser excluido de mi biblioteca, por ratos, Gabo, Carlos Fuentes y muchos mexicanos, sobre todo los del “crack”, estuvieron “enlatados”.

Mi bolsillo lo agradeció (soy de los que no van a las casas editoriales con el gafete de reseñista a pedir libros, porque no me interesa adquirir compromisos que influyan en mi visión de las obras) y mi trashumancia se sintió aliviada (en la vida he conformado tres bibliotecas, quizá en recuerdo de esa casa materna que nunca tuvo una); pero el lectorcito que llevo dentro, como el orientalito de Benedetti, se sintió cercenado cual ciudadano dentro de un gobierno que abusa del secretismo.

Buscar otras literaturas fue un verdadero hallazgo, sobre todo la puertorriqueña, la cubana y la española del último tercio del siglo pasado y comienzos de éste. Sin embargo, mientras dormía, Vargas Llosa se presentaba con su cobija flaubertiana y sus ninfas de Gauguin a preguntarme si había encontrado un microcosmos mejor que el Leoncio Prado o la Casa Verde, y yo me defendía aludiendo a Donoso y Rulfo. Las batallas nocturnas se volvieron el cuento de nunca acabar hasta que me sentí impelido a conseguir Travesuras de la niña mala.

Ésta es una novela del autoexilio, de la existencia sin búsquedas verdaderas --donde las haya-- del recuento sobre la última mitad del siglo que nos dejó y sobre el porqué los hombres “buenos”, o limitados, gustan de las mujeres “malas”, o avezadas a sobrevivir.

Con respecto al autoexilio, debo confesar que me vino el recuerdo de esos versos que Joan Manuel Serrat extrae al poeta español para cantar: “No es que no vuelva porque me he olvidado de tu olor a cocina y a tomillo… es que perdí el camino de regreso”, y entonces sentí que recuperaba al maestro de la memoria, a ese miraflorino capaz hasta de abusar de ella para contarme literariamente qué nos hubo en el pasado siglo (incluido el error de ubicar el SIDA en los años setenta), ese que me obliga a un tour de force por los escenarios del trasterrado: Francia, Inglaterra, Japón y España, el Perú de origen, el Chile fantaseado y un México y una Cuba que influyen con su peso específico.

Ricardo Somocurcio es un pequeño burgués limeño que desde niño ambicionó vivir en París; sólo eso: vivir en París. Por él habrán de pasar la historia (sin mayúsculas) y la vida de sus amistades, y no le darán ni un mal aire: el personaje perfecto para cualquier intelectual que siempre lamentará, como Coronel Urtecho, haber tomado el primer libro con aprehensión. Pero lleva, desde la misma infancia o preadolescencia, si se prefiere, el veneno del amor; es decir, una búsqueda que acaba con lo verdadero –donde se encuentre.

Este personaje le permite al autor verter --Gordo Paúl, tío Ataúlfo, sobrino Lamiel y las maldades de la “multicaras” volente-- su desencanto por la política y la historia latinoamericanas y su razonada naturalización europea. Un desencanto que nos deja huérfanos en la piel del personaje, carentes de anhelos y, por qué no decirlo, con nuestra ajada valija en busca de quimeras. Ricardo, por lo tanto, representa una confesión que transgrede entre líneas la posición cosmopolita y neoglobal de Vargas Llosa. Nada mejor para leerlo.

Por otro lado, el peruano, serio candidato al Nobel (palabra aguda), es un maestro para cualquier aspirante a escritor: sus ensayos, obras de teatro y novelas (que no sus colaboraciones periodísticas) resultan un manual para el buen escribir y pensar. Por ello --ahora que regresa sin pretensiones a contar-- es todo un suceso verlo construir una historia lineal y sin artilugios, apoyando su estructura en el narrador que recupera la memoria para relatar su sino: el amor enfermizo por quien, Ricardo lo sabe, únicamente le ha traído la desgracia.

Lily (chilenita), camarada Arlette (peruanita), compañera Chacón (cubanita), madame Robert Arnoux (francesita), Mrs. Richardson (inglesita), Kurico Fukuda (japonesita), madame Ricardo Somocurcio (neofrancesita) y la amante del marido de Martine (paria), todas una sola: Otilia, la niña pobre de la calle Esperanza. Un personaje que no le envidiaría nada a Hugo Conti, en Casi el paraíso, de Luis Spota, o a la protagonista del Diablo Guardián (Xavier Velasco, sobrevalorado por un premio internacional y del cual hablaré en futura entrega). Una pícara que sobrevive fuera de su entorno, como buena periférica harta de la miseria que la rodea desde la cuna o, mejor dicho, desde la historia.

Los encuentros y desencuentros de los protagonistas están contextualizados con la maestría que el oficio vuelve virtud y no recurso de pueblerino aburrido porque el carnaval no trajo a los enanos del circo. La aparición de un nuevo personaje siempre caerá como anillo al dedo para la historia que se nos va a contar. Por eso todo se vuelve verosímil, o real, como prefieren apostar los ibéricos. Mario Vargas Llosa recupera en esta novela al muchacho que en La ciudad y los perros cobraba por carta o historieta hecha a los internos, o sea, nosotros, los lectores y los que nos horrorizamos ante la página blanca.

No obstante el gusto por haber recuperado al maestro, me quedan varios cuestionamientos al Raskolnikov moralista que como losa aún lo aplasta: ¿por qué el happyending justiciero? ¿Mató a Barreto con una enfermedad anacrónica sólo porque era gay? ¿El Gordo Paúl es el necesario mártir guerrillero que su buena conciencia exige para decirnos que hemos estado equivocado? ¿Tenía que escoger un subterfugio para desembarazar a Ricardito de la última pareja sin remordimientos de conciencia? Y, en ese final feliz y justiciero, ¿valía la pena devolverle al amoroso perdedor la posibilidad de una gratificante jubilación? “…nos vamos volviendo viejos, el amor no lo reflejo como ayer…”

Travesuras de la niña mala.Mario Vargas Llosa.ALFAGUARA, 2006. 375 págs.




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