Un viaje de tres intensos días a Santo Domingo A los pies del Almirante
A República Dominicana uno llega pensando en sus playas soleadas, en el merengue y en la bachata rápida. Lo último que pasa por la mente es que se puede ser parte de un debate casi continental que cumple ya 500 años: ¿descansan allá los restos de Cristóbal Colón?
Roberto Collado | rcollado@elnuevodiario.com.ni
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| La tumba de Colón. Según los dominicanos, aquí descansan sus restos. ROBERTO COLLADO/END |
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Santo Domingo
El descubridor de América descansa en Santo Domingo, República Dominicana. Nueve millones de personas, que son los que habitan la isla de 48 mil kilómetros cuadrados, así lo creen, y no sólo eso: morirían por hacer prevalecer esa verdad. Pero ello es tan sólo una parte del encanto en ese trozo de tierra caribeña.
Allá todo comienza con el clima. El sol cae a plomo sobre sus calles y logra una expansión mercuriana de 38 grados centígrados. Dicen los lugareños que el mar le aumenta dos grados más. “Es que tiene vida y calor propio”, dice Miguel Terrero, un pescador de nacimiento convertido en taxista tras el estallido turístico de Santo Domingo, la capital dominicana.
Cierto o no, la verdad es que la isla es destino preferido de europeos y canadienses que huyen de los fríos de su tierra. Y últimamente, según citan agentes turísticos, los latinos están apuntando su brújula hacia allá. La Ceiba de Colón Llegué a Santo Domingo a comienzos de este mes, procedente de San José, Costa Rica, tras casi cinco horas volando a través de TACA. Como salí desde Managua, hice escala en El Salvador en un viaje corto de tan sólo 46 minutos. Aunque la travesía la inicié cuando Managua apenas despertaba, a Santo Domingo llegué bajo un sol apagado, pero con su hervor suelto en el ambiente.
La noche viste a Santo Domingo de un color fiestero, aunque así sea lunes. “Si se acerca el fin de semana, mejor”, nos dice un amable botones del hotel donde me hospedé, el Renaissance Jaraguas, ubicado en la Avenida Washington, una de las principales de la capital dominicana y donde se concentran los mejores casinos y sitios de noche.
El hombre no exagera, la vida nocturna termina tan tarde, que uno deja los centros nocturnos bastante temprano, sólo que en un día distinto. Más de 100 hoteles y otra cantidad de centros de diversión lo aguardan allá para “seducirlo” los días que se encuentre en la isla.
En el día queda claro que la ciudad ha sabido combinar lo sofisticado del mundo moderno con el carisma que les heredó el viejo mundo. Las torres -–a como llaman los dominicanos a sus edificios-— parecen bien acomodadas junto a los palacios donde hace más de cinco siglos despacharon los primeros ilustres que llegaron a la isla, tras la ruta que abrió Cristóbal Colón.
No en vano, los dominicanos se crecen llamando a su isla “puente” entre el viejo y el nuevo mundo, pues fue allá donde Colón tocó por primera vez tierra un cinco de diciembre de 1492. Incluso, todavía está en pie un gigantesco tronco de ceiba donde dicen que amarró la Santa María, y que está ahora enchapado en concreto para su conservación.La ciudad amurallada Diez kilómetros de muro a la redonda protegen la primera ciudad fundada en América y ahora ubicada en el centro histórico de la isla. Antes, la bautizaron como La Española, hoy es Santo Domingo. Se ingresa por la Puerta de las Atarazanas, llamada así por las casas que se utilizaban como almacenes en el siglo XVI. “Recuerden que esto fue como un puerto desde donde los conquistadores se avituallaron para seguir sus rutas hacia el resto de América”, señala Luz Patria, una jocosa dominicana que nos sirvió de guía por el centro histórico de la isla.
Una vez que pasa las Atarazanas usted realiza un segundo viaje, sólo que hacia un punto fijo 500 años atrás. Lo primero a la vista son las calles angostas y empedradas de la ciudadela, las que van hacia la primera catedral de América.
Las calles también llegan hacia las escalinatas del Palacio de los Virreyes, donde pernoctaba Cristóbal Colón cuando llegaba a la isla, y donde vivió su hijo Diego y cuatro generaciones de su linaje. La empedrada conduce también hacia la primera universidad católica fundada en América y a las casas que habitaron los primeros españoles que atraídos por las crónicas del almirante descubridor, llegaron a La Española.Las estancias del almirante Una estatua de la esposa de Diego Colón, doña María Toledo y Roxas --tallada en piedra y de tamaño natural--, se encuentra a la entrada del palacio virreinal. Su aspecto de viguilla aumenta la irresistible curiosidad de pasearse por las estancias donde el almirante descubridor de América pasó días enteros.
En el edificio, de dos plantas y que llega a tener la extensión de ocho casas coloniales, se combinan varios estilos: el gótico, con influencia mudéjar en sus puertas y ventanas; el isabelino en las borlas que lo adornan, y el renacentista en sus arcadas.
En sus 22 habitaciones descansan verdaderos tesoros: una arpa de bronce del tamaño de una persona con el que los nietos de Colón ensayaban sus notas;
muebles del siglo XV, XVI y XVII, la cama de descanso del matrimonio Colon-Toledo, varios instrumentos de navegación del almirante, y una armadura de escudero con todo y la de su corcel, traídos directamente desde España.
Cuentan en la isla que desde varias partes de la ciudadela se podía ver a doña María de Toledo y Roxas caminando en los balcones del palacio con su corte de catorce doncellas que llegaron de España exclusivamente para hacerle compañía. Es en homenaje a ellas que la calle que va hacia la antigua universidad católica fue bautizada como la de “las damas”.La catedral, otro encanto en la isla Frente a la plaza central de Santo Domingo, donde yace de pie un Cristóbal Colón de bronce, señalando con su dedo índice un horizonte inexacto, está la entrada principal a otro encanto de la isla: la Catedral Santa María de Nuestra Señora de la Encarnación, llamada también Catedral Primada de América, y donde se celebró la primera misa en este continente de la que se tenga registro.
Diecisiete años tardaron en construirla y fue bajo las órdenes de Carlos I de España, en el año 1523. La también gigante edificación cuenta con catorce capillas, siete en el ala sur y las otras siete en el ala norte. Inspirada en estilo gótico y renacentista, descansa sobre columnas de piedra en forma de palmera, como un homenaje al paisaje caribeño que también sedujo a los conquistadores.
Cargada de reliquias de personajes de la conquista española, la catedral exhibe también la primera pintura de la madre de Jesús que ojos indios vieron a la llegada de los españoles. Aquí también descansan los restos del único arzobispo que ha sido presidente de un país, Fernando Arturo de Meriño, quien gobernó Dominicana por dos años.El Faro a ColónInevitable visitar el Faro a Colón, una edificación en forma de cruz ubicada al otro lado del río Ozama. Por las noches el faro emana luces láser que proyectan una gigantesca cruz en el cielo. Pero el encanto del faro no es su impresionante diseño, sino que guarda una urna donde los dominicanos juran que descansan los restos del almirante.
Con esta afirmación, Santo Domingo disputa a Valladolid y a Sevilla, España, el lugar donde descansan los restos del navegante más famoso de la historia del mundo. Cuentan los dominicanos que en 1877 encontraron una urna con una osamenta humana en la catedral antigua. En la urna estaba escrito un nombre: Cristóbal Colón.
¿Pero qué dicen de los reclamos de España? Los dominicanos dan una respuesta medio en broma, medio en serio. Dicen que la esposa del almirante fallecido el veinte de mayo de 1506 en Valladolid, viajó expresamente a dejar sus restos por voluntad de su desaparecido esposo. Y que para no incomodar a la corona, dejó restos en esa ciudad y en Sevilla, y a Santo Domingo trajo el cráneo y la parte del esqueleto en que se ubica el corazón.En la Cueva de TaínesOtra maravilla que almas extranjeras deben vivir en Santo Domingo es una noche en la Guacarataína, o Cueva de Taínes, traducido de la lengua ancestral dominicana al español. Es una discoteca, pero no cualquiera, es una cueva natural acondicionada para “el perreo”.
“Puede que sienta un vértigo al bajar y sus pulmones se opriman por unos segundos, pero nos se preocupe, es normal cuando se va al centro de la tierra”, te advierte un corpulento guarda en la boca de la cueva. No hubo acuerdo entre el personal de la disco para decirme con exactitud a cuánta profundidad se encuentra la pista de baile principal. El debate estuvo entre los 100 y los 200 metros.
Allá los dominicanos y los mismos extranjeros de visita se olvidan del mundo exterior y entran en una especie de trance a son de lo que en Santo Domingo llaman “perreo intenso”.
Me dijeron que la gruta tiene capacidad para unas 2 mil 500 personas, y si a la vista nos atenemos, puede ser cierto: el lugar es extenso. La humedad del ambiente y el techo en forma de roca volcánica derretida no deja ninguna duda: la diversión es bajo tierra.Saludando a “Mama Juana”Los dominicanos sentencian en los bares “Si usted no ha probado, la Mama Juana, usted no ha estado en esta ciudad”, y es que esta es la bebida típica del lugar.
A la “Mama Juana”, que es una especie de aguardiente artesanal, los dominicanos le atribuyen poderes mágicos. Unos dicen que es afrodisíaco, otros que doblega enfermedades incurables, y no faltan quienes a secas dicen que eleva el espíritu dominicano al son de la conga y los tambores. Por supuesto, es de esto último que yo puedo dar fe.Anótelo:El viaje a Santo Domingo inicia con un paquete que ofrece TACA a un costo de 382 dólares, más impuestos. Una habitación en un hotel ronda los 85 dólares la noche y la comida en restaurantes típicos cuesta un mínimo de cinco dólares. En algunos sitios históricos se cobra hasta tres dólares el ingreso, pero si usted compra un paquete a un tour operador, sólo debe ocuparse de que su cámara digital tenga suficiente memoria y sus pilas estén bien cargadas.
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