Tríptico de Carlos Martínez Rivas
Manuel Martínez
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| Carlos Martínez Rivas. |
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Quizás el título de este breve abordaje de la experiencia de la Revolución en Nicaragua, vivido por Carlos Martínez Rivas, sea excesivo para un escrito tan corto. Mi interés se centra en eventos y situaciones contradictorias, vividos por el poeta en contextos y épocas diversas y dispares: la dictadura y la Revolución. A pesar de esto, creo prudente recoger ciertas ideas que revelan la apreciación del poeta sobre el proceso político, que de alguna manera transformó o trastocó a fondo la vida social y cultural del país.
Es sabido que la vivencia social producirá la experiencia, que nace de la práctica, del conocimiento y de la observación de un fenómeno, para que el individuo inserto en un mundo social e histórico nuevo, cambiante, se formule una pregunta de indagación, a veces abrumado por los hechos: ¿Qué está pasando?, ¿qué significado tiene esto que acontece? En realidad, ¿qué ha pasado? Ante la evidencia de signos y significados que sustentan un concepto y representan un símbolo.
Carlos Martínez Rivas regresa a Nicaragua procedente de Costa Rica en 1977, después de largos años de exilio intelectual, su pasantía por España y sus estadías en Estados Unidos y Costa Rica. A su regreso a Granada es acogido por sus amigos, y con la venia oficial, acepta la protección filantrópica de Guillermo Rothschuh Tablada. Se establece en una de las habitaciones del antiguo Colegio Centroamérica, en Granada. Nada ha cambiado desde su partida, la dictadura sigue incólume, la oposición se acomoda con el Pacto de los Generales y la oligarquía moldea los patrones de comportamiento y los cánones de la vida en sociedad. El poeta se encierra en su vida ascética y se dedica a la lectura y anotaciones de sus autores más queridos; escribe poemas, dibuja al grafito y celebra sus tertulias en el centro de la ciudad, con amigos de la infancia, escritores, poetas y diletantes de Granada, y se relaciona con la nueva camada de poetas de Managua, que con devoción llegan a verlo, a escucharlo y a participar con él en sus noches de bohemia.
Pero la convulsión social llega y lo conmueve, y con el derrocamiento de la dictadura se traslada a Managua, al centro de los acontecimientos masivos de actos populares, mítines y eventos circulares legitimadores del poder revolucionario. Carlos Martínez asume una actitud neutra ante los acontecimientos, entre la beligerancia política de izquierda de Ernesto Cardenal, flamante Ministro de Cultura, y la actitud de derecha y opuesta a la revolución de Pablo Antonio Cuadra. C.M.R. ha vivenciado los embates del oleaje y la marea alta del proceso social y político, pero “cuidó con celo su decisión de permanecer solitario, en estricta clausura --soñando atmósferas sin viento--, según cita Pablo Centeno Gómez, como un paliativo contra el “mal de ser” en impotencia, enfermedad, pobreza , decadencia física y moral”.
¿Ese era o fue su estado de ánimo? A veces entra al círculo de la lucha de las ideas estéticas para oponerse al proyecto de Cardenal, y aunque se deja resguardar por personajes poderosos, jamás permite que se le dicte lo que debe escribir. Concurre a actos sociales con autoridades culturales y del gobierno, para recibir a Julie Andrews, Salman Rushdie y Graham Green, pero no asiste a actos culturales a la llegada de García Márquez, Julio Cortázar o Carlos Fuentes, por ejemplo. No parece obvio, pero los cambios y efectos que sufre en su vida privada, él que ha sido fiel a su ser vitalista, existencialista, a su ser insurrecto y solitario en literatura y conservador en política: la revolución le incomoda, la tolera porque lo toleran, pero no la acepta. Su visión, quizás, es que tanto se ha trastocado todo, para nada. Y desde su enclaustramiento, sale a la calle y mira, observa, y consciente de sí afirma: “Yo no tengo ideas, ni ideales, ni ideologías. Yo sólo tengo pensamientos”. Y señala que su “poesía no toma partido de la política ni se sacrifica a la política. Por los riesgos que implica eso de “venir a servir a la política que es tan enorme, que es tan deforme, que es tan informe, ¿verdad?, y que no es más que información y deformación” (Centeno Gómez, 2002).
En el poema Tríptico, Carlos Martínez Rivas narra su segundo retorno a Granada de Nicaragua, narra la celebración del 15 de agosto, y afirma en el fragmento II: “Y todo como aquí en Granada”. Y al final de la estrofa se pregunta, “¿por qué todo como aquí en Granada?” Transcribo los versos, imágenes que explican por qué el poeta se formula semejante pregunta: “En Granada de Nicaragua, los jinetes/ están de fiesta. ¡Por fin volver a caballejear! /Aunque sea sólo por un día. /Su atavismo cuadrúpedo cobra vigor. /Y regresan, retroceden a la Colonia. /Al coloniaje. Cuando los déspotas iban / a caballo, y el pueblo siervo iba a pie”. Y agrega en la estrofa cuarta de este tercio o tercera parte del Tríptico: “Pero el pueblo alza a mirar --igual que entonces--/ en empavorecida perspectiva, /las altas patas delanteras corveteando /y el tórax de la enorme mole antropoequina/ como un poder abstracto a desplomarse sobre él”.
Carlos Martínez enfatiza: “Que hoy todavía en estos aires /veamos eso, lo deja a uno interrogante./ Preguntándose si hubo aquí Revolución./ ¡Semejante pregunta¡”. El fundamento está en la antigua tesis del Parerga und paralipomena de Schopenhauer, quien compara, según Jorge Luis Borges, la historia con un caleidoscopio: “En el que cambian las figuras, no los pedacitos de vidrio, y a una eterna y confusa tragicomedia en la que cambian los papeles y máscaras, pero no los actores”.
Es el retorno al pasado lo que mira cuajar Carlos Martínez, donde percibe que han cambiado los papeles y las máscaras, pero no los actores.
La oligarquía sigue montando sus enormes y costosos caballos andaluces, peruanos o percherones, junto a la elite de la nueva clase y el pueblo al pie del caballo, “en empavorecida perspectiva”. Cito a Borges de nuevo, quien siguiendo a Schopenhauer agrega: “El pasado no se puede abolir, es indestructible; tarde o temprano vuelven todas las cosas, y una de las cosas que vuelve es el proyecto de abolir el pasado”.
Este poema escéptico resume la actitud del poeta ante la vida. La onda histórica avasalla, aplana, revuelve todo, y como “un poder abstracto amenaza desplomarse sobre él”. Pero ese poder no es abstracto, es concreto, la imagen es del montado y el caballista, el conquistador, el colonizador, el caudillo.
Es cierto que C.M.R. escribió otro poema motivado por elementos del contexto de la revolución: “Proposición teológica a un Prelado de parte de un feligrés”, pero este poema tenía un propósito polémico, teológico, y no político.
Se trata de la vivencia de un presente en donde el pasado sigue presente, sigue vigente, en las fiestas patronales de la colonial y aristocrática Granada ese 15 de agosto, fusión de lugar y tiempo cíclico del mito, con su expresión formal: el rito, la fiesta: símbolo de un presente fugaz y un pasado repetitivo, un pasado que vuelve, que no cesa.
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