Vivir para escribir
Erick Aguirre | eaguirre@elnuevodiario.com.ni
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| Milagros Terán. |
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En Nicaragua se replica mucho respecto al hecho de que, históricamente, hayan proliferado más los poetas en detrimento de la cantidad de narradores que apenas salpican el registro de los historiógrafos. La verdad es que pocos críticos locales han buscado la causa en razones sociológicas o más bien socio-económicas, estructurales, que quizás hayan determinado el atrofiado “desarrollo” institucional de nuestro país, y que a su vez podrían estar determinadas por causas más profundas que pueden incluir factores antropológico-culturales, geo-históricos o hasta cosmogónicos en los que por ahora no nos detendremos.
Si nos limitamos a las primeras posibles causas que he subrayado, podríamos concluir con un simple axioma: “Si no hay desarrollo material (infraestructura económica, industria desarrollada, capitalismo fuerte, burguesía y pequeño-burguesía crecientes), entonces no puede haber desarrollo de la narrativa”, como parecía indicarnos Lukacs.
Pero tratándose de poesía estamos hablando de un asunto absolutamente diferente: los poetas (y sobre todo las poetas, las verdaderas) no representan (como lo hacen los narradores, sobre todo los varones) si no que reconceptualizan, repiensan, reformulan el mundo, lo nombran y lo entienden de nuevo, sin reparar en conceptualizaciones previas, lo reconocen más originalmente que los poetas varones o que los narradores en general; exceptuando, claro, aquellos que nos han hecho ver el mundo desde dimensiones antes insospechadas. Y esos, aunque narradores en sentido estricto, también han sido fundamentalmente poetas. El crítico estadounidense Harold Bloom ha dicho que los poetas del sexo masculino tienden más a la alegorización y a la metáfora. Tomando el ejemplo de John Milton, Bloom afirma que los poetas varones tienden a dominar mejor el uso de la metáfora frente al espacio en blanco retando a la escritura.Yo diría que también los narradores, y agregaría que las mujeres (en ambos casos, narradoras y poetas) están más dotadas que los hombres para concebir o reconcebir permanentemente el mundo, para mostrarlo siempre como algo nuevamente creado. Y algo de femenino tendrá nuestra geografía como para que la mayoría de sus escritores (apartando razones “estructurales” y limitándonos al influjo de las voluntades individuales) haya escogido escribir meditaciones líricas antes que teatro, cuentos o novelas.
La premiación y publicación de “Sol lascivo”, tercer libro de poemas de Milagros Terán; su voluntad de síntesis, la elocuencia de sus silencios, su fresca relectura gnoseológica del mundo evidenciada desde sus anteriores libros (menos concentrados que éste en un ámbito específico, aunque siempre desplegando cierta variedad de recurrencias temáticas), me han permitido acercarme a una explicación ínfima aceptable de ese curioso fenómeno causado por las diferencias de género en la producción de literatura.
Sin embargo, no se trata simplemente de seguir ponderando la dificultad que enfrentan las mujeres que escriben poesía para representar un mundo visto, vivido y sentido desde la experiencia íntima, incanjeable o intransferible de ser mujer; ni de persistir en lecturas desconstructivas de esa inextricable dicotomía que presuntamente opone a lo masculino con lo femenino. Se trata más bien de identificar esa cualidad, al parecer inherente o al menos más acentuada en las poetas, para reconocer casi de manera instintiva las formas en que se habían manifestado antes sus propias percepciones poéticas y, sin embargo, encontrar para ellas una nueva forma de decirlas, de nombrarlas o de crearlas. Y precisamente el ars poética de Milagros Terán, en gran medida, me parece que consiste en la evasión de las clasificaciones y conceptos previamente establecidos para proceder a una especie de renominación o re-explicación del fenómeno vivido, así como de aquellas grandes obsesiones temáticas recurrentes en las poéticas de la mayoría de los escritores de poesía en la Nicaragua del siglo XX.
Sin embargo, en este libro que recoge cuatro años de vivencias en Zimbabwe, ese “reconocimiento de la contingencia” de sus propias percepciones sobre el muchas veces explorado y literaturizado universo cultural africano, seguido del inusitado descubrimiento de nuevas formas de percibirlo y recrearlo (como si nadie, o muy pocos, lo hubieran percibido o descrito antes), no es simplemente una proyección particular de su ars poética, sino una manifestación de la cualidad femenina de comprender el fenómeno artístico básico que se llama vida. La consecuencia natural de acostumbrarse a absorberlo, concebirlo y reproducirlo.
No es gratuito que Gioconda Belli haya notado en la poesía de Terán (aún en otro de sus libros) esa búsqueda de renovación conceptual a partir de una visión interior, “a partir de un nuevo tipo de comunicación”. Y es curioso que, al igual que yo en este caso, haya reparado en ese “afán de tanteo”, de “acercamiento cauteloso” y de alguna manera sabio o “natural” de su actitud poética ante el engaño de las apariencias en un mundo presuntamente extraño al suyo.
Helena Ramos califica esa cautela como el “cordial asombro” de la poeta ante una realidad “en muchos aspectos diferente a la nicaragüense”, y ante la cual ella “encuentra y realza las similitudes”. Es decir que el amor, el desamor, el dolor, la nostalgia, incluso los abismos humanos y sociales, no son diferentes en ninguna geografía. Personalmente interpreto esa cautela como un intento de la autora por despojarse de certidumbres o formas convencionales de observar el mundo circundante, para concederle a su lector la oportunidad de ver las cosas que ella ha visto, pero desde otra manera.
Un mandril, por ejemplo, no es sólo un primate de hocico largo y cuadrado, ni Harare es sólo la capital de Zimbabwe, ni el Zambesi es sólo un río, uno de los más extensos de África. Un mandril es la memoria del tiempo cruzando una carretera, y es pardo como el color de la memoria y de la tierra y del pasado. Harare es andar de prisa bajo los jacarandas florecidos, correr hasta darse de frente contra los montados; darse de frente contra un muro y olvidar y morir. Y las emociones son como los rápidos del río Zambesi, y viajan más rápido que el agua en su caída.
El crítico Rick McCallister destaca de este libro y de su autora la agudeza y el talento para ir más allá del objetivismo y penetrar el alma, como un dardo lanzado contra la “sombra imperial” que a su vez establece “una línea directa entre pueblos con una historia común de explotación”, el “encuentro entre una mujer de color sin preconcepciones ni prejuicios con un continente herido”. Y cualquiera, mal influido por ciertos esquemas de la sociología torcidamente aplicados a la literatura, podría espetarle que, después de todo, la autora también forma parte de la cultura euro-americana, y que en los textos poéticos de “Sol lascivo” podrían subyacer, subconscientemente, la visión de dominación, las ideas y los estereotipos sobre lo “extraño”, preponderantes en lo que suele llamarse cultura occidental.
Pero yo diría más bien que este libro, como pocos en la actual poesía nicaragüense, refleja un interesante y complejo entrecruzamiento de culturas, derivado de una enorme paradoja histórica y cultural que cobra mayor vigencia en la sociedad global de hoy; una paradoja a su vez derivada de la forma en que desde hace ya varios siglos los grandes imperios diseñaron los contornos de este mundo y determinaron su inaudito orden económico actual.
Diría también, uniéndome a los criterios del jurado, que se trata de una obra muy bien estructurada, con calidad literaria sostenida y una voz personal y madura capaz de manejar apropiadamente el lenguaje y las imágenes poéticas; capaz también de renombrar las cosas y los seres vistos con intensidad bajo un sol también intenso y readjetivado. Y agregaría sobre todo que, fuera del hecho de haber sido escrito por una mujer, éste es un poemario absolutamente original; recuento único, vívido y vivido, de una aventura que a cualquiera de nosotros le hubiera gustado vivir para escribir.
Mayo, 2007
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