Tierra sin tiempo, de Álvaro Urtecho
Róger Mendieta Alfaro
He hecho una parada en la estación de Tierra sin tiempo: ¡Maravillosa! Algo así, como una ciudad distante, casa perdida en la soledad, doloroso llanto de prosapia poética con errante espíritu, en que parecen asomarse otras almas ardientes: las de Carlos, Alfonso, Manolo, con el canto secular de la contestataria queja frente a la bondad apócrifa de llanto carcomida, mirar falseado, lumbre herrumbrosa de orín y mentira.
“El hoy que pasa todavía no ha llegado. Sus aguas se escurren en mis manos, la duración, el fruto de sus horas se me escapan como un plumaje incierto”, más que versificarlo, lo grita Álvaro Urtecho en su reciente libro de poemas: Tierra sin tiempo.
Leyéndolo, he saboreado no el plato repetido, insabible, sino el manjar del cielo hecho lágrima, llanto, poesía que induce a compartir el rol de su propia naturaleza existencial.
En el poema Arena Inscrita, el poeta cabalga: “Con el sonido ceniciento de las voces humanas que vienen y se van como náufragos o ahogados que no terminan de llegar a la arena”, haciéndonos escuchar la terrible pregunta sobre el ser, y el inevitable destino escatológico existencial en que trasciende la divina mirada. En este magnífico poemario, el poeta Álvaro Urtecho continúa la caminata existencial a través de las entrañas de su cosmogonía espiritual; y cual Prometeo del hoy en el tiempo, busca la propia cumbre de su desfiladero magnífico.
Entre los intersticios cerebrales de su Tierra sin tiempo, evoca amorosas vivencias infantiles de procesiones, correrías de iglesia, avemarías; y refundido en las experiencias de la educación familiar, de pronto, el poeta se da cuenta, que Tumba y Residencia --que reúne toda su poesía anterior--, son experiencia extraña que vive el ser como producto de su Creador, orientado hacia el propio bien compartido en el dolor o regocijo, sino que expresión del “yo” que no puede detenerse: “La suma del dolor, de la pregunta inquisitiva alzada al cielo desde el peso del madero sangrante, oloroso para mí a corozo e incienso…” Volviendo al poema, La Corona de Espinas, el poeta pregunta ansioso: “¿Dónde habitas, Cristo nuestro, dónde está tu primera y tu última pregunta, y tu corona umbilical de espinas? ¿Eres el hombre que habitamos, el hombre que asesinan e incineran todos los días?”.
Me he deleitado devorando intelectivamente Tierra sin tiempo. Encontré en el espíritu y motivación de sus poemas una especie de lucha interior: el poeta en sí mismo, a su propia saga; el iluminado con multitud de elementos interiores y más allá de sí, que a fin de cuentas, como sucede en el contexto existencial, son suyas, o como suyas, dependiendo de la visión del iluminado en la expresión poética dentro de la contradicción psicológica del actor viviente del canto: “Hembra, hembra y sólo hembra que quema y enardece, y exalta a copa plena en sus Lágrimas de Eros: Bordes del deseo que acompasan el paso entre una curva y otra… Nefertitis, Cleopatra, Mesalina, Madona… Lolita pecosa y pecaminosa, sonrisas y nalgas redondas…” O en Scanner: “Las camareras y meretrices no descansan ni un momento revisándose las uñas repintadas, dejando ver el círculo saliente del ombligo…” No quepa dudas, a Álvaro Urtecho hay que leerlo para intentar vadear su alma de poeta y su razón de hombre, de tal manera que gocemos del disfrute de sus poemas, llenos de atascaderos existenciales y razones líricas que sólo hablan por él y el misterio de su poesía.
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