La fortaleza pictórica de José Aragón
Álvaro Urtecho
Jose Aragón, pintor fuerte, pintor seguro de sí mismo, artista eminentemente americano provisto por todos lados de raíces telúricas, lleno de fibras que él dispone en función de la claridad y la sencillez, lleva ya más de diez años en el exilio, pero sigue alimentando su arte de la interminable e infinita ubre natal y de la hacienda del trópico fecundo que tanto cantara Darío.
Es evidente que la belleza, el valor estético de Aragón, reside en su fuerza terrestre, y no en los artificios de la plástica contemporánea. Precisamente por eso, en un mundo hastiado del abstraccionismo y del experimentalismo, está llamando poderosamente la atención, sobre todo en España: actualmente expone en una prestigiosa galería de la ciudad de Barcelona, caracterizada por su público exigente y culto. Anteriormente había expuesto con éxito en Alemania y Costa Rica, y está ya preparando la que presentará próximamente en su país natal.
Como buen discípulo de Rivera, Chagall, Botero -–sin las exageraciones grotescas de éste--, Guayasamín y el nicaragüense Sergio Velásquez, las figuras humanas de Aragón tienden siempre hacia la redondez, una redondez turgente esencialmente mesoamericana, telúrica y exuberante –-no la exuberancia de la maraña de formas que se fusionan y entremezclan--, sino la exuberancia de los volúmenes rítmicamente y geométricamente ordenados.
Hay una naturaleza soñolienta, amamantada en el sueño, el ensueño y los recuerdos primerizos de la infancia. Hombres y mujeres como irrumpiendo a través de montañas, colinas y paredes. Al respecto, el crítico de arte José María Cortés afirma en El País, de Madrid, que “sus figuras concentran expresividad en las manos, en los troncos y en los ojos extáticos, como esfinges de pupilas fijas”. Dice acertadamente Cortés que “sus páramos sombreados por nubes pasajeras son como las que describe Juan Rulfo”. Yo agregaría: como la fotografía de los cielos mexicanos que realiza Gabriel Figueroa.
A primera vista podría parecer un primitivista, en tanto participa de la inocencia del despertar, de la alegría fetal del niño, de la exposición en primer plano de objetos y cosas humildes y cotidianas. Pero no lo es en sentido ortodoxo, pues evidentemente hay una indagación también en el misterio ancestral de la naturaleza y del hombre americano.
Ese muchacho que parece brotar de una pared de ladrillos ocres, en maravilloso juego rítmico con el blanco puro de su vestido. Al fondo, una sucesión de gradas blancas como teclas de piano que van a dar a un cielo sobrio y extático, como todos los suyos.
O un grupo de muchachos acostados o sentados, de enormes ojos en rostros como máscaras mayas. Y el escenario siempre desgarrado, pobre, elemental, con muros y puertas abiertas a un paisaje erguido que parece imitar la forma de las figuras humanas que lo obsesionan. Los caballos, de composición clásica y primitiva a la vez, antigua y nueva, “pastando”, como diría Carlos Martínez Rivas, “igual que las colinas”.
Su primitivismo, señalado por algunos críticos, si es que se le puede llamar así a esta propuesta estética original, basada en las formas vitales, se percibe a través de una mirada picassiana y braqueana en un concierto de lomas y caseríos, típicos de nuestra tierra.
Otra de las características constantes en su obra es la visión del mundo en fragmentos, --por ejemplo, ‘La escalera’, que no es la visión desarticulada y deshumanizada de buena parte de la pintura moderna y postmoderna. Son fragmentos que buscan la unidad del cosmos y la del abrazo fecundo con la Madre Tierra y todos los dioses que laten en ella.
Escenario de volúmenes equilibradamente distribuidos, produciendo al espectador una sensación de sosiego y recogimiento espiritual, que es de lo más original y atractivo en su pintura. Por ejemplo, la muchacha frente al mar que dobla su cuerpo hermoso y fresco como meciéndose a sí misma.
Gran dibujante y viñetista, como lo demuestra en las ilustraciones de la edición de Caminos, de Azarías H. Pallais, realizada por José Argüello Lacayo, Aragón describe con ternura y amor a los trabajadores en la cosecha y a los artesanos de la periferia urbana, el abigarramiento de la ciudad moderna junto a la verdura de los árboles, o el gallo en la alborada, introduciendo elementos novedosos en cuanto al contraste entre el claroscuro y el colorido festivo.
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