jun 23, 2007
Crónica de un día histórico
A propósito del sensible fallecimiento de Iván Aguilar, esposo de la escritora Rosario Aguilar Karly Gaitán
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| Rosario con su esposo, Iván Aguilar, en el patio de su casa, en León. 18 de marzo, 2007. |
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Mi amistad con Rosario Aguilar es más bien tímida y epistolar. Su personalidad discreta y mi modo algo escurridizo nos permiten desarrollar un diálogo imantado y lejano, que nos une en su cortesía y mi admiración hacia su literatura, en una combinación humana y semejante, hermana, abrazante, siempre todo con belleza delicada. Ella es una escritora muy creativa y rigurosa en la calidad de sus escritos e investigaciones y se puede observar esto en la trayectoria de sus novelas, sus premios literarios y humanísticos, las traducciones de sus obras al francés y alemán.
Wilmor López y yo viajamos a León un domingo en la mañana. Vamos a la casa de Rosario Aguilar, cargados con cámara, libros, lápices, muchas ideas. Tengo la misión de conversar con la escritora sobre su novela Quince barrotes de izquierda a derecha, que la cineasta nicaragüense Rossana Lacayo llevará a la pantalla grande con el nombre de Locura Transitoria, por ser más cinematográfico ese nombre. Entrevisté meses antes a Rossana Lacayo sobre el guión, la novela y la planificación de realización del filme y escribí un reportaje. Rosario y yo tenemos muchas ideas y vamos a conversar sobre ello en ese encuentro para una nueva pieza periodística que escribiré. Wilmor lleva una agenda trazada, grabará a Rosario leyendo algunas páginas de su novela Rosa Sarmiento, imágenes que pertenecerán a un documental sobre lectura y escritores nicaragüenses.
La entrevistamos ante la cámara con la intención de que ese material sea un capítulo del programa televisivo Diálogo Cultural, que Wilmor aún construye en sus archivos y prepara con antelación, las mismas imágenes tendrán la utilidad para Un orgullo nicaragüense, corto documental de un minuto que Wilmor pretende realizar para un canal de televisión nacional. Rosario opina que es un acto exagerado, “de las personas grandes”, hablamos entonces de quienes están en la lista de Un orgullo nicaragüense, Tino López Guerra, Hugo Hernández Oviedo, Otto de la Rocha. Ella se resiste, le parece que no es lo correcto, “soy una escritora en plena creación, no creo que sea lo mejor escogerme para eso, pero estaría muy honrada”. Iván Aguilar, su esposo, sonríe y la abraza, conversa con Wilmor sobre cuánto es cierta cantidad de pies de 16 mm en cinta de cine, cuánto es en segundos o minutos, sobre pases de cine a vídeo VHS o a vídeo digital. Nosotras hablamos de cine y literatura, del filme de Rossana Lacayo. Las palabras giran de un lado a otro en ese ámbito, una rueda de conversación en su sala en la casa de León, se acaba el maní, bebemos soda, comemos pasas, panecillos, conversamos todos durante muchos minutos más, más bien horas.
En el patio de su casa Rosario lee entonces para la cámara. Iván Aguilar escucha atento y observa de lejos, está ahí acompañándola aquel sensible esposo que vivió con ella todos los procesos de la vida misma, la vida madura, la vida normal y del crecimiento humano en todos sus procesos naturales, siempre llena de realidad, y la vida literaria, siempre compartida con fantasías y fantasmas. Y vio también él a la escritora sumergida en la creación de su novela La niña blanca y los pájaros sin pies, en 1992, cuando estaba ella en la agitación terrible de dar por terminada una obra, entonces le dice él: “Rosario, mi amor, venderme esta novela, ya es mía, seré yo el dueño a partir de ahora”. Y la escritora entendió que debía poner punto final desde ese momento, la novela ya no era suya, debía sacarla de su taller de creación y lanzarla a sus lectores, a las librerías, al mundo.
Era éste no un matrimonio de 49 años, sino un amor que cumpliría pronto medio siglo de fuego y ternura, de compañía, de humanismo puro y sincero. He colgado el teléfono en este momento, hablamos Rosario y yo entre silencios y muchos pensamientos. Nuestra conversación ha sido muy íntima. Su noticia me ha dejado consternada. ¿Qué es la vida, la presencia, la existencia, la ausencia, el pasado, el futuro, mi querida Rosario? Si en realidad tan sólo pasamos por la vida para irnos un día”, como escribió usted dulcemente y en un contexto narrativo doloroso de su novela La niña blanca y los pájaros sin pies.
Managua, 11 de junio, 2007.
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