El tren
Róger Mendieta Alfaro
¡Qué imponente era el tren! A corta edad apenas lo había visto de lejos cuando iba con mi madre a la estación del pueblo a ver el fascinante espectáculo de su llegada. Hasta me ocurría pensar que mi madre era gran enamorada del tren. Algo le habría maravillado en él. Quizás por aquello de vivir pendiente de la carta que enviaría mi padre en el saco postal que lanzaban desde el vagón al derruido andén, en donde el viejo con pantalón a la rodilla y gorro azul pasaba horas esperando.
La estación era el paseo semanal de mi madre. Extraño hábito que costó entender, por aquella ansiedad que experimentaba ante la presencia de unos carros sin puertas ni ventanas, en que usualmente trasportaban peones en tiempos de cortes del café y soldados de cualquier facción reclutados para la guerra civil.
No me cabía duda que esperar la llegada del tren era el paseo preferido de mi madre. Un satisfactorio divertimiento espiritual sin horas ni meses; real sujeción que ni siquiera las misas, el Rosario o procesiones de Semana Santa fueron capaces de sacarla de la rutina.
Hoy es sábado, Día de Tren, decía suspirando, entornando los enormes ojos verdes en plenitud de espera. Acicalaba su rostro y vestía mejor traje, como toda mujer que añora el regreso de alguien que se llevó lo suyo y retorna a devolverlo. Pronto fui conciente de la terrible absorción anímica de mi madre, y me solidaricé con ella al compartir respetuoso la alegre o trágica ansiedad del arribo del tren.
Tenía tres años y mi madre veintidós, cuando asido de su mano vi que mi padre se montó en el tren. Antes jugueteó con mi cabello, me abrazó contra su pecho y despidió con un beso. Algo salobre humedeció mi frente. Luego se agregó a una larga fila de hombres con rústicos sacos a la espalda, desvencijadas armas de caza o machetes al cinto. Subieron a los vagones bajo dirección de un tipo con botas altas, pistola, bandoleras y sombrero amplio que llamaban General.
Mi padre fue reclutado por testaferros del caudillo rojo, para la inveterada guerra civil en que agonizaban las instituciones del estado en beneficio de los gamonales políticos. Era patriótico expulsar del gobierno al eventual presidente del partido verde, rojo o el color que fuere, asaltante del poder, corruptor de las instituciones, que abarrotaba las cárceles con presos políticos enemigos del honorable gobierno --honorable era el Dictador-- quien se alió con filibusteros y mercenarios para guerrear contra la satrapía caudillista en que estaba convertido el estado. Según los viejos era el motivo del porqué los jóvenes eran reclutados para la montonera civil.
Yo no sabía qué cosa era guerra. Ni siquiera la imaginaba. Aunque recuerdo haber escuchado el llanto de mi madre en la hora de despedir a mi padre, cuando la locomotora de carbón y leña fue puesta en marcha, y el maquinista movió como fantasma sombrío sobre el control del monstruo de hierro ayudado por fogoneros. Tampoco entendía de despedidas; pues era normal en la familia que el abuelo y mi padre viajaran a sitios de encierro para el ganado, ausentándose por semanas, y nadie lloraba en la ida ni para el regreso.
Casi a un mes de la partida de mi padre escuché de labios de la abuela lo que desde su punto de vista significaba la viudez para una mujer en lo precioso de la vida. Mi madre era bella. Con vitalidad de corza bíblica de Los Cantares; y por su peculiar amor por la vida –según la abuela- en ella no se daban condiciones para rumiar la soledad.
Mi madre se llamaba Conchita. Era delgada, de mediana estatura, tez canela y ojos verdes muy grandes, semejantes a la reflexión de un arroyo tranquilo y transparente frente al radiante frescor de una mañana primaveral. Tranquila, más bien acariciaba con los ojos. Linda y muy dulce en sus maneras, profundamente callada y mecida como un poema de Lorca.
De los hombres del pueblo, la facción colorada había reclutado a veinte hombres para el servicio de la patria. Todos voluntarios --como lo usual en las contiendas civiles--, pero llevados con amarras por patriótica generosidad de los caudillos. Uno de estos soldados fue mi padre.
De acuerdo a mi edad, según la percepción del tiempo, la guerra había sido larga. No fue posible señalar con exactitud si semanas, meses o años. Pero extensa en la dimensión de mi memoria. Fue un tiempo sin tiempo en que el ruido de locomotora, el chirrido de las ruedas de acero sobre la magnífica horizontalidad paralela de los rieles, el escape del humo negro y salvaje en la boca de la chimenea, algo que asombraba y despertaba en mí, sentimientos de fascinación.
El tren llegó a cobrar presencia en mi vida anímica como imagino que ocurrió a mi madre. Fue ella quien me enseñó a amar al tren que para mí tuvo alma, corazón, y despertó en nosotros cierto inimaginable fervor que nos mantenía pendientes del saco del correo y del chirriante ruido de hierros cuando entraba al pueblo.
“Se fue tu padre”, le escuché en cierta ocasión platicando con mi retrato. Creo que se le escapó la expresión. Seguramente pensó que yo no la escuchaba mientras dormitaba abandonado a mi abandono en la hamaca del corredor. Transcurrieron meses y el crónico conflicto llenó el pueblo de cadáveres. Recordó la abuela que a tres meses de reclutamiento, Juan Muñoz, portero del Club San Marcos, regresó al pueblo sobre muletas sin la pierna del gol. Parece mentira que estoy de regreso, pensó. Mi madre salió al paso y dijo algo al oído. Juan tosió con dificultad, sacó un trapo de la camisa y enjugó los agrios sudores de agosto en su vitalidad pérdida.
-Tu marido está bien. Sigue luchando en el frente. Me dijo que te dijera que te recuerda mucho; y que por las noches, antes de acostarte, hables al niño de él, y le beses en su nombre.
¡Pobre hombre!, pensó. Dio media vuelta, viendo alejarse al soldado de la muleta junto con los familiares.
No sabíamos qué habría sido de mi padre. Pasaron tres años y la guerra civil se volvió infierno interminable. Pero no mató nuestra esperanza. Nosotros estábamos siempre el día previsto en la estación, esperando el arribo del tren. Y fue casi sin darme cuenta que me integré al grupo de hijos de combatientes, que un kilómetro antes de la estación, en un recodo de la línea férrea, cuando el tren aminoraba la marcha, encajábamos en los vagones. Era aventura excitante. La locomotora era lenta, la veíamos venir majestuosamente negra y esforzándose, lanzando el enorme chorro de humo gris por la chimenea, metálicamente chirriando en la superficie de los rieles. Y en los días de lluvia, sí que inspiraba lástima y resultaba ridículo el espectáculo del abordaje. Nos burlábamos del tren que hacía grandes esfuerzos, patinaba sobre la vía, semejando un anciano decrépito que imploraba ayuda.
Seguí creciendo. Mi madre continuaba esperando. Los sábados con la llegada del tren se volvió día de campo. En la escuela, en hora del recreo, los hijos de combatientes planificábamos las aventuras en el tren. Siempre le íbamos ganando espacio a su agobiada velocidad. De tal manera que en determinado momento, el abordaje de vagones se convirtió en deporte preferido de los muchachos del pueblo.
Recuerdo que a tres semanas, después de lo de Juan Muñoz, llegaron en el tren Jacinto Cruz y Pedro Valencia dentro de cajas de pino, cubiertos sus cadáveres con bandera del partido. Al bajar los ataúdes mi madre a prisa preguntó por los nombres. Se persignó y murmuró algo entre labios.
Fue entierro numeroso el de estos caídos. El cura Felipe Sánchez, a nombre de la Parroquia, y don Luis Moncada, el Demóstenes político de los liberales, improvisaron sus discursos funerario y patriótico. La guerra entre hermanos es una maldición del diablo. Significa destrucción del amor y negación de Dios. El hombre debe entender que nada ni nadie está ni estará por encima del respeto a la vida humana que es un don del cielo. Dios es primero, dijo el cura. La Patria y el Partido están sobre el hombre, prevalecen sobre todas las cosas: la vida, la religión, la familia. Para entender a Dios hay que entender primero al Partido... ¡Viva el Partido!, gritó el Demóstenes. El alcalde se concretó a dar las muestras de pesar y cubrir costo de gastos del cementerio.
Junto a los huecos de las fosas estaba mi madre, firme, silenciosa, con tapado gris y vestido negro, como si fuese mi padre el que estuviesen bajando al hoyo. No sé qué habrían pensado los asistentes al funeral. Quizás que el próximo que bajaría al hoyo sería mi padre. Todos la contemplaron con cierta expresión de lástima
Hasta ahora puedo comprender el sufrimiento de mi madre. A nueve años apenas podía intuirlo. Por las fotografías del cumpleaños de la abuela y el funeral de Luis Serrano --hijo del Alcalde, y siguiente caído en combate-- pude darme cuenta, cómo el dolor había erosionado su belleza: hundidos sus ojos y cruzada de arrugas la frente. Y aquella firmeza de soberana de la casa --el porte de reina-- estaba trocado por pinceladas de tristeza. Fue en esos días que me integré al grupo de la Pandilla del Tren. Y quedé inmerso en las aventuras de la estación.
Tengo entendido que desde el frente de guerra llegó una que otra nota de mi padre. Pero no me interesaba en ellas. Mi ansiedad de niño solitario, indomable, anímicamente fue satisfecha con los del grupo de la Pandilla del Tren. Llegué a suponer que el compromiso había convertido en la rutina de los sábados, mas no logré comprender si por un hábito que fue calando en la conciencia de mi madre, o por simple paseo liberador, como murmuraban algunas beatas del pueblo. Llegaron días en que mi madre ya no podía conmigo. Yo soñaba con el tren, y en mis búsquedas oníricas lo veía venir sobre los rieles como si fuera mi padre: fuerte, suelto de maneras y echando el chorro de humo gris vertical por la chimenea de sus labios un poco hacia fuera, como si fuera el tren.
Un día de tantos que no era sábado, a través de telégrafo, se recibió la noticia del arribo del tren. En vez de vagones de segunda, la máquina arrastraba varios de lujo, entre los que venía uno de colores chillantes. Al pasar el recodo de los rieles nos pareció extraño que la máquina entrara de retroceso. Los aleros de los carros lucían adornos de globos y banderolas a todo color; se disparaban petardos y cohetes desde la plataforma, al ritmo de música popular y tonadas al candidato. Un señorón con sombrero de anchas alas y traje militar, alto, grueso, con tono alegre y farandulero estaba de pie en el andén, agitando los brazos para saludar a los asombrados ciudadanos; mientras atractivas doncellas, vistiendo enaguas de seda y colores del partido, hacían corro; y de vistosas cestas de mimbre sacaban billetes nuevos de diez centavos que lanzaban al aire, los que disputábamos la Pandilla del Tren, y muchos otros muchachos que se agregaron al holgorio.
Se trataba de la propaganda política alrededor de la reelección del Dictador de turno. Creo que ese día el grupo de esposas de los soldados que combatían en el frente llevaban trajes negros de luto, y cargando cruces llegaron a la estación para rechazar al Dictador.
Uno de tantos sábados, después de la visita del candidato, regresó mi padre al pueblo convertido en cadáver, con el rostro destrozado por la granada de un obús. Días más tarde se negoció el Acuerdo de Paz que puso fin a la guerra. Firmaron el acta los mismos que la había desatado. El país quedó destruido y al final nadie ganó nada. Mi madre pensó que había sido una verdadera desgracia que el acuerdo de paz no se hubiese firmado unos días antes. “Pero nadie sabe los que depara el destino”, la escuché decir llorando.
Con la muerte de mi padre y el doloroso encuentro de la estación, mi cita con el tren, mi extraño diálogo con éste, perdió sentido. La estación cobró connotación de cementerio: grandiosa tumba ruidosa que me recordaba a mi padre y me provocaba angustia.
Mi madre al quedar sola tan joven se sometió a una extraña viudez de vieja. Se tornó triste, olvidó la suave textura de su piel y lo radiante de los afeites. Cuando murió mi madre derribada por el dolor del amor en una soledad que mata, el cura refería a Conchita, como réplica de mujer la bíblica, un ejemplo para nuevos matrimonios.
Vino el tiempo sobre mí y llegué a viejo. Jamás olvidé a mi madre. Siempre deseé verla feliz, contenta, y tenerla un tanto más a mi lado. Pero no fue así. En las noches en que mi memoria es invadida por la sonriente soledad de su imagen, no puedo dejarla de asociar a esa máquina chirriante, horizontal, obsoleta, negra, como un fantasma cansado quizás por el tiempo al haber viajado tanto, que iba y venía siempre lanzando bocanadas de humo gris que yo recuerdo como el tren.
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