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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Domingo 01 de Julio de 2007 - Edición 9641
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Escribir tras los tiempos revueltos


Escribir tras los tiempos revueltos - Foto

Hubo una vez una generación que nació en plena guerra, que supo de hambre y escasez, sintió en carne propia la obligación de ser patriota y vio cómo los que la impelían a sacrificarse terminaban por convertirse en potentados, olvidando el cerro de muertos que su discurso dejó a su paso.

Rodrigo Peñalba es un escritor de esta generación, y, si tratara determinarlo para acercarnos a su obra, bien podría llamarlo desencantado: un producto clásico de una época que, sin lugar a dudas, debe sentir que alguien le robó momentos importantes de su vida.

Una generación de jóvenes que ha encontrado en la multimedia un sucedáneo para recuperar, al menos en información, eso que se les hurtó. Al contrario de Joaquín Pasos, Peñalba puede hacer cuentos de un joven que sí viajó, porque Nueva Orleáns, Reikjavik, Nepal o Buenos Aires no le son ajenos en este mundo globalizado.

A través de la mirada escéptica de Western Eyes, paria en una sociedad “clasemediera” que imita y vive la imagen, como un souvenir o una divisa de cambio, lo acompañamos en un tour de force que presagia un futuro lodoso y apocalíptico, en donde la turbamulta sólo le produce ruidos en la cabeza y la necedad de olvido soslaya la “sangre de hermano” (un Nashik lejos del realismo socialista), para sólo ser escritura que a manera de action painting (pringas o ladeamientos de la pintura sobre el lienzo gobernado por el artista) va conformando su no ser, su no pertenecer al fango y la putrefacción industrial. Porque Rodrigo ya le ha dado la espalda al mito, a la utopía, es pura entropía, un nuevo “rebelde sin causa” que los conservadores y neoglobales ubicarán como desadaptado. Pero que él llevará como piedra de Sísifo hacia Sigür Ros para ser sólo un alcohólico cuando cambien los roles.

Lejos del canon está el deseo onánico, o quizá obligado por las circunstancias se debe ser egoísta con el cuerpo, como las mujeres de Monimbó, aquellas que fueron clasificadas por el sistema revolucionario como viudas de mártires.

Y otra vez Jackson Pollock manchando el lienzo de la playa, ayudado ahora por la socarronería verbal que encuentra en la intertextualidad la ironía necesaria para que el Big Brother nos obligue a firmar para quedar anotados en la lista de posibles deudores kafkianos, o sobrellevar la cavanga mientras el conejo lewiscarrolliano juega con nuestra lógica.

Hay tal desencanto en nuestro joven narrador que la certeza del apocalipsis, en una tierra de lagos y volcanes, se concretará en inundaciones. Después de todo, el Peñalba escéptico no necesariamente es un pesimista irredento, por lo que se permite salvarse en el naufragio (como escritor que sí lo es), incluso en el vientre de un helicóptero.

Salvado en su nihilismo finisecular, hasta se da el lujo de fabular con el perrozompopo (logra así una de las mejores imágenes que se han logrado sobre el tendido eléctrico) y sugiere la propuesta nada peregrina de elevarlo a la categoría del sacuanjoche. Y con la fábula también viene la historia de caníbales androides que resulta una excelente metáfora del encarnizamiento perenne de nuestra Nicaragua, anécdota quizá extraída de una Dimensión Desconocida rayana en lo freak.

Y ya, suelto en la metáfora que amenaza con ser alegoría finmilenaria sobre el qué nos pasó cuando perdimos el paraíso, Peñalba nos obliga a halar el gatillo para acabar con nuestra pusilanimidad, o nos condena al fondo del barril herrumbroso para no sobresalir como lata de aluminio reluciente, o a estar entrecomillado aun en la poesía.

¿Renaceremos para devorar a nuestras crías y seguir el cuento de nunca acabar de un pueblo que no sabe otra cosa que usufructuar del filicidio?
¿Será cierto que esto sólo sucede en Nicaragua o es que estamos tan malamente conectados con el mundo que al escribir sobre nuestras cuitas, en realidad, lo hacemos sobre la gran aldea global, en donde el walkman crea ínsulas humanas apretujadas a otras ínsulas que cargan historias que no debieran contarse más que en muertes que son las mil y una muertes? Es decir, fardos que, como reza el dicho venezolano: “Sólo el que lo va cargando sabe cuánto pesa el muerto”, partes habladas que nos remiten a las novelas norteamericanas de buena cepa.

Porque Rodrigo Peñalba, pese a ser joven, se nos presenta como un escritor bien hecho en esta, supongo, primera entrega. Libre de la historia, se atreve a indagar en la otra historia, cinematográfica o literaria, para especular, como un Ricardo Piglia o el mismo Bolaño, sobre el hubiera de un James Bond ajeno al celuloide, o el affaire en un solo acto de la realeza europea más decadente.

En fin, creo que Peñalba hace abrigar esperanzas sobre su quehacer; la experiencia le dará el pulso que el artista requiere para que el lienzo resulte un signo y no un garabato. Él lo sabe mejor que yo, por lo que confío en seguir leyéndolo.

Una mosca en la sopa: ahora que he estado volcado sobre las publicaciones nicaragüenses he notado demasiado descuido en cuanto a la tipografía y erratas infantiles. Probablemente las editoriales nicas subestiman la labor del corrector de estilo y los caza-erratas. No obstante, siempre es agradable leer sin que aparezcan estos gazapos.


Holanda (cuentos)
Rodrigo Peñalba
ANE-Noruega-CNE
2006
84 págs.




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