El desierto de Texas
David Ocón
Para Eunice
No quise irme de puta a Guatemala. Tenía que enladrillar el piso, cambiarle las tablas a la minifalda, con la lluvia el niño se empapaba y las gotas se filtraban encharcándose todo. Hay te lo dejo, me voy mojada, mi mama aceptó. Seis mil quinientos dólares me cobró “el coyote”, no pude caminar más, tiré los galones de agua y caí desmayada, el grupo me dejó en la tina de una camioneta abandonada, “no se agüeven, ya la recogerán las patrullas del desierto”.
Desperté con una sonda en la nariz y otra conectada al brazo izquierdo, me rehidrataban, tenían que salvarme, después sería deportada. El cuarto era blanco, deslumbraba la luz de afuera bañando las cortinas ralas, los muebles y equipos metálicos parecían poner más fría el área de intensive care. Le enfermera apareció con una jeringa, vertió su líquido ambarino en la botella del suero, “son nutrientes, sales y minerales”, dijo con acento mexicano. “Tuviste suerte, ibas a morir por insolación, pero no estabas en tu día, a diario le pido a La Lupe por ustedes, pobrecitas, prefieren cruzar mojadas que quedarse puteando en Centroamérica, los Acuerdos de Paz cumplieron veinte años y la pinche democracia no nos ha servido para nada, es cierto que hay paz, pero la pobreza sigue peor, va aumentando, o putas o criadas son las alternativas que nos dejaron”. La mujer recogió trozos de algodón y gasa, me puso la banda del termómetro en la frente y al minuto la retiró, “ya te bajó la fiebre”, colocó frascos de medicina en una bandejita de acero inoxidable y salió.
No quería imaginar mi futuro inmediato, ahora prefería sentir pegada a mi piel la tela fresca y suave de las sábanas limpias, bajo mi cráneo la almohada blanda, el aire helado que enfriaba el split sin mucho ruido, quizás una semana a lo sumo me retendrán para darme de alta y enviarme expulsada, aunque meterme de nuevo a maquilar en las zonas francas ganando una pendejada es más jodido que arriesgar la vida en la guarda raya.
Así pensaba con los ojos húmedos a punto de llorar viendo mi título reciente de Licenciada en Ciencias Políticas colgando de la pared con el marco plateado, a estas horas el niño estará tomando su pacha, mi mama lo pondrá en su cunita pensando en mí y rezando. Me dormí, cuando desperté lo vi entrar con el gorro blanco cubriéndole el pelo y la mascarilla que sólo dejaban ver sus cejas espesas arqueando sobre los grandes ojos almendrados, “el Doctor te va a evaluar”, “¿puedes sentarte?”, al borde de la cama bajé mis piernas desnudas, aún hermosas, me colocó el estetoscopio en la espalda, “respira profundo, inhala, exhala despacio, suave, despacio”, sentí sus manos fuertes, el hálito tibio de su respiración rozando mis orejas me dio escalofrío, “estás bien viva”, la cercanía y su olor de joven macho macizo me reanimaron.
De pronto recordé mis últimos momentos conscientes en el desierto texano, esa extensión sin ningún relieve, plana como la palma de una inmensa mano negra abierta contra el cielo; no distinguía nada, las cosas se esfumaban entre un insoportable resplandor que me enceguecía y un golpeteo agudo aumentando como impactos de piedras en alambradas, aquello era un orgasmo prolongado sin placer, doloroso y angustiante, igual que las tareas urgentes exigidas en los trabajos mal remunerados. Comencé a oír menos el viento ululante, a percibir susurros extraños, entonces vislumbré muy remota, ubicada en una galaxia lejana la cuna de mi niño y arriba de su cabeza una tarántula terrible bailoteando desde un cuartón.
Managua, 27 de agosto de 2007.
Comentarios de nuestros lectores Danier Alvarez
Esa Isla tan bella que se impone desde el puerto en San Jorge recuerda alguna Isla pequeña cerca de Dubbai en el golfo muy lejos de ahí, si no la cuidan, dejarán que los políticos brutos que tienen se la adueñen? Lástima para qué tanta belleza...
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