La promesa cumplida de un gran poeta
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| Beltrán Morales. |
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Beltrán Morales
Nunca será lo suficientemente citada aquella frase que Octavio Paz dijo en su libro de prosa crítica Las peras del olmo: “La insurrección solitaria --escribía Paz hace treinta años y pico-- es el libro de un buen poeta y la promesa de un gran poeta”.
Acaso yo esté equivocado, pero es claro que la profecía de Paz se ha cumplido a cabalidad. ¿Qué es lo que establece el matiz entre el “grande” y “el bueno”? La continuidad, supongo; el eslabonado encadenamiento, la sucesión de libro tras libro, hacia una totalidad indiscutible y evidente. Neruda sería solamente “bueno” si se hubiera contentado con publicar sus “Veinte Poemas de Amor y Una Canción Desesperada. También Lezama sería simplemente “bueno” si tan sólo hubiera publicado “Muerte de Narciso”, poema escrito a los veintisiete años de edad.
El silencio de Martínez Rivas es tópico trillado y obligado entre nosotros, que somos sus discípulos, amigos y posibles herederos. (Debo hacer una salvedad: una vez en Madrid, en 1965, cuando lo llamé “maestro”, el poeta me respondió que maestros únicamente eran los muertos; que jamás le llamara maestro a un vivo, a un contemporáneo).
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