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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Domingo 01 de Julio de 2007 - Edición 9773
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Desenmascarando la “identidad nacional”


Desenmascarando la “identidad nacional” - Foto

Desde que Benedetto Croce asentó su famosa frase en la que afirma que “toda historia es historia contemporánea”, diversos autores –Edward Carr y Robin George Collingwood, entre los más conocidos-, han ahondado en esa idea, argumentando que en todo historiador y sus estudios del pasado también están presentes las inquietudes, los problemas y la búsqueda del presente. De forma más radical, Jean Chesnaux asegura que toda sociedad tendrá siempre necesidad de definir su pasado para definir su futuro.

De ahí que también se afirme que en momentos de crisis, toda sociedad revisita y re-interroga, desde nuevas perspectivas, su propio pasado, y así ofrece nuevos enfoques e interpretaciones de su historia. El ejemplo más claro que tenemos a mano es lo ocurrido tras el derrocamiento de la dictadura de Somoza, en 1979, cuando no sólo se buscaron y propusieron nuevas interpretaciones a nuestro pasado, sino que también se alentaron investigaciones sobre hechos históricos que hasta entonces la historia oficial somocista mantenía en el ostracismo (v.g. la breve y heroica resistencia Zeledón contra las fuerzas estadounidenses de ocupación, o la gesta de Sandino).

Lo mismo ocurre, podemos afirmar, con el discurso cultural hegemónico sobre la llamada “identidad nacional” o lo nicaragüense, es decir, aquella prédica que desde textos literarios canónicos, el sistema escolar y los medios de comunicación, entre otros mecanismos, es impuesto también desde el poder (letrado, económico, político y de clase). Un discurso que es dominante y dominador, sesgado y excluyente, porque con él se pretende determinar e imponer una idea rígida sobre lo que debe considerarse como nicaragüense, qué es la nicaraguanidad o la identidad “nacional” del país.

En este sentido podemos afirmar que Nicaragua continúa experimentando esa crisis que se inició a mediados de los años 70 y se profundizó en los años 80; y que se ha extendido hasta nuestros días, a pesar del tiempo transcurrido y de los cambios políticos y económicos que desde entonces hemos experimentado.

En el contexto de esa larga crisis, y probablemente como una consecuencia más de ella, han surgidos voces como la de Leonel Delgado Aburto y Erick Blandón, que de forma sistemática y rigurosa han contribuido a cuestionar, decodificar y desmitificar el discurso cultural hegemónico sobre lo nicaragüense, la nacionalidad y la identidad nacional, que tiene sus principales exponentes en José Coronel Urtecho y Pablo Antonio Cuadra, y se halla grata y hermosamente articulado en los textos de esos autores.

En los ensayos recogidos en Márgenes Recorridos. Apuntes sobre procesos culturales y literatura nicaragüenses del S. XX (Managua, IHN-CA, 2002), Delgado Aburto disecciona desde la propuesta vanguardista de nación, hasta la crítica y los nuevos saberes/discursos construidos a raíz y desde el poder revolucionario sandinista en la década de 1980, particularmente los referidos al testimonio.

En esa visión de la nación construida por los vanguardistas, nos demuestra el autor, se idealizaba “una situación armónica entre formas estéticas y sociales” que supuestamente habría existido en la colonia, con lo cual se pretendía establecer cierta continuidad entre la tradición y la modernidad. En esa visión nacionalista y nacionalizadora, los literatos, particularmente los poetas, tenían su papel asignado, y era el de experimentar con las formas modernas, desde un fondo colonial, para crear “un recipiente apropiado o adaptable alma nacional”. En otras palabras, que la literatura, especialmente la poesía, debía ser el florero, el cenicero o la bacinilla de un alma nacional tan intangible como indescriptible.

En lo que respecta a “las fronteras” del testimonio nicaragüense, Delgado Aburto ilustra las tensiones que surgen entre estas nuevas construcciones literarias, el “stablishment” litetario nacional, cuya integridad e inhabilidad amenazan; y resalta el lugar que se ha ganado(yo diría más allá de) respecto a “los márgenes y la centralidad literaria nicaragüense”.

Desde otro punto muy diferente, pero no menos válido y tanto o más revolucionario que el ojo crítico de Delgado Aburto, en Barroco Descalzo (Managua, Uraccan, 2003), Erick Blandón acosa los aspectos de género y sexualidad de ese discurso hegemónico sobre la nación, que también se manifiesta mestizo (tirando más bien a blanco, y sobre todo elaborado por blancos), macho (pero sobre todo machista), católico y de habla hispana. La palanca en que se apoya Blandón para sacudir este discurso nacional identitario hegemónico es nada más y nada menos que el Güegüense, la figura que por antonomasia ha sido utilizada como representación de esa supuesta “identidad nacional”. El aporte del texto de Blandón es que deja al descubierto (¿podríamos decir que saca del clóset?) otras identidades que históricamente han sido ensombrecidas, omitidas, invisibilizadas, anuladas, por el manto del discurso sobre el mestizaje fálico-católico-hispanoparlante.

A los esfuerzos de Delgado Aburto y Blandón se suma ahora un nuevo libro de otro Erick. En Las máscaras del texto. Proceso histórico y dominación cultural en Centroamérica (Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2006), Erick Aguirre desenmascara las representaciones que han hecho los letrados, de esos otros que tercamente se niegan a ser sometidos e inclinar la cabeza ante el discurso cultural homogenizador que Blandón ha decodificado muy bien.

Aguirre también decodifica los discursos literarios de figuras señeras –Darío, de la Selva, PAC, Joaquín Pasos, Ernesto Cardenal y otros-- en sus intentos por apropiarse del otro subalterno (subalternizado, diría yo), de la realidad, el habla y el mundo de ese otro, en este caso indígena, para reelaborarlo y restituirlo ya procesado para el consumo del/la ciudadano/a común, incluso por ese/a otro/a; esfuerzos que, aunque motivados por las mejores intenciones, han estado activados también por la idea y el discurso de la dominación que “sustenta la falsa idea de una nación culturalmente homogénea y con un único rostro de identidad”.

En esta misma vertiente, Aguirre persigue y se monta en la Carreta Nagua (para ser precisos, en tres versiones letradas de esa leyenda-cuento de tradición oral), para ejemplificar cómo “la literatura culta nicaragüense” ha abrevado en los mitos, las leyendas, cuentos y tradiciones populares y anónimas, lo cual no significa que haya abandonado o se aleje de “un espíritu y una conciencia limitada, hegemónica y excluyente del mestizaje”.

El autor de Las máscaras del texto revela también que las apropiaciones de la historia por la ciudad letrada tampoco escapan “a las filiaciones excesivamente patrióticas y nacionalistas” que forman parte de ese discurso hegemónico que Delgado Aburto, Blandón y el propio Aguirre se han empeñado en decodificar, desenmascarar y desmitificar; un discurso que al ser desenmascarado se ha resquebrajado y hace aguas por muchas partes.

Sin embargo, como bien advierte Delgado Aburto, hacen falta aún muchas inteligencias y plumas para completar esta tarea, pero también (agrego yo) para abrir espacios en términos de igualdad y respeto a las múltiples y diversas identidades, pensares, saberes, prácticas religiosas y sexuales que habitan en este pequeño territorio que llamamos Nicaragua. Quizás sea ésta la tarea más dura, pues ello no será sólo producto de algunas plumas o nuevos discursos, sino también (y sobre todo) de una práctica social, lo que vale decir de la transformación de la realidad misma.

En verdad, no es un paso pequeño poner en evidencia la forma en que ha sido construido el discurso hegemónico sobre lo nicaragüense, sacar a luz sus limitaciones, y sobretodo su carácter de clase y su función en el esquema de dominación económica y política de los grupos que históricamente han detentado el poder en el país. No obstante, también se hace necesario ir más allá; cuestionar incluso el propio concepto de “identidad nacional”, pues esta noción --como la de “carácter nacional”-- es más bien engañosa, ya que hace tabla rasa con las diferencias y diversidades existentes en los colectivos nacionales; y es utilizada como una máscara con la que se han pretendido uniformar esas otras identidades (como la de los habitantes de la región del Caribe, por ejemplo). Quizás llegó la hora de que empecemos a hablar de “identidades nicaragüenses”, de la misma manera que Aguirre propone que discutamos y estudiemos “las literaturas nicaragüenses”.

Por lo que podemos leer ahora, los textos de Delgado Aburto, Blandón y ahora el de Aguirre, nos indican que vamos por buen camino.


gfdez@guegue.com.ni




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