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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 07 de Julio de 2007 - Edición 9661
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“¿No lo quiere?”


“-¿Le gusta? Pues lléveselo a su país, se lo regalo. Tenga el niño, ¿no lo quiere?”
En toda Europa la buscan. Los padres de Madeleine, la niña británica que desapareció hace días en el Algarve, al sur de Portugal, no han cesado en distribuir la imagen de su pequeña por los medios de comunicación más influyentes del mundo, ni han escatimado recursos para tratar de encontrar a su hija, llegando hasta las puertas de el Vaticano. Mientras tanto, hace días, en El Rosario, Carazo, desaparecía también un niño de dos años, en extrañas circunstancias.

Perdónenme la comparación que no pretende balancear la gravedad de ambos casos, pero sí es llamativo el desigual eco en los medios de comunicación. Que una niña desaparezca en el Algarve portugués es portada de toda Europa. Mientras, en Nicaragua, como en muchas otras partes del mundo, los niños, como éste de Carazo, siguen despareciendo y ya, lo horrible es que ni siquiera son un escándalo, sólo una breve nota entre las páginas de sucesos, y eso sólo cuando hay una curiosidad añadida, como en el caso del niño de Carazo, donde los rumores del pueblo han venido a destacar casi por encima del hecho. Dicen que hubo intervención hasta de los extraterrestres. Probablemente, si no hubiera habido mención de extraterrestres ni siquiera la noticia habría llegado a imprimirse. Lo triste es que el rumor de los extraterrestres compartió el titular con la pérdida del pequeño.

Otros rumores, de esos que empiezan en las pláticas mañaneras y van cobrando dimensión y fuerza por sí mismos a medida que avanza el día, hablan en Carazo de que el niño pudo haber sido vendido, hecho que la mamá niega con tristeza. El niño al momento de escribir este artículo no había aparecido todavía, la Policía ha ofrecido con la ayuda de algunas personas la cantidad de 10,000 córdobas. Pero evidencia una alarma creciente en Centroamérica. Estos niños que no llegan a los titulares ni los busca la Policía, nadie sabe adónde van.

Cuando los niños desaparecen (y quiera Dios que no sea éste el caso), mientras esperamos que vuelva, es inevitable pensar, y de hecho, pasado un tiempo, se debe hablar en serio de atacar con más rotundidad redes criminales que no aparecen ni en las peores y más terribles novelas. Jamás se hubiera imaginado semejante negocio. En las fronteras centroamericanas y en las de México con Estados Unidos se practica en la oscuridad la extracción de órganos a niños robados. Sí, eso mismo, estamos hablando del infierno, pero de uno más cercano y real. Otras veces, las redes y el enorme negocio de la pederastia amenazan la vida de los pequeños, y otras veces, algo más común quizá, menos organizado, pero igual de escandaloso.

Me refiero a ese comercio con los niños que se hace de manera simple y cotidiana. En una ocasión caminaba con un amigo extranjero por los departamentos del país. Mientras paseábamos por una calle, entre las casas de una comunidad, una mamá muy joven, casi niña, con un bebé en los brazos nos saludaba y hacía que el niño agitara su manita involuntaria también. Cuando nos acercamos a la mamá y al niño, ella hizo que sonriera. Mi amigo le acarició, y sin previo aviso, la mujer le dijo: “¿Le gusta? Pues lléveselo a su país, se lo regalo. Tenga el niño, ¿no lo quiere?” De pronto, con la sonrisa congelada, mi amigo retrocedía, tratando de que no se le notase su sensación de angustia. Mientras nos alejábamos, todavía la mamá le preguntaba a lo lejos “¿No lo quiere?” Y luego se volvía hacia su hijo y le decía como jugando, en un tono infantil: “¡Vio qué malo el señor, no quiso llevarse a este precioso bebé!”, y le dio un beso en la frente.

En ese breve instante, en un diálogo como aquél, uno se estampa de bruces con algo más detrás de la desesperación, la miseria de la Nicaragua todavía en algunas comunidades, algo que escapa de la mirada bucólica de paseos y pinceladas nicaragüenses. Algo que no se oculta ni detrás del pudor. Se crían hijos cuando se puede, y cuando no se puede van pasando de mano en mano. A veces se recibe un dinero por ello. Una generación de mano en mano, que no sabe a quién pertenece y cuyo país se queda quieto, inmóvil, ante esta situación dramática.

Hay un mundo cercano de niños desaparecidos, o de niños prestados, de lo que no se habla, de lo que no se grita ni desde el Ministerio de la Familia ni desde los medios con los que se debería trabajar para abordar este asunto con la seriedad que merece. Este mundo de niños perdidos debería ser nuestro pesar más grande, y lo estamos asumiendo como anécdotas extraterrestres, como si ya fuese parte normal de la cuota de esa pobreza nuestra que martillea cada día hasta la conciencia. Como si dijéramos, a todos nos toca sufrir, a todos nos toca perder. El problema es que unos empiezan demasiado temprano. Y esto no puede ser la vida.

franciscosancho@hotmail.com




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