jul 7, 2007
La cita
Anualmente la Universidad Tecnológica de Panamá otorga el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán”. Para este año la mención de honor correspondió al escritor y periodista Arquímedes González (Nicaragua, 1972), quien escribió la novela “La muerte de Acuario” en el 2002. El conjunto de cuentos con el que ganó la mención de honor se titula “Conduciendo a la salvaje Mercedes”. En esta edición del Nuevo Amanecer Cultural publicamos un cuento inédito perteneciente a su libro premiado Por Arquímedes González
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| Arquímedes González |
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¿Voy a salir, avisa el hombre en la sala con voz tan normal como decir “tengo hambre”.
Consulta el reloj como si hubiera pasado una hora esperando a obtener respuesta y va al armario dejando a la esposa inalterable, viendo la televisión en el sillón tan cómodo que cada vez que el hombre se sienta ahí, lo ataca el sueño. Ella está inmóvil, con el perfil bombardeado por el intenso y vertiginoso cambio de luces de la pantalla.
Voy con mis amigos, continúa desde el cuarto, con un énfasis en “mis amigos” que la deja excluida esperándolo hasta el amanecer.
Escoge la camisa blanca almidonada que la empleada planchó dos días antes. La saca de la percha, la deja caer en la cama y busca los zapatos. Están sucios. Toma el derecho para lustrarlo.
¡Ya imagino! , reclama la mujer como si resucitara de un estado cataléptico.
No empecemos por favor, suplica el marido cepillando el zapato izquierdo, tratando de evadir lo irremediable. Siempre me dejás sola los viernes, lamenta la mujer.El hombre mete los faldones de la camisa dentro del pantalón acomodando la tela para evitar las arrugas y cierra la bragueta. Comprime la panza, aprisiona el botón y asegura el trabajo con el cinturón. Transpira. Busca un pañuelo y se seca. Lo introduce en el bolsillo trasero. Se calza los zapatos. Se unta colonia y en el lavamanos cepilla los dientes viendo en el espejo su enojado rostro.
Sos un desgraciado, dice ella sin ánimo ni fuerzas, cansada de reclamar cada viernes desde que se casaron.
El hombre ni siquiera se altera concentrado en la salida. Se peina, después extrae una espinilla del labio inferior. Ante el espejo confirma que los dientes están limpios y sale.
No tardaré, promete buscando la copia de llaves de la casa y la del vehículo.
Recuerda la cartera y la recobra de la mesa de noche. Comprueba tener suficiente dinero y se la mete en el bolsillo derecho.Sólo pensás en esa imbécil, se queja la mujer.El hombre saca el pañuelo y se limpia el exceso de sudor de la cara. Como quedó humedecido, lo tira a la mesa, toma un vaso del estante, va al lavamanos y lo llena con agua estimando que faltan quince minutos para la cita.
Necesito un poco de atención, reclama la mujer con la cara fija en el televisor.
¿Acaso no vivo pendiente de tus necesidades? , pregunta el hombre tranquilo. Se acerca a ella con el vaso en la mano izquierda.Con comida no sobrevive el amor, responde ella.Pues que se muera de hambre, contesta bebiendo el último trago.
A vos la putita ésa te consuela, clava la mujer con voz rabiosa.
Ya me estoy hartando de tus estupideces, amonesta el hombre.
Siempre le pasa. Se enoja, aumenta la voz y termina maltratándola. Era hora de suspender la discusión y escapar.
Seré tonta pero no pendeja, defiende la mujer incrementando el volumen del televisor con el control remoto presintiendo que el hombre se alterará.
¡Yo no tengo culpa que no te gusten mis amigos! , grita el hombre. Para colmo, se le sueltan los cordones de sus zapatos.
Si me dedicaras más tiempo que a esa ramera, seríamos más felices, explica la mujer que de perfil, llora con los músculos de la quijada vibrando.
Son puras locuras tuyas, aclara el hombre más calmado.
De pie, convencido que deberá amarrarse los cordones, la mira en el sillón con las piernas recogidas, las rodillas pegadas al pecho, el cabello cubriendo su espalda. Pese a las lágrimas que corren abundantes, parece concentrada más allá de la luminosa pantalla.
¿Y yo? ¿Qué me merezco?, embiste de nuevo la mujer limpiándose las lágrimas con el brazo y secándose el moco en el vestido.
El hombre se arrodilla y ajusta los cordones sintiendo la presión en los pies y estima tener cinco minutos para llegar a la cita pero sabe que de nuevo, estará tarde porque la discusión se extiende en espiral.
¡Contestame maldito!, inquiere la mujer liberando el mal querer que la tiene envenenada.
El hombre no habla. Si lo hace, terminará de explotar como otras veces y no está dispuesto a extender el enfrentamiento. Decidido, pasa frente a ella, dando tres vueltas a la cerradura abre la puerta y siente el aire frío como si saliera de un horno.
Vieja loca, piensa caminando hacia el vehículo. Tardará veinte minutos en llegar a la cita con sus amigos.
La mujer por fin se levanta y sale, no a despedirlo sino a gritarle:
¡Cínico, degenerado!
Imperturbable, el hombre no le contesta y sigue caminando sin volver la vista. Abre la puerta, entra, enciende el motor, mete el cambio y apoya las manos en el volante con la vista al frente sintiendo que su amor por ella se agota.
La mujer vuelve a casa enfurecida, tira la puerta, se zambulle en el sillón y escucha el ruido de la aceleración del motor que se aleja con rugido desesperado. En la sala queda la voz en la televisión y ella cansada de cambiar canales, se duerme despacio, en posición fetal, bañada por el rápido parpadeo de las luces.
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