Los Simpsons y el mito del calentamiento global
Emila Persola
 |
| EFE.- Matt Groening es el maestro creador de “Los Simpsons”. |
|
No escuchen a quien les diga que la película no es muy buena; porque si bien suele suceder que la calidad de algunos contenidos --como libros y comics-- disminuye cuando pasan de sus formatos originales a películas, no es el caso de Los Simpsons. Antes de verla, a mí me comentó una amiga, estudiante de Derecho de la UCA --de esas que van a Mood´s tres veces por semana-- que “la peli no es tan chistosa, y muchos de mis amigos de la U dijeron lo mismo”, entonces de entrada reconocí que era una de esas cinéfilas come-palomitas-toma-coca-cola que no debía tomar en serio.
Por casi 20 años Los Simpsons han sido el cómics que ha alimentado el imaginario colectivo de una audiencia global --llamaría yo, la ingeniosa pero perversa forma de lo que nos ofreciera Charles Schulz en su momento-- y a pesar de que en el fondo, la idea en sí es la de ser “chistosa”, evidentemente los filtros de lectura difieren entre uno y otro espectador.
Habré tenido 14 años cuando empecé a verlos por la televisión nacional (los pasaban los domingos por la noche, cuando aún advertían que eran “muñequitos” para adultos); luego los dejé de ver por mucho tiempo, y regresé a ellos hace un par de años, para la antepenúltima temporada. Entonces aprecié mucho más su lenguaje contestatario, la definición de sus esteriotipados personajes, o sus variantes en determinados episodios. También aprendí a gozar del reiterado recurso de intertextualidad que utilizan en sus episodios, introduciendo filmes que nutren la trama diaria.
A esto hay que agregar el plato fuerte de la sátira del día, que suele montarse en temas coyunturales, insertando personalidades del espectáculo o de la política que arriban hasta Springfield. Pero algo que me costó mucho entender fue que Los Simpsons tenían un protagonista. Y aunque en todo caso intuí que el protagonista debía ser Bart, luego alguien me dijo que en realidad era Homero. “Es cierto”, reparé en mi asombro.
Efectivamente, Homero Simpson es el personaje conductor de las historias de esa familia que habita en ese “Macondo” de los Estados Unidos. Es el personaje que encarna la mentalidad cuestionable de una sociedad contradictoria, ciega e ingenua, y que sus guionistas usan a su gusto y antojo para después de media hora --entre la risa y la carcajada-- dejarnos llegar algún mensaje.
Creo que después de cientos de episodios que hemos apreciado en la pantalla chica, en la que los personajes evolucionan a lo largo sus historias, la película por su parte tiende a llevarnos por un extenso episodio, legitimando las características de los personajes más relevantes.
Homero, el antihéroe de la trama --como siempre-- engendra en su universo una de las crisis más sensibles de nuestro tiempo: el problema de la contaminación ambiental, al encariñarse de un cerdo que el judío payaso Krusty utiliza en uno de sus comerciales de hamburguesas, y que tiene destinado a destazar. No obstante, Homero, con su absurda sensibilidad, apela: “ ¡No pueden matarlo, sí tiene sombrero!”, y como mascota mimada se lo lleva a casa.
Lisa, por su parte, como buena Erin Brockovich, advierte que el lago de Springfields contiene altos niveles de mercurio --aunque ya sabemos que la ciudad desde hace rato fue contaminada de uranio por las plantas nucleares del Mr. Burns-- y ante un “CPC” logra que el alcalde de la ciudad dicte una alerta para salvaguardar la cuenca. Por su parte, Bart, quien empieza a sufrir por la indiferencia afectiva de su padre por el “rigioso” cariño que le ha tomado al “cerdo-araña”, se refugia en la paternidad puritana del viudo Ned Flandert.
Ni siquiera Marge logra persuadir a Homero para que se deshaga del cerdo, a pesar de la profecía que se le revela al abuelo Abraham en la Iglesia, pero similar a la loca Casandra, nadie entendería el presagio de la desgracia. Es inevitable: Homero un recipiente hasta “la copa” de desechos del cerdo, como tonto irritante, hasta el lago, donde detona una epidemia que amerita la intervención del gobierno.
Springfield se vuelve la ciudad más contaminada en la historia del planeta y las autoridades toman la decisión de ponerla en cuarentena, aislándola con un enorme domo que encierra todo su territorio. Homero, descubierto de su ingenuo delito, en una escena al estilo de “El retorno de los cuerpos vivientes” o de inquisición decimogénica, con la ayuda de una “carta bajo la mesa” de Maggi, logra salir del domo y huir con el resto de la familia hacia Alaska.
En Springfield la cuarentena se agrava, y la sociedad aislada empieza a desarticularse en panoramas parecidos a las apocalípticas novelas de José Saramago. El gobierno ha encargando a la PAD dejar caer una bomba atómica sobre esa ciudad para erradicarlos a todos, pero Los Simpsons al ver por televisión a un Tom Hanks que promueve el turismo hacia un nuevo gran Gran Cañón; reconocen que ese lugar será Springfield, y con la excepción de Homero, el resto decide regresar a casa y evitar que acontezca la anunciada tragedia.
Pero en la profundidad escondida de su amor por Marge y sus hijos, Homero decide retornar a Springfield, y apoyado por un chaman esquimal, que le permite encontrar la seguridad de sus actos, llega a una epifanía silogística: “Las otras personas son tan importantes como yo, sin ellos no soy nada, y si quiero lograr salvarme, tengo que salvar a Springfield”. Y ese inesperado grado de conciencia, que siempre aparece en Homero en los momentos cuando el espectador “rabea” con sus estupideces, lo devuelve a la travesía hasta reparar sus errores, y devolver la intacta identidad a su Macondo.
Todos los que hemos visto Los Simpsons sabemos que Springfield, hace muchos años movió su base fundacional a 13 kilómetros hacia donde está actualmente; sabemos que la población completa está afectada por radiación nuclear por la empresa de Mr. Burns. También sabemos que el profesor Skinner en realidad se llama Armin Tanzarian, pero usurpó la identidad de aquel durante la guerra de Vietnam y ahora vive con la madre de éste, sabemos que Bart tienen un hermano gemelo que habita en el sótano de su casa y que corrió a la familia Bush cuando fueron sus vecinos por un tiempo.
Que Lisa es budista, que el borracho Barney es el mejor artista de Springfield, que el indú Apu Nahasapeemapetilon se casó sin conocer previamente a su esposa que trajo desde la India, que Smithers es gay, que Selma es lesbiana o que Ned Flanders es como es porque sus padres hippies le practicaron una terapia contra la ira cuando era “gardel”.
En lo personal me parece fascinaste que podamos registrar estos dosificados detalles que han constituido la historia de Springfield, por eso creo que la película precisamente tiene el encanto de mostrarnos una síntesis de estos 17 años, con una historia en la que su protagonista, a pesar de sus atrasos, tonterías y absurdo teatro, resalta con su sensibilidad humana.
Los Simpsons recaudaron 96 millones de dólares en su primer fin de semana en la pantalla grande, y no sé a cuánta gente la película le resultó “chistosa”, pero creo que es meritorio que el capítulo más extenso de su historia lo hayan dedicado a plantear “el mito” de la muerte del planeta.
|
Cultural
Un clown tras bambalinas
La aventura llegó a su fin
Al otro lado del San Juan
Ratatouille y otros gozos subversivos
Los Simpsons y el mito del calentamiento global
El Nobel para Ernesto Cardenal
En la ciudad de la furia
“Terminemos el cuento”
La Fantasma
Descolonialidad: el regreso de la emancipación
Comentarios al libro libertad y socialismo
Una ofrenda de palabras
Y la historia se hizo carne
Máscaras, muerte y escritura en Tierra sin tiempo
Viva la Lengua
Los vicios de nuestra administración pública
|