“Sapoá era la vida o la muerte”
José Adán Silva
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| FRANK CORTÉS / END.- Sergio Ramírez Mercado, ex Vicepresidente de Nicaragua, comenta sobre los Acuerdos de Sapoá, la llave que cerró el grifo por donde se escurría la sangre joven nicaragüense. |
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El siete de agosto de 1987, cinco presidentes de Centroamérica firmaron un acuerdo de entendimiento que buscaba llevar la paz a la pequeña, pero intensamente convulsa región de siete países.
Fue al presidente de Costa Rica, Óscar Arias, a quien se le ocurrió la idea de establecer un plan de paz para la región, el cual llevó a los presidentes de los cinco estados de América Central: Oscar Arias Sánchez (Costa Rica), José Napoleón Duarte (El Salvador), Vinicio Cerezo Arévalo (Guatemala), José Azcona Hoyo (Honduras) y Daniel Ortega Saavedra (Nicaragua), a firmar los acuerdos de Esquipulas II, en Ciudad Guatemala.
Los acuerdos establecían que Nicaragua y la “Contra”, debían cesar los ataques y sentarse a discutir la paz. Eso llevó a la firma de los Acuerdos de Sapoá, Rivas, un año después. Producto de esos acuerdos se llegó a las elecciones de 1990, en las cuales el FSLN, partido en el poder desde 1979, dejó éste ante la alianza de partidos opositores que llevaban a doña Violeta Barrios de Chamorro como presidenta.
Dos personajes de influyente poder en aquella época: Adolfo Calero Portocarrero, por el directorio de la Resistencia Nicaragüense, y Sergio Ramírez Mercado, entonces Vicepresidente de Nicaragua por el FSLN, recuerdan lo que significó Sapoá para Nicaragua.
La visión de Calero Portocarrero
Para el ex director de la Contra, a pesar de la algarabía internacional por la firma de los Acuerdos de Esquipulas II, la realidad fue de que los sandinistas, firmantes y actores estelares del mismo, no cumplieron con el primer plazo que obligaba a la democratización, amnistía, cese del fuego, diálogo interno y reconciliación, en 90 días, que vencían el 7 de noviembre de 1987, y que fue extendido con ligereza a enero 15 de 1988.
“Para la Resistencia, la liberalidad con que se disponía de tiempo precioso era devastadora. Concluimos que algunos de los firmantes tenían claras sus intenciones de liquidar a la Contra y dejar a Nicaragua a la entera voluntad de los sandinistas y de sus aliados”, señala ahora Calero, retirado de la política partidaria.
Para él, la muerte de miles de los hombres de la Contra, campesinos en su mayoría, fue el pensamiento que le dispuso a darle seguimiento al anuncio hecho por Daniel Ortega, de que “si la contra estaba interesada en pláticas, los sandinistas estaban dispuestos a tenerlas en forma directa y sin intermediarios”.
“Después de intercambios telefónicos, especialmente por el abogado norteamericano de los sandinistas, Paul Reichler, decidimos hacer pública nuestra posición, y en voz de este servidor a través de Radio Liberación anunciamos nuestra decisión de aceptar la propuesta del presidente Ortega y concurrir a Sapoá”, recuerda Calero.
Sapoá, una comunidad rural a casi cuatro kilómetros del puesto fronterizo de Peñas Blancas, en la frontera sur de Nicaragua con Costa Rica, era la sede seleccionada por las partes para las conversaciones. Se eligió ese lugar porque la frontera aún estaba bajo sitio de guerra, y no era raro que misiles y morteros cayeran alrededor del puesto migratorio de Nicaragua.
“Llegamos de Liberia a Sapoá el 21 de marzo de 1988 por la mañana, escoltados por guardas de seguridad costarricenses, con una delegación integrada por miembros militares y civiles de nuestra organización, y al descender del autobús fuimos recibidos al son de gritos e insultos por parte de unos cientos de personas que allí se encontraban, por unos 200 periodistas y por otro centenar de espectadores autorizados, incluyendo al cantante y activista norteamericano Kris Kristofferson, que encabezaba una delegación de sus conciudadanos”, recuerda Calero. Dos discursos y una verdadDice que durante el trayecto y en la víspera, habían escuchado las emisoras sandinistas, las cuales lejos de proyectar un ambiente de calma y reflexión, adecuado al evento, hacían gala de un lenguaje insultante, y repetían epítetos y amenazas de los miembros de la nomenclatura.
“En el camino a Sapoá había rótulos y pancartas denunciando el diálogo y pidiendo la rendición incondicional de los Contras y la destrucción y aniquilación total de la Resistencia”, rememora el ex dirigente.
“En la adusta sala a la que fuimos conducidos por civiles y militares sin armas a la vista, había una mesa larga con sillas alrededor, las cabeceras destinadas para Su Eminencia, cardenal Miguel Obando y Bravo, y para el embajador Joao Baena Soares, testigos y garantes del diálogo; los dialogantes estaban a ambos lados. También estaban colocadas mesitas con café y refrescos en los extremos de las salas. Procedimos todos a ocupar nuestros asientos, y después de un saludo muy protocolario inició la reunión el general Ortega”, cita Calero.
Según sus recuerdos, el general Ortega expresó en la apertura de las negociaciones que “la guerra que nos desangra no tendría fin, ni nosotros ni ustedes tendrían manera de ganarla, y lo mejor es ponerle fin por medio de la paz”. Las palabras en las que se reconoce que no era posible que la guerra fuera ganada por ningún bando, sorprendió al directorio de la Resistencia, integrado por Azucena Ferrey, Pedro Joaquín Chamorro Barrios, Adolfo Calero, Alfredo César, Arístides Sánchez, Jaime Morales, y algunos jefes militares de la Contra.
“Cuando nos recobrábamos de esta sorpresa nos vino otra casi de inmediato, ante nuestra duda de la sinceridad del diálogo, en vista de la actitud demostrada por los líderes sandinistas y sus coreógrafos, el mismo general expresó que ellos manejaban dos discursos: el verdadero del cual él era exponente, y el otro que era para consumo popular, al cual no debíamos prestar atención alguna”, cuenta Calero, en alusión a la intensa campaña mediática del gobierno sandinista a diario pedía la muerte para “los esbirros” de la Contra.
“Estas expresiones vinieron a relajar el ambiente y a facilitar el diálogo fluido, exención hecha del momento en que Humberto Ortega --con razón diría yo-- tuvo un fuerte exabrupto cuando uno de los que integraban el directorio de la Contra negó la existencia de tropas y campamentos en Honduras”.El exabrupto de Ortega“No me joda, si con esa vamos a estar salgamos de aquí y sigamos volando verga en la montaña, pero mentiras no vamos a tolerar en esta mesa”, le dijo exaltado Ortega a Arístides Sánchez, quien habría negado que la Contra operara en Honduras.
Cuenta Calero que durante el primer receso, uno de los asistentes le expresó que el general Ortega quería que se tomaran una taza de café en la próxima oportunidad, a lo cual él asintió.
“Coincidimos en el mismo extremo en el siguiente break, y al encontrarnos cara a cara, después de un breve saludo, me dijo Ortega: “Contame hombre, ¿cómo es el viejo?”
“¿Qué viejo?, le respondí yo, y él me dijo: “Pues Reagan”. Claro, he estado con él varias veces y es una persona que inspira respeto y comanda de inmediato un sentido de admiración y simpatía, luce como muy pío”, le dije yo.
“No me digás que al viejo le gustan las mujeres”, fue la respuesta inmediata de Ortega, y Calero, sin contener la risa, le contestó: “No hombre, no es pillo con doble ele, sino pío, de piadoso”.Más de 40 mil víctimasEl inició de las pláticas llevaron al Congreso de Estados Unidos a suspender la aprobación de 270 millones que el presidente Ronald Reagan había pedido como ayuda militar para la Resistencia. Un año antes, en 1986, el mismo Congreso había autorizado 100 millones para la guerra, y la cifra de víctimas se había elevado, según datos oficiales del Ministerio de Defensa, a 43 mil, entre muertos, heridos, lisiados y desaparecidos.
“A media noche del 23 de marzo, después de tres días de largas negociaciones, pasamos ambas delegaciones al estrado, y ahí, ante la incredulidad de los presentes, cantamos juntos el Himno Nacional, y acto seguido Joao Baena Soares leyó el texto del pacto.
“En Sapoá se acordó un cese de fuego temporal de 60 días y las negociaciones inmediatas para un cese al fuego definitivo, bajo el cual la Resistencia depondría las armas y aceptaría la amnistía a cambio de reformas democráticas y un Diálogo Nacional, en el que se acordarían estas reformas que desembocarían en elecciones libres, justas y transparentes, en las que se respetaría la voluntad soberana del pueblo”, explica el ex militar.
“El gobierno se comprometía de inmediato, entre otras cosas, a iniciar la liberación de los presos políticos, a permitir el establecimiento en territorio nicaragüense de enclaves para las tropas de la Resistencia y el abastecimiento de las mismas, y a garantizar la irrestricta libertad de expresión”, prosigue.
A Sapoá siguieron cinco rondas más de negociaciones de alto nivel, todas dentro del marco establecido, pero en ninguno se logró más acuerdos; por el contrario, las acciones militares se reanudaron y el Ejército lanzó una operación militar de gran envergadura que golpeó fuerte a la Resistencia: Danto 88.
“Se suscitaron numerosos hechos que bien podrían haber dado al traste con el acuerdo, sin embargo se mantuvo y condujo a diferentes actores a otras negociaciones que culminaron en las elecciones, el desarme, la paz y la democratización de Nicaragua”, reflexiona Calero.“Sapoá cerró el grifo de sangre”Si bien Sergio Ramírez no se sentó a la mesa de conversaciones de paz, sino al final de las pláticas, estaba al tanto del asunto, y desde una finca adyacente donde discutían los términos del fin de la guerra, opinaba y recomendaba a los negociadores aspectos que favorecieran la imagen de la revolución, ya que no habían podido ganar la guerra.
“Los acuerdos de paz vinieron a resolver un asunto que ya la guerra no podía resolver, que era la confrontación no sólo entre Nicaragua y Estados Unidos, sino de dos sectores dentro de la población nicaragüense, sobre todo en el campo, donde la guerra civil se ensañó sobre la población, y como en las guerras civiles, sus componentes eran principalmente campesinos, de manera que ni los Estados Unidos podían imponer un triunfo militar, pero tampoco el Ejército podía derrotar a la Contra, de manera que de alguna manera había un empate militar que no era cualitativo, porque el Ejército nunca perdió la ofensiva, pero tampoco podía aspirar a neutralizar las acciones de la Contra”, detalla.
Dice Ramírez, entonces Vicepresidente de Nicaragua, que la conversación de paz pasó por todas las etapas, nacionales e internacionales “donde al final ni el Congreso de Estados Unidos quería proseguir la guerra, ni el pueblo de Nicaragua quería seguir la guerra, tampoco la revolución quería la prolongación del conflicto porque sabía que no podía ganar”.
“Había cambiado el panorama internacional, no sólo para Reagan y para Bush: los aliados de Nicaragua en el campo socialista tampoco querían la guerra; la llegada de Gorbachov agilizó el fin del suministro de armas, pero lo que más pesaba era la situación interna del país, el desgaste económico y social (provocado por) la guerra”, cita.
“La guerra se hizo en base al reclutamiento militar obligatorio, y ya no había más jóvenes que reclutar para esa fecha, la guerra se había comido a todas las generaciones en edades de reclutamiento, el desabastecimiento, la escasez de alimentos y todo eso llevaron al consenso de que el fin de la guerra era casi obligatorio por la falta de poder de ambos bandos para resolver la situación política por la armas”, relata Ramírez.
Señala que cada bando jugó sus propias cartas, y que para el gobierno sandinista el fin de la guerra tenía que conseguirse en términos políticos, y por lo tanto se usó, como se había utilizado en 1984, la carta de las elecciones como instrumento que diera fin al conflicto: ofrecer unas elecciones libres con la participación de las fuerzas opositoras, con Ley Electoral nueva, y adelantando las elecciones, bajo la estrategia de exigir a la Unión Nacional Opositora el desarme de la Contra como condición para librar una batalla pacífica en el campo democrático.
“Con ese aval de la UNO en la mano, Daniel Ortega se fue a la reunión de los presidentes del grupo de Esquipulas, y ahí exigió el cese del fuego y el desarme de los insurgentes. Esto a la vez era un tiro de carambola, porque con el fin de la guerra en Nicaragua se llegaba al fin (de la guerra) en El Salvador, porque no hay que olvidar que todo esto era un tejido centroamericano que afectaba a la región de norte a sur”, explica Ramírez, quien observa que aunque se firmaron los acuerdos y había intención real de las partes para poner fin a la guerra, no existía la confianza suficiente por parte de la Resistencia para desarmarse.
“Las elecciones de 1990 se dieron con la Contra aún armada, porque la determinación del gobierno sandinista de llevar la guerra al campo político, era ganar las elecciones y la legitimidad de todo el mundo, y con ello se acababa la guerra. Desde luego que teníamos la convicción de que las íbamos a ganar”, cuenta Ramírez. Al final el FSLN perdió las elecciones, y desde entonces el país ha vivido 17 años de paz.
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