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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 11 de Agosto de 2007 - Edición 9696
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Nuestro idioma al día

Nuestras voces regionales


Cada país y cada región en particular tienen su propia identidad lingüística, que los hace singulares y a la vez diferentes, con su caudal léxico propio y su manera particular de decir las cosas. Por esta razón es muy fácil distinguir o identificar por el uso oral de la lengua y por el modo de hablar a un mexicano, un cubano, un colombiano, un argentino o un nicaragüense. Y es que la lengua es un elemento vivo, en permanente evolución y cambio, que se acomoda --con los más variados matices-- al ánimo, al tiempo y al lugar según lo imponga una situación concreta.

De manera que los hablantes de una región determinada emplean sus propias voces y giros. Son los regionalismos que toman o derivan su nombre de la comunidad lingüística (continente, país o región) a que pertenecen. Así, se llaman americanismos las voces y expresiones usadas en Hispanoamérica y que no pertenecen al español general o tienen un significado particular y distinto del empleado en España. El conferencista en Hispanoamérica es el conferenciante en España.

A veces, el americanismo no tiene equivalente en España, como ocurre con cotona. O el término bancada (grupo de legisladores de un mismo partido). Otras veces, el americanismo es el resultado de la supresión de un sufijo de la voz española, como concuño (concuñado).

Muchos americanismos tienen su origen en las lenguas indígenas, como el adjetivo chúcaro (del quechua chucru, duro), que se aplica al ganado caballar y mular bravío, no domesticado.

A veces, un centroamericanismo tiene su equivalente en España, como cumiche (benjamín, hijo menor de una familia); o no lo tiene, como bayunco (tosco, grosero). En otros casos, el centroamericanismo no es de uso corriente en un país, como ocurre con acial, desconocido en nuestro país, en donde usamos tajona (látigo de cuero atado a un cabo de madera).

Hay casos en los que el centroamericanismo se usa en un país con una ligera variante en su estructura, como el término tenamaste (del nahua tenamaxtli), que en Costa Rica le dicen tinamaste.

Un regionalismo a veces tiene, según el país, semejanza en la escritura. Es el caso de curcucho (jorobado), igual en Nicaragua, El Salvador y Honduras; pero ligeramente diferente en otros países: curco en Ecuador, quirquincho en Argentina, corconcho en México, corcuncho en Costa Rica y curcuncho en Chile.

Otras veces, el regionalismo tiene su equivalente en otros países, pero con escritura diferente. Nuestra tajona se parece a la atajona de Honduras, pero en Chile se llama guasca, en Cuba cuarta y en Venezuela mandador. Y nuestro tenamaste es la topia de Venezuela y la tulpa de Colombia, Ecuador y Perú.

Algunos nicaragüensismos son compartidos con otros países, como chambón (ordinario, descortés), empleado también con esa acepción en Colombia. Sin embargo, esa misma palabra tiene en nuestro país otra acepción que no se registra en ningún otro país hispanoamericano: muy bueno, excelente: ¡Es que me gasto un carisma chambón! (EAS/LP/18/04/04).

Un nicaragüensismo como nacatamal es compartido con Honduras y México. Pero en nuestro país se emplea también una forma jocosa y festiva, muy particular, derivada de aquélla: nacatambuche.

Hay nicaragüensismos que se forman con una transposición (metátesis) de la forma española, como el sustantivo temblequeadera (temblor), que nosotros pronunciamos tembelequeadera (tembladera, miedo, temor, inseguridad): “Como en muchas cosas de nuestra vida nacional, en este tema nos movemos entre la tembelequeadera (alias miedo) y la inconsistencia” (EAS/LP/07/09/03).

Existen términos propios del habla nicaragüense derivados de una voz inglesa, como el verbo bisnear (del ingl. business). En otras circunstancias, derivan del malespín, una especie de argot inventado por el general salvadoreño Francisco Malespín. Es el caso de tuani (bueno).

En un mismo país, región o zona geográfica se pueden también identificar regionalismos más específicos. Son los localismos, como los chinandeguismos, los chontaleñismos, los granadinismos, los leonesismos, etc., como el caso de piquinyuquis (trago de licor), un juigalpismo usado también en otros municipios de Chontales: “Casi bebía diario, perenne era el día para echarme mis piquinyuquis”. (MFE/LP/30/03/).

En una misma comunidad lingüística encontramos diferencias lexicales según la ocupación, y una misma palabra tiene sentidos diferentes de acuerdo con el tipo de hablante. Así, el verbo quebrar denota para el marinero de Corinto “doblar la red”, para el ganadero chontaleño significa “desbaratar la leche ya cuajada para preparar el queso”, para las amas de casa es “machacar el maíz antes de molerlo”, y para la mayoría de los hablantes significa “destruir o frustrar la aspiración de alguien”. Para los jóvenes, en la actualidad, este verbo tiene una connotación sexual.

Existen también algunas palabras que tienen diferente estructura según la región. Así, el dulce hecho de jocotes cocidos, leche y azúcar se llama cusnaca en unas partes y currusna en otras. La verdura exquisita conocida como chayote, se la llama chaya en el norte del país. En Occidente llaman nisayo a los desperdicios de las comidas que se recogen para alimentar a los cerdos, en cambio en la región oriental le dicen machigüe. O como el caso del verbo de origen náhuatl nisquezar (cocer el maíz con agua de ceniza), que en unas regiones (Chontales) se dice nesquizar.

Estas variantes lingüísticas son legítimas, pues además de enriquecer y renovar el habla de un pueblo, representan su forma peculiar de ser y de actuar por medio del lenguaje.


rmatuslazo@cablenet.com.ni




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