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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Lunes 13 de Agosto de 2007 - Edición 9696
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Sandino e Idiáquez en el último libro de JEA


Sandino e Idiáquez en el último libro de JEA - Foto

Cargado de libros bajo el brazo, y repartiendo cariño y simpatía que le sobran generosamente, ha llegado a Tegucigalpa Jorge Eduardo Arellano. Sin quitarse el polvo de los caminos, sin apurar siquiera un vaso con agua para mitigar la sed, se ha dirigido a la casa de Oscar Acosta, ubicada en una calle cuyo nombre no me gusta mencionar porque no le honra ni prestigia a sus nobles vecinos, para encontrarse con viejos conocidos, camaradas literarios, promotores de la cultura e intercambiadores de joyas bibliográficas y documentos históricos fundamentales para que esa gran historia de Centroamérica, que estamos haciendo a golpe de esfuerzos, día a día, se concrete.

Allí lo encontramos, puntual, a las cinco de la tarde del jueves 22 de marzo. Aunque no le conocíamos sino por sus obras y por las referencias de algunos amigos comunes, me dispensa --virtud que tiene la mayoría de los nicaragüenses que he conocido-- entusiasta bienvenida. El abrazo que nos damos tiene la fuerza de viejas complicidades, y en las miradas que intercambiamos no nos queda duda --a ninguno de los dos-- que, desde ahora, iniciamos una andadura en donde juntos, como dos quijotes en procura de algunos necesarios sanchos panzas, terminaremos caminando en Centroamérica, buscando libros y animando --posiblemente lo más importante de todo-- a las nuevas generaciones de intelectuales y científicos de la región.

Jorge Eduardo Arellano llega de la mano de su última obra: “Augusto C. Sandino, guerrillero de nuestra América” (septiembre, 2006), bellamente editado con el apoyo de la Sociedad Bolivariana de Nicaragua y el mecenazgo de una bella dama, María Isabel Tiffer Alduvín --bisnieta del general Alberto Tiffer Pérez, padrino de bautismo de Sandino--, “que hizo posible la publicación de este libro”.

Se trata de una obra madura que, como tal, ha abandonado el camino bien intencionado del elogio desmesurado, sin caer en la diatriba infantil e iconoclasta. Es un trabajo científico que nos presenta un Sandino con los pies sobre la tierra, con sus errores y sus grandes visiones, con su dedicación absoluta a una causa que fue, desde el principio --y es posible que él lo supiera como le ocurre a los mesías de ayer, de hoy, de mañana-- estaba condenada al fracaso. No tanto por la asimetría de los contendientes, ni siquiera por las circunstancias históricas que se vivían entonces, como porque se trataba de levantar, como lo creyó Froylán Turcios, a todo un continente en contra de un joven imperio que había empezado a encontrar gusto en el goce desmesurado del poder, capacidad que entendían como la fuerza para imponer su voluntad sobre cualquier punto de la tierra.

Pero no hay que creer que el libro de Jorge Eduardo contribuye a la apología de los vencidos, como fórmula de los detentadores del poder para animar a las jóvenes generaciones a que se mantengan tranquilas respaldando sus formas de dominación política, económica y cultural. Todo lo contrario. Aquí se sacan importantes conclusiones; y, por supuesto, se hacen numerosos descubrimientos.

Porque, aunque uno crea que sabe todo sobre Sandino, que al fin y al cabo, en algunos momentos --por la magia propagandista de Turcios especialmente-- tuvimos la leve sospecha que la lucha era más nuestra que de los hombres que, desde Las Segovias, fronterizas con Honduras, se enfrentaban en una desigual lucha guerrillera en contra del despotismo tropical centroamericano y del imperialismo estadounidense, que se creía llamado a civilizar a pueblos indómitos, incapaces incluso de gobernarse a sí mismos, la verdad es que Arellano nos da hechos, visiones y, por supuesto, conclusiones nuevas.

Por ejemplo, me ha impresionado mucho, en la construcción de las bases teóricas que produjo la filosofía de Sandino, descubrir la impronta de la teosofía, del cooperativismo anarquista y del socialismo libertario. Por supuesto, más de alguno habría querido que en esta lista, Arellano agregara al marxismo que, justo hay que reconocerlo, era difícil de asimilar y acomodar a la realidad por hombres de temple y acción como Sandino.

Por supuesto también, las novedades de este libro --que en Honduras debemos buscar para leer y apreciar en mejor forma un período en el que el gobierno hondureño se vio singularmente involucrado-- no termina aquí. En lo personal, siempre me han interesado las hipótesis sobre la ruptura de Turcios con Sandino y, posiblemente lo más desconocido, el papel de don José Idiáquez en el apoyo a la gesta de Las Segovias. En lo primero, Arellano anota la tesis que me parece más lógica: Turcios quería un Sandino continental, mientras la realidad empujaba a Sandino, inexorablemente, hacia el caudillismo político nicaragüense, que lo llevaría a la muerte. Como ocurriera.

En lo que respecta a José Idiáquez, Arellano plantea problemas a resolver, estudiando a este patriota de Danlí que, creyendo en un hombre desconocido, apuntó por su gloria y su grandeza. Y no se equivocó. Idiáquez fue uno, de los más fieles admiradores y sostenido colaborador de Sandino: desde Danlí lo proveía de todo aquello que en Las Segovias necesitaba. Era teósofo, como Sandino y, cuando éste se empeñaba en desarrollar la colonia agrícola de Wiwilí, se trasladó allí para acompañarlo en esa labor comunitaria y pacífica.




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