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Nuevo Amanecer
ago 18, 2007

LA NIEVE DEL ALMIRANTE (1986)

(Motivación a las obras de la Literatura Latinoamericana y Española SS.XIX y XX)

Álvaro Mutis (Bogotá, Colombia 1923)


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Álvaro Mutis.

Yo siempre he temido a las novelas que hablan de viajes por mar, pues al mar siempre le he tenido un poco de miedo. Y éste es el consejo de los buenos marineros. Ellos no dicen miedo, porque si le dijeran no saldrían cada mañana, cuando todavía no ha salido el sol a faenar mar adentro. Ellos dicen respeto. Yo nací cerca del mar. Debe ser por eso que le tengo más respeto. Así que desde Moby Dick, con las novelas de viajes marinos me ocurre lo mismo que estando en el mar, la angustia de que no terminan, la incertidumbre.

Una vez leí un artículo de García Márquez en el que decía que “todos los latinoamericanos le tenemos miedo al avión”. Él tenía pesadillas con eso, y consistían en que iba volando en un avión que no sufría ningún accidente pero siempre se mantenía en el aire flotando, sin aterrizar nunca. A mí, el mar, la mar, me produce lo mismo, la sensación de que nunca voy a ver tierra. Pero como dice Pedro Salinas, que mirar al mar, limpia la mirada, al final no he dejado de acercarme con flotadores de tiempo limitado a algunas novelas de éstas. He podido con algunas de Joseph Conrad, y en particular hace poco con una de las que me parece la mejor de ellas, La Delgada Línea de Sombra. Y aún no se me ha acabado el encantamiento del que fui presa tras leer el largo relato de Hemingway de El viejo y el mar. Con aquel viejo que hablaba con los peces que eran su presa, yo también me hubiese atrevido a ir más allá. Todavía lo quiero, como a un abuelo que hubiese tenido de verdad, todavía creo que soy su joven ayudante, viéndolo venir agotado, con la espina de un pez enorme.

Sin embargo con el caballero colombiano Álvaro Mutis y su serie de novelas de Maqroll el Gaviero, apodo que viene del nombre de la vela que se coloca en el mastelero mayor de los barcos, no me había atrevido de momento. De Álvaro Mutis sabía lo que contaban otros amigos y compañeros suyos en anécdotas, sobre todo esas en que utilizaba sus influencias de representante de una empresa petrolera para un sinfín de cosas que no tenían nada que ver con su trabajo. También que era un buen poeta, y poco más. Pero no hace mucho me encontré una preciosa edición de la editorial Debolsillo, perteneciente al grupo Mondadori, que prácticamente regalaba por un precio muy bajo los dos volúmenes de la obra completa de Mutis que concierne a su famoso personaje, el Gaviero.

En las novelas del Gaviero se podría decir que en realidad hay pocas aventuras, como en realidad ocurre en las grandes aventuras marinas. Si uno lee por ejemplo, los diarios de a bordo de Colón, llegará completamente exhausto y aburrido hasta el primer avistamiento de las costas de América, y eso que en ese largo viaje a lo desconocido, Colón sufrió varios accidentes, amotinamientos, escasez y otros peligros. El Gaviero es distinto. Es un hombre que navega por las aguas del río Xurandó hacia la selva en busca de unos misteriosos aserraderos y en compañía de unos navegantes marginales. El Gaviero se rodea de toda una alegoría. Investiga en lo que lee (como en las historias del asesinato del Duque de Orleáns), lo que escribe (su diario) y lo que pierde el sentido de su propio rumbo.

El Gaviero apareció primero en las poesías de Mutis. De hecho el título de la novela también lo fue en uno de sus poemas primeros. La saga del Gaviero la completan novelas espléndidas como Un Bel Morir (donde las vivencias en Europa y América del propio Mutis se muestran en boca del Gaviero) o Ilona llega con la Lluvia y otras. De ellas, les aconsejo empezar por La Nieve del Almirante, que por si acaso, no está inspirada en un viaje por mar sino por ríos de selva. Mutis es un hombre educado en sus primeros años en Bélgica, pues su padre era diplomático y luego vuelto a Colombia. Después ha pasado la mayor parte de su vida en Méjico

En España recibió el premio Cervantes.

Con el personaje de Mutis, el Gaviero, uno disfruta del sabor salado de las palabras, de esa belleza que sólo la Literatura da y que como toda obra de arte, consiste no quizá en el todo, en el conjunto, sino en momentos, pinceladas, gestos, expresión. Y aquí les regalo algunos con el permiso del autor. El Gaviero gustaba de las divagaciones y lo hacía muy bien.

“El Mayor fumaba con una morosa delectación, como si fuera el último cigarrillo de su vida. Al final del trayecto se detuvo, volvió a mirarme de frente y me dijo:
-Ya se las arreglará usted como pueda. No es asunto mío. Una cosa le quiero advertir: usted no es hombre para permanecer aquí mucho tiempo. Viene de otros países, otros climas, otras gentes. La selva no tiene nada misteriosos como suele creerse. Ése es su peligro más grande. Es, ni más ni menos, esto que usted ha visto. Esto que ve. Simple, rotunda, uniforme, maligna. Aquí la inteligencia se embota, el tiempo se confunde, las leyes se olvidan, la alegría se desconoce, la tristeza no cuaja.”

“Son mis viejos demonios, los fantasmas ya rancios que, con diversos ropajes, con distinto lenguaje, con nueva malicia escénica, suelen presentarse para recordarme las constantes que tejen mi destino: el vivir en un tiempo por completo extraño a mis intereses y a mis gustos, la familiaridad con el irse muriendo como oficio esencial de cada día, la condición que tiene para mí el universo de lo erótico siempre implícito en dicho oficio, un continuo desplazarme hacia el pasado, procurando el momento y el lugar adecuados en donde hubiera cobrado sentido mi vida y una muy peculiar costumbre de consultar constantemente la naturaleza, sus presencias, sus transformaciones, su trampas, sus ocultas voces a las que, sin embargo, confío plenamente la decisión de mis perplejidades, el veredicto sobre mis actos, tan gratuitos, en apariencia, pero siempre tan obedientes a esos llamados.”

“Hay que comer algo mi don, si no repara las fuerzas, después se la gana el hambre y sueña con los muertos”. Mientras comía las tajadas de plátano sentí que regresaban, una a una, mis viejas lealtades a la vida, al mundo depositario de asombros siempre renovados y a tres o cuatro seres cuya voz me alcanzaba por encima del tiempo y de mi incurable trashumancia.”

“Extraño diálogo con el Capitán. Lo enigmático fluye por debajo de las palabras. Por eso su trascripción resulta insuficiente. El tono de sus voz, sus gestos, su manera de perderse en los largos silencios contribuyen mucho para hacer de nuestra conversación uno de esos ejercicios en donde no son las palabras las encargadas de comunicar lo que queremos, más bien sirven, por el contrario, de obstáculo y como factor de distracción. Ocultan el auténtico motivo del diálogo. Desde la hamaca que está frente a la mía me sobresalta su voz…: - Bueno, ya se va acabar esto, Gaviero. Esta aventura no da para mucho más”.


franciscosancho@hotmail.com



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