Las mil y una “Rosita”...
Nora Habed Así como el cuento de nunca acabar de “Las mil y una noches”, la historia de “Rosita” se repite cada día en todas partes del mundo; con mayor frecuencia en algunos países, con menor clamor en otros, pero en fin, es una historia que no termina, porque es vieja como la humanidad, pues es siempre una relación de poder que prevalece a través de la fuerza, sea ésta física o sicológica, que es aún más sutil por no dejar evidencias palpables. Es siempre una relación de violencia que tiene diferentes eslabones y que tiene su cúlmine en el abuso sexual. Esta vejación no es sólo hacia las niñas, también los niños la sufren en cuanto seres indefensos y sujetos a esta relación perversa de dominio-sumisión.
Lo que cambia es la reacción familiar, social y estatal, y la aplicación de las leyes existentes ahí donde hay mayor conciencia del respeto a la dignidad humana, al valor de la justicia, y, sobre todo, al derecho de los niños y niñas a ser protegidos y tutelados. Ésta es tal vez la diferencia principal: vivir bajo una sociedad y legislación donde la infancia es tutelada o donde no lo es. Por consiguiente, cuáles medidas y recursos toma para ella, cuáles mecanismos de prevención y cuáles aplicaciones a las leyes existentes en casos de su incumplimiento o violación.
Creo que a partir de este enfoque, el caso específico de “Rosita” debería servir para hacer una reflexión más amplia sobre la problemática de la infancia en Nicaragua y sobre las repercusiones que tiene a largo plazo el afrontar o no este tema que representa, en términos reales, el futuro del país. No basta resolver sólo un caso, “Rosita” está en todo el país.
El riesgo de dar tanta publicidad a casos específicos es que una vez resueltos o no, pasan al olvido y se pierden de vista las causas que llevaron a que se perpetrara esta violencia. Creo que es importante intervenir a nivel más amplio, focalizar la atención en las políticas sociales y culturales que protegen o no a la infancia y que permiten, atenúan o derriban el predominio del más fuerte sobre el más débil, porque en el fondo también de eso se trata.
Intervenir a estos niveles macro es mucho más difícil, porque es hablar de cambios estructurales y culturales del mismo sistema que los creó y en la historia de Nicaragua, es secular. Es intervenir sobre el machismo, sobre la desigualdad, aun hoy día, hombre-mujer, sobre las relaciones familiares, los sentimientos de impotencia, de abandono y de violencia. Y como sucede en la mayor parte de los casos, la violencia aprendida genera violencia, porque es el único modelo que se conoce y que resulta familiar. Y no necesariamente la violencia es hacia lo externo, puede ser también interiorizada haciéndose, a sí mismo enorme daño.
Tomar medidas de prevención y tutela para la infancia es intervenir de manera directa en el sistema social y legislativo que gira en su entorno donde los recursos económicos destinados son importantes: ¿Qué fondos van para la educación y la cultura? ¿La salud y la alimentación? Y siguiendo la lista, ¿qué trabajo digno para los padres, para la vivienda, etc.? Es un tema delicado porque incide en políticas públicas que conciernen a todos los partidos políticos y que exigen reformas profundas en favor de la niñez. Por esto tal vez es más fácil y menos comprometedor seguir hablando sólo de “Rosita”.
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