Gregorio Aguilar Barea: el guardián de los dioses chontales
Clemente Guido M. * Chontales es una de las regiones etnoculturales de Nicaragua que atesora en el Museo “Gregorio Aguilar Barea”, de Juigalpa, la más rica e incógnita colección de estatuas de dioses y caciques prehispánicos; solamente igualada --sino en cantidad, en calidad-- por la colección Zapatera, del Convento San Francisco de Granada.
Una de estas estatuas chontaleñas fue escogida por los curadores del Museo Quai de Branly, para exponerla durante dos años (2000-2002) en una sala de arte indígena en el famoso Museo Louvre de París, para orgullo de los chontaleños y de los nicaragüenses en general. Es la conocida con el nombre de “La Chinita de Chontales”. Fue llevada durante mi administración como Director General de Cultura del Gobierno, y retornó a buen cuido durante la administración de Napoleón Chow.
Sin embargo, esa colección admirada mundialmente fue producto del esfuerzo y dedicación por rescatar el Patrimonio Arqueológico de Chontales, de un noble profesor y su clan de Intelectuales, y en su memoria se bautizó el Museo “Gregorio Aguilar Barea”. El licenciado Omar J. Lazo Barberena, biógrafo de Aguilar, relata que “los ídolos servían de pilares sosteniendo el tambo de la casa campesina; los ídolos eran mojones... Y a la vez que estudiaban la flora y la fauna, traían los ídolos a Juigalpa”.
El inagotable rescatador del Patrimonio Cultural Chontaleño usó inicialmente el patio de la talabartería de su padre, don Enrique Aguilar Tablada, para guardar las estatuas indígenas rescatadas en lugares como Peñas Blancas, Quiligua, Garrobo Grande, Villa Sandino, Talolinga, Acoyapa, San Pedro de Lóvago, La Libertad, El Salto, El Conejo, entre otros. Mientras, su madre, doña María Luisa Barea, les preparaba la merienda para las expediciones de rescate.
Desde 1959, el Clan Intelectual de Chontales inició las campañas en pro de la construcción del museo. Lo primero que comenzaron a recolectar fueron donativos de bolsas de cemento, luego la campaña se amplió y entre todos los chontaleños lograron construir el edificio del Museo de Chontales, el cual inauguraron en enero de 1967. Un sueño regional hecho realidad. Un ejemplo digno de imitar por todos los departamentos de Nicaragua. No esperaron que el Gobierno de turno les realizara su sueño, ¡ellos lo hicieron realidad!
Gregorio nació el 11 de septiembre de 1933. La vida del héroe cultural fue truncada repentinamente el domingo 16 de agosto de 1970, a menos de un mes de cumplir 37 años. La causa fue un accidente de tránsito, cuando regresaba a Juigalpa (proveniente de Managua), con dos cabezas de estatuas chontaleñas rescatadas para el museo.
A 37 años de la muerte de Goyo, la Colección de Juigalpa sigue conservada por don Gustavo Villanueva y su propio clan. Sin embargo, los secretos prehispánicos que tienen en sus iconografías, en sus ocultas identidades étnicas; los secretos que están guardados en los lugares de donde fueron rescatadas siguen siendo secretos.
Es definitivo que los creadores de estas estatuas no son nuestros chorotegas, ni nuestros nahuas, son otros... a los que estos llamaban chontales (por extranjeros, por extraños). Y ciertamente siguen siendo “extraños”, porque todavía sus culturas no han sido desentrañadas. Las evidencias que conforman la Colección del Museo “Gregorio Aguilar Barea” son, sin lugar a dudas, el mejor punto de partida para realizar los estudios que se necesitan.
Y en este breve homenaje a Gregorio Aguilar Barea, me permito citar a Omar Lazo:
“Ha muerto Gregorio Aguilar.
¡Ojalá que nunca más
vuelva a morir!”
Y para finalizar, cito al maestro Guillermo Rothschuch Tablada: “Esta alma de Gregorio Aguilar Barea, esta voluntad de acero asida al trabajo hasta el último instante, ¿quién la repone?, ¿quién la repondrá?” ¿Quién la ha repuesto?, pregunto. Que responda la juventud chontaleña.
* Basado en Omar J. Lazo,
“Encuentro en la terminal”.
Comentarios de nuestros lectores Guillermo Chavez
En estos tiempos tormentosos en que vivimos, cae bien al intelecto, recordar a buenos hombres , que dejan una marca eterna del bien que se puede hacer.
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