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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 01 de Septiembre de 2007
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Nuevo Amanecer
sep 1, 2007

Homo Gloriosus


1188606658_Igor Corrales (Astillero) Oleo sobre tela.jpg
“Astillero”, óleo sobre tela. Igor Corrales.

Mira hacia atrás, la vergonzosa herencia,
el legado brutal de siglo y siglo,
la sanguinaria estirpe de milenios,
el putrefacto pedestal en que te yergues,
hecho de caníbal carroña, de osamenta fraterna,
de matanza, de atrocidad, de incesto.

Mírate en tu ancestro feroz, escucha su gruñido
y con la imaginación, si no con el recuerdo,
síguelo hasta el violento cubículo,
hasta la fétida caverna
donde el crimen fue un hábito, igual que el miedo.

Hace ya ahora muchísimos crepúsculos
apareció en la sabana el torvo abuelo,
pequeño, renegrido, desconfiado,
el más lento, el más medroso y débil
en un mundo seguramente destinado a las fieras.

¡Quién hubiera apostado por él, tan presto al pánico!
El hambre lo expulsó del fondo de la cueva
y se lanzó a la hostil pradera armado de un garrote
y un mínimo cerebro.

No temió a la rama que incendió el relámpago
y desde entonces fue la única bestia
provista de una hoguera.

Pero también, antes que cualquier animal, descubrió el odio
y, puesto a inventar, creó la mentira,
la egoísta posesión de bienes,
el asesinato sin hambre y la ceguera de la ira.

Urgía crear algo mejor que la rústica maza

a falta de colmillos y de garras, para infundir temor
a los que tanto temía.

Pronto aprendieron a evitarlo los leones y las hienas

y, nacido sin protección, se cubrió con sus pieles.

Tal vez, ciego de crueldad y de importancia,

dio muerte al primer niño que dibujó un animal con trazo torpe
en la superficie de una piedra.

Luego gruñó repetidamente y creó el lenguaje,
útil para la estrategia de caza
y muy útil para la guerra.

¡La guerra sistemática, la creación suprema!
Sólo diré, ahorrando dolorosos recuentos,
que ningún animal, ninguno, pudo conseguir tanto
y pasar de la maza que despedaza huesos
al arma fulgurante que disgrega los átomos.

Esto, claro, después de Cambises y Alejandro,
después de la catapulta y de la espada.

Ahora, qué orgullo, los que nos perseguían nos evitan,
gracias al previsor abuelo tan fecundo en ideas,
cuyo ingenio me permite poner su historia en símbolos
y avergonzarme en cabizbajos versos.

Aunque sospecho que este es un himno indeciso
hecho de admiración y de repudio.

También sospecho, para mi angustia,
que el ancestro incendiario fabricante de ruinas,
el que pudo convertir los gruñidos en canciones,
nos legó sus instintos.

Salud, pues, bestia única. Sabiendo de dónde vienes
puedo ver claramente adónde te encaminas.



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