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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Lunes 03 de Diciembre de 2007 - Edición 9809
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Darío en la distancia


El inglés Ian Gibson, hispanista por vocación, convertido en ciudadano español a partir de 1984, impresionado por las cátedras de Donald Shaw en el Trinity College de Dublín, se impuso el placer de escribir unas memorias póstumas sobre nuestro poeta mayor Rubén Darío. Un homenaje en el que descubre el itinerario de un hombre nacido para la poesía, el amor y las mujeres. El niño genio venido al mundo, en un pueblito miserable, mientras su madre Rosa Sarmiento, huía en busca de un destino mejor, después de mal casarse con su padre, ¿su padre? Manuel García, un juerguista incorregible, de quien sin duda alguna él heredaría mucho de lo que sería su comportamiento. Gibson convierte a Rubén en el narrador de su propia vida, para convencernos de la forma en que actuaba y la manera en que Darío creía en el destino. Un hombre que osciló entre el amor a la carne y el temor a la muerte. Lleno de augurios y presagios, un fervoroso creyente enajenado.

El hispanista toma la Autobiografía de Darío, como un texto más; su misión es cubrir todo el espacio por el que transitó Rubén. Desde sus primeros años, los que marcan la vida del niño prodigio para siempre. Uno lo alcanza a ver leyendo como un endemoniado Las mil y una noches, no importando que se tratara de una versión brutalmente expurgada. Con ese texto descubrió el asombro del cuerpo femenino. Se empapó del misterio de Oriente y saturó su mente de nobles caballeros y reyes esplendorosos, palacios recubiertos de oro, princesas a quienes ya tendría tiempo de cantar. El futuro hechicero tiembla de pavor ante las pócimas. Goza viendo desplazarse a las alfombras voladoras. Lo divierten los magos y enmudece frente a los bebedizos, todo un mundo que encontrará cabida en su universo creativo. Gibson apunta que sin aquel libro embrujado, Rubén no habría sido el poeta que fue. En Francia tendría ocasión de leer años después la traducción de J. C. Marcus, fiel al texto original. Una traducción preciosa, aunque algunos sostengan, que traducir es traicionar. Marcus no teme a los infieles. Ofrece una versión en la que muestra “la desnudez de la expresión arábiga, tan ofensiva para los pudorosos oídos del hipócrita Occidente”.

En todo proceso de formación hay libros capitales. Cada gran escritor tiene los propios. Pocos de los grandes han escapado a la influencia de Las mil y una noches. Cuando han tenido que desandar su camino, señalan que recibieron sus aguas bautismales, leyendo este texto encantado. Las mil y una noches y los autores griegos y latinos, de cuya lectura dejará constancia Darío en sus poemas más logrados, lo embelesan y hacen brotar esa corriente electrizante de reinas, princesas, odaliscas, ninfas y púberes canefas. Rubén encontró a su rosa más preciada, deshojada, desvirginada. Gibson retrata la belleza de la perseguidora, Rosario Murillo, la mujer que no dio paz y sosiego a Darío. Sufrió su acoso permanente, casado a las malas, blandiendo su hermano una pistola en su costado, desgarrando para siempre el corazón atormentado de un alma atormentada. Fue el primer gran tropezón de los muchos reveses que Rubén confrontó en su vida.

Algunos se preguntaran de dónde viene ese afán incorregible del Fauno por el amor carnal y abrasivo, sin asomo de compromisos sentimentales y afectivos. El nudo dramático de su dramática vida, como la define su mejor biógrafo, don Edelberto Torres Espinosa, tiene en este traspiés su más firme asidero. Después de la Rosario, jamás pudo amar con igual intensidad. Sus otros amores, casamientos, queridazgos y amancebamientos, jamás alcanzaron la entrega sincera, tierna y cándida. Ni siquiera a Francisca Sánchez alcanzó a querer con igual idolatría. Rosario, la Maligna, como la llama Sergio Ramírez en Margarita, está linda la mar, fue la espinita que se clavó para siempre en su corazón de amante empedernido. Rubén, equivocado, creyó como muchos, que el honor de una mujer está en su himen. ¿Será por eso que en versos arrebatados canta, impreca, implora al himen, oh himen? La carne que tienta con sus frescos racimos, provoca su paladar. Sibarita del amor, no conocerá otra manera de amar que invocar a Eros, mientras el Sátiro, con un desenfreno calculado, besará las bocas de rojo carmesí, se entregará al goce frugal de los cuerpos que chocan y caen al abismo. En cada amorío agonizaba, en cada trance renacía a la vida.

Se lanzó a la mar en busca de fortuna y alcanzó la fama. Azul... será el libro fundacional de una nueva poesía, que había comenzado a intuir bajo la generosa ensoñación de Francisco Gavidia, el poeta salvadoreño que le describió el París mundano, sus noches de bohemia y a sus poetas malditos. Desde entonces nació su admiración por Verlaine, quien enseñó a Darío sin que éste alcanzara asimilar que la gloria era una merde. El heraldo miraba hacia delante y quería una vida distinta. Maldijo la época en que le correspondió vivir. Vanidoso, siempre sucumbió al halago. Sintió un enorme placer, cuando la garza morena alabó sus manos de príncipe, en sus noches de ensueños, arrullos y embelesos. Nunca fue cierto que no había princesas que cantar. Él inventó las suyas. Poeta monárquico, las acogió en su canto y les abrió espacio en su poesía.

Darío vivió para el canto y el amor, corrijo, cantó al amor, se lanzó en sus brazos, hasta que el ajenjo truncó su potencia de macho cabrío. París era una fiesta. La cara Lutecia a quien admiró y quiso como a nadie, excepto a su Nicaragua natal, resintió su espíritu, no lo acogió como él lo pretendía. Rubén disfrutó sus mujeres. Las estrujó en sus brazos. Sus bocas fueron estuche de su dulce pasión. Exclamó en versos inmortales, mis queridas son de París, mi esposa una campesina. Como todo buen amante, Francisca Sánchez, la analfabeta, supo de su compañía, jamás de su entrega total. Una lectura desprejuiciada de Darío, digo, de su vida, termina convenciéndonos que no tuvo otro amor que la poesía. Su querida, su esposa, su amante, no fue otra que la poesía. ¿Egocéntrico? Siempre se creyó la luz del día.

Falto de dinero se entregó en brazos del mecenazgo. Nada excepcional que un poeta buscará la protección de los poderosos. No es el único caso en la poesía. Esa extraña atracción que ejerció el poder sobre su vida, lo hizo entrar en numerosas contradicciones. ¿Eso qué importa? Para muchos esto no tiene ninguna significación. ¡Claro que la tiene! Maldijo al águila fiera. En su Oda a Rooselvelt, presagió un porvenir incierto para la América morena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. Su voz potente, su verbo encendido, se vio apagado al hacer el panegírico de los rudos mastines, a quienes situó como el modelo a imitar. El poeta que criticó al futurista Marinetti, sucumbió ante el despliegue majestuoso de la
América rubia. Por eso hay quienes oponen a la Oda a Roosevelt la Salutación al Águila. ¿Cuál
prefiere?
Uno de los mejores elogios dispensados a Darío se debe a Sergio Ramírez. El masatepino, el otro, distinto al de los años ochenta, en su admiración por Rubén, en Margarita, está linda la mar, ofrece en nombre nuestro, la bienvenida al panida, el 27 de octubre de 1907, para que el héroe pase bajo los arcos triunfales, después de dieciocho años de ausencia del solar patrio. Nadie, excepto Pablo Neruda y Federico García Lorca en su Poema al alimón, le había dispensado un mayor reconocimiento al poeta que regresa coronado de laureles. Al comparar la llegada de Rubén al puerto de Corinto, descrita, discreta, de Ian Gibson, me quedo con la de Sergio. No es la primera vez que prefiero la revoltura de los datos históricos, su falseamiento, que a la verdad verdadera. ¡El goce creativo! ¡Los prodigios del lenguaje! Algo similar me ocurrió con el Bolívar de El general en su laberinto, de García Márquez. Me inclino por este Bolívar, esmirriado de gloria, que el Bolívar de los textos oficiales. El homenaje que Sergio se encarga de ofrendar al Príncipe de las Letras Castellanas, así en mayúsculas floridas, como pedía a gritos el poeta Carlos Martínez Rivas, es el mayor tributo que un discípulo puede rendir a su maestro.

Ian Gibson tuvo el acierto de escribir Yo, Rubén Darío, Memorias póstumas para un Rey de la Poesía (Aguilar, 2002), cometiendo un ligero desliz. Cree que la influencia de Darío ha tocado plan. Julio Valle Castillo, en El siglo de la poesía en Nicaragua, Modernismo y Vanguardia, Tomo I (Colección Cultural de Centro América, Managua; Fundación Uno, 2005), demuestra todo lo contrario. Señala que su influencia persiste. Darío como autor de una poesía vigorosa, vibrante, atraviesa el tiempo e invade todos los espacios. El príncipe fiero anda suelto, para que sus vástagos, ya se proclamen hijos legítimos o se comporten como hijos espurios, continúen enriqueciendo el idioma español. Como reconocen Neruda y García Lorca, se pasaron cincuenta años denostando contra Rubén, como también aquí sus pares vanguardistas, para darse cuenta después, que en su lengua hablamos. ¿Cómo hablar entonces de su muerte?




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