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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 08 de Diciembre de 2007
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Nuevo Amanecer
dic 8, 2007

Mariana Sansón Argüello

Una corona de luces para

Mariana Sansón Argüello fue una de las primeras mujeres auténticamente “poetas” de Nicaragua. Produjo una obra abundante, muy personal, subconsciente y metafísica, que puede ubicarse con legitimidad dentro de las vertientes del postsurrealismo hispanoamericano, como lo demuestran sus libros “Poemas” y “Las horas y sus voces”.


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Mariana Sansón Argüello.

Pocas veces se descubre el placer de leer aquello que intuíamos en sueños o presentimientos creyéndolo inexpresable, hasta encontrarlo por ejemplo en la poesía. Así ocurre con el libro “Las horas y sus voces”, que reúne parte de la vasta obra de Mariana Sansón Argüello, maga extraordinaria de la palabra, que en vez de sacar pañuelos interminables de la manga nos recuerda que la mejor forma de entender la realidad es a través de lo maravilloso.

Sin embargo, no me gustaría encajarla en aquello que llamamos surrealismo, siendo más bien como es una mística de primera, que acepta la realidad como un todo cósmico inexpresable, un uno indivisible que deja asomar en lo cotidiano tan sólo una pequeña arista de la gran carcajada universal.

Ella es burlona y seria a la vez, como de seguro son los dioses que nos inventan. Dice que “en la tierra los hombres trabajan para el cielo y que allí siguen haciéndolo para la tierra”. Dice que “hay una voz que no tiene sentencia, que no ha sido tocada en el sonido; y que se puede oír cuando el agua se va y la deja sola…”

Pero más importante que lo que nos dice es lo sugerido en su obra, aquello que sin expresarse nos convence de su existencia. Ella no escribe para inspirar lectura, sino comprensión, y así nos permite entrar en su mundo particular donde no existen fronteras entre lo visible y lo invisible, y donde siempre pareciera flotar su pregunta “¿de qué sirven las palabras cuando el eco no las repite?”

Ciertamente, como afirma Julio Valle, ella no escribe, transcribe, o mejor dicho traduce a su manera lo que algún ente cósmico le susurra al oído, traslapando esa especie de código morse estelar a sus versos, escritos por alguien que debe habérselas ingeniado difícilmente para apartarse a ratos de las cacerolas, de los gritos de los niños y las demandas de la familia, e ir a entendérselas con los mensajes del cielo.

Dicho en otras palabras, me encanta la Mariana Sansón, a quien tuve el placer de conocer en vida y la nostalgia de descubrir ya muerta, pues me hubiese gustado a estas alturas preguntarle frente a frente quién creía que le dictaba desde el infinito cosas como “no me den pluma ni papel, ¿Para qué? Si he escrito en las tejas de las casas habitadas. Si he corrido cortinas; y he visto a los hombres pensando que no pueden salir de sus cuerpos”.

Es muy raro encontrar poesía mística tan inmediata y real. Puede ser aventurado comparar, pero a veces su obra me recuerda a Rumi, el gran poeta del sufismo, puesto que lejos de la divagación sabe muy bien lo que está diciendo, como una artesana que cumple el mandato de acercar lo trascendente a través del sencillo tejido de sus versos.

Creo que a Mariana Sansón deberíamos darle un lugar mayor en la poesía nicaragüense. Por ejemplo, en el próximo encuentro en Granada donde podría colocársele una merecida corona de luces a esta poetisa extraordinaria. Se imaginan lo bien que haría a los niños de nuestro país recitar en la escuela: “El secreto del universo está en los muertos. Por eso no regresan, serían indiscretos”.



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