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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 12 de Enero de 2008
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Nuevo Amanecer
ene 12, 2008

Javier Antino: Cuentos detrás de una ventana o la educación sentimental de un cochón nicaragüense


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La lectura de un libro --el niño lo experimenta desde su primer encuentro con el objeto texto-- comienza cuando la mirada interroga la ilustración de la cubierta. La representación y los colores en ella empleados despiertan la curiosidad o dejan indiferentes a quien se detiene a observar y escrutar la imagen en el diseño. Junto a lo anterior otros dos factores operan a favor o en contra de nuestra entrega a un libro: El nombre del autor, que nos persuade --o disuade-- a ojear sus páginas; pero en el título es donde recae gran parte del poder de seducción que nos arrastra a esa aventura que todo libro implica.

La escuela nos enseñó a encerrar el título de un texto dentro de dos signos imaginarios de interrogación con el fin de aventurar una respuesta a la incógnita que tenemos delante de los ojos. De la interpelación en la tapa a la búsqueda de alguna noticia en la contratapa sigue una breve búsqueda en el índice y una reflexión fugaz sobre el valor contenido en el objeto que sopesamos en la mano. En esa instancia arranca el tiempo y acto de entrega a la lectura. Tratamos de adelantar respuestas. Nos urge conocer nuestras coincidencias con el autor, reconocer nuestras divergencias, entrar en un diálogo de posibilidades infinitas. Finalmente apostamos a encontrar el deleite solitario que una buena lectura depara a quien lee por el regocijo de una escritura que gobierna y articula las palabras con inteligencia no exenta de arte.

Tal ha sido mi experiencia con el libro Cuentos detrás de una ventana, de Javier Antino. Managua: Fundación Arca, Países Bajos, 2007.

La portada representa la fachada de una casa colonial de León, en Nicaragua, con una acera intervenida por la industria modernaa del ladrillo de cemento, en cuyo piso se ha escrito a mano el nombre del autor. Pero lo que destaca en ella son los barrotes de la ventana que se interponen entre la luminosidad del exterior y la profunda oscuridad del interior.

Uno se pregunta por la voz que clama allí adentro, en ese espacio donde habita la represión de un pensamiento y prácticas de origen colonial; y arriesga una respuesta provisional: adentro lo que hay es el deseo contenido, suprimido por valores morales y religiosos cuyo fin es la abolición del individuo que se sale de la norma, que es sujeto de una anomalía que no eligió, sino que tiene el mismo origen que el color de sus ojos o el tamaño de sus miembros; pero que la Iglesia Universal, y la Ley del Padre abominan como contra natura. Tal anomalía devendrá con el correr de los años una marca, un estigma que segregará al sujeto del resto de la comunidad, cuyo archivista tendrá razones de sanidad para enviarlo al apartheid o al campo de concentración. Adentro, en esa zona de tiniebla, hay una subjetividad en conflicto con su naturaleza, a causa de las reglas sociales que se espantan del deseo emergente. El yo en agónica batalla, y el superego haciendo sonar en la selva el silbato de la urbanidad.

Imposible no asociar la imagen de esta portada con las rejas de la ventana en la Casa de Bernarda Alba conque Federico García Lorca representa los deseos suprimidos de Angustias por Pepe el Romano. Ella adentro, bajo las leyes severas de la madre, que son las de la tradición castrante de las mujeres. Él afuera, en el espacio público que esas mismas leyes reservan al hombre heterosexual. Pero esa imagen en la cubierta de Cuentos detrás de una ventana se completa con el nombre de Javier Antino en el suelo, sin el amparo de la familia, expuesto al pisoteo del público, a la fisga de los vecinos, al trompón de los muchachos, al válgame Dios de la madre de los amiguitos, al soborno, al chantaje temprano del adolescente que conoce la falla trágica del héroe que se alzará al final con la victoria de su autoafirmación.

Entonces sobreviene la urgencia de saber cómo explica su situación el autor, cómo se enfrenta al fantasma homosexual que aterroriza a la colonia, a la escuela, a la mancha de amigos, al beaterío, y que un día habrá de vérselas con el padre, con la autoridad, con la justicia. Con “los grandes aparatos” para no olvidar al viejo Althuser. Pero también curiosidad por conocer los medios que emplea en los “cuentos”. El trabajo del artesano en la confección de su artefacto. La escritura como continente del testimonio de un cuerpo marcado por la violencia y la autoflagelación. Cuerpo que ha sido territorio de cicatrices y prisión para una subjetividad en rebelión, para un rostro y una identidad sexual que recurre a las máscaras que deben encubrir su anomalía.

Hemos entrado al juego del autor que impone sus tretas o adelanta pistas y a cuyo juicio habrá de quedar expuesto el lector. Él, que tantas veces ha sido juzgado. Así despliega otros saberes antes de dejar que nos abandonemos a su lectura. Una fotografía como ilustración interior. En el rostro, la máscara del diablo mismo, en el sexo la de un macho. Ambas originarias de la mascarada nicaragüense: el torovenado.

Luego, la escritura de un hombre formado en la escuela de cine de San Antonio de los Baños que presenta su material en diferentes y contrapuestas tomas, que organiza sus fotogramas en una secuencia arbitraria, sincopada pero lineal, de la infancia al presente. Una sintaxis fluida, a la que a veces asalta una ortografía rota por la que se desborda el grito, la ley transgredida, el deseo como cifra de su ser. Una poética homosexual que expone la miseria del entorno que la rodea en un lenguaje llano, pero transido de dolor, sin misericordia ni autocompasión.

Harold Bloomb advierte que la ideología en sus versiones más superficiales es peculiarmente destructora de la capacidad de aprehender y apreciar la ironía en un texto literario. Soy consciente que, por lo que llevo dicho, el libro de Javier Antino puede parecer al archivista un expediente más digno de la inútil Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea Nacional, que una muestra de la literatura del siglo XXI en Nicaragua. Cierto, los diecisiete textos que conforman Cuentos detrás de una ventana testimonian violencia, discriminación, desesperanza, hundimiento, alcoholismo paterno, proximidad con el parricidio, impotencia de amor y homofobia social. Todo ello expresado con asombrosa auto-ironía y lugar para la risa encapsulada en metáforas que a las veces trasmutan los relatos en verdaderos poemas en prosa. Javier Antino lleva al lector por un mundo que trasciende los sórdidos límites de la Colonia Centroamérica, a Managua y sus lugares: el Parque Central y sus “locas” fantasiosas discurriendo desde antaño en torno a la pila de las tortugas; la Biblioteca Nacional en el mercado Roberto Huembes, como reducto de la homofobia y el chismorreo; los años ochenta, de la verdadera y única revolución sandinista; el hospital militar donde yace el protagonista después de uno de los múltiples intentos de suicidio, el enamoramiento de un médico cubano casado que se lo lleva a vivir con su esposa en La Habana, donde cohabitan sexualmente. La condición del homosexual activo latinoamericano que encubre su identidad haciendo vida marital con una esposa mientras clandestinamente mantiene una relación con un amante de su mismo sexo. Los desafíos y trasgresiones al férreo control militar de la escuela cubana adonde asiste como estudiante. El pánico homosexual que, en la misma intensidad que el enemigo imperialista, acecha a la burocracia y por extensión a las bases del Partido y del Estado. Los años de formación como cineasta, la aventura por Europa.

Los golpes y las caídas y la vuelta a levantarse, la afirmación de su sexualidad, podrían definir este libro como el de “la educación sentimental” de un cochón nicaragüense que, como en Flaubert―guardando la inconmensurable distancia― lleva cuidado por la escritura, precisión en las formas, arrebatos de lirismo, poesía que se sustrae a la roca dura de la pedrea con que se dirime la contienda por los espacios vedados al homosexual.

A Harold Bloom se le pueden discutir muchas de sus tesis pero atina cuando afirma que no existe una ética para la lectura, o que no es posible mejorar la comunidad recomendando a los vecinos qué o cómo leer, porque el placer o el conocimiento que de ella derivan nos alimentan individualmente a cada uno, incluso para nutrir, anatema sit, nuestro solitario ego. El asunto para Bloom es simplemente que haya regocijo en la lectura; por eso sugiere leer Muerte en Venecia sin prejuicios de sexualidad que oscurezcan la belleza implícita en esa novela. Para mí tengo que los Cuentos detrás de una ventana, además de ser testimonio de una época brutalmente civilizada, son una alegoría del mito de Sísifo construida a fuerza de metáforas, que por volcánicas no carecen de los contrastes que afloran en las planicies desérticas de estos trópicos. Siguiendo a Bloom con sentido crítico y para concluir, yo diría que Javier Antino resiste las dos lecturas: la ideológica y la del placer por el placer de leer.


2 de enero de 2008
University of Missouri-Columbia

a.- El concepto de modernidad empleado aquí, lo sabe Fuenteovejuna, no corresponde al de actualidad.

b.- Harold Bloom. How to Read and Why. New York and London: Scribner, 2000



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