Para el valiente Trinidad Fue una noche de tortura
Edgard Tijerino | etijerino@elnuevodiario.com.ni Nueva York
De pronto, dos fantasmas cobraron vida y agitaron el ring del Garden. No, no eran los mismos que en un tiempo ya desvanecido fueron, pero se esforzaron por ofrecer una pelea activa y lo lograron quitándose de encima, por un rato, las telarañas que se agrandan durante retiros y pérdida de facultades.
Después de ver caer dos veces a Tito Trinidad consecuencia del estallido de granadas en su cabeza durante los asaltos 7 y 10, me pregunté: ¿cuándo fue que desapareció Roy Jones? Ciertos destellos de aquella destreza y poder que lo llevaron a la cima del boxeo mientras tejía la leyenda del indomable, fueron suficientes para que Jones estableciera dominio dosificando la presión, decidiendo cuándo acelerar las acciones yendo a fondo.
En algunos pasajes interesantes del combate, la memoria nos devolvió imágenes de aquel peleador creativo y destructivo que llegó a dar la impresión de no tener rivales, hasta que Antonio Tarver y Glenn Johnson le demostraron que el mundo es redondo y la ley de la gravedad existe, sometiéndolo al mandato de sus puños.
Con el respaldo de una buena condición física, Tito estuvo ágil y agresivo en los primeros tres asaltos fabricándole dificultades a Jones, pero carecía del necesario poder para imponer respeto.
Comenzó a girar utilizando golpes largos que le permitieran captar a tiempo las arremetidas del rival, pero Jones destrozó ese propósito arrimándose con autoridad para ensayar descargas apoyándose en su mayor fortaleza para recibir.
Las combinaciones de Jones, todavía rápidas y precisas, agrietaron la defensa de Trinidad y lo empujaron constantemente a las cuerdas. Tito comprobó que su golpeo no era dañino, lo que aprovechó Jones para hacerle muecas, burlas y desplantes, ofreciendo su abdomen a los disparos del boricua.
La derecha a la cabeza que derribó a Trinidad en el séptimo, y la combinación de golpes de trazado preciso en el décimo, iniciada con una larga izquierda al rostro y completada con el arponazo de derecha que iluminó el Garden como si fuera la Catedral de Milán, proporcionaron a Jones una amplia y tranquilizante ventaja en las tarjetas, extendida a ocho puntos en la decisión que nos parece más apropiada y seis en las otras dos.
En cada caída, Tito se levantó con la serenidad intrépida del hombre que nunca ha tenido miedo ante cualquier riesgo, pero su valentía sólo prolongaba su sufrimiento con la superioridad de Jones coinvirtiendo la pelea en una cámara de torturas.
El triunfo le sirve a Jones para permanecer con vida en medio de la escasez que atormenta el boxeo. Trinidad sorprendió diciendo que no ha decidido si se rertirará. Quizás esté pensando que una revancha con De la Hoya podría interesar.
Cuando todo terminó, Tito seguramente se sintió en un pueblo sin ruidos, sentado sobre sus ilusiones destrozadas, escuchando un conteo de protección.
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