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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Lunes 21 de Enero de 2008 - Edición 10714
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Todo el mundo sabe cómo operan Los Zetas, pero nadie se atreve a enfrentarlos

Amos y señores de la ruta del migrante

En los pueblos dominados por el cártel se vive entre dos fantasmas, y se juzga a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La mejor muestra: un párroco alza la voz y le advierten que no siga o le irá mal, un periodista que sabe de cada acto, pero sus escritos son enterrados por la lápida del miedo. “A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia”, advierten, y la verdad calla


Amos y señores de  la ruta del migrante - Foto
Cartel de un migrante desaparecido en el albergue de Ixtepec. Toni Arnau / RUIDO Photo / end

Todo el mundo sabe cómo operan Los Zetas, pero nadie se atreve a enfrentarlos

Sin luz al final del túnel


III Y ÚLTIMA ENTREGA

El Faro.net
Los Zetas tienen comprado a medio mundo y no sólo autoridades, afirma el agente secreto. -Fíjate en las muchachas que en cada una de las dos entradas del pueblo están todo el día y la noche vendiendo refrescos. ¿Crees que a eso se dedican?, pregunta el hombre que nos ha ayudado a comprender cómo operan los miembros del cártel.

Hace una pausa, vuelve a sonreír misterioso sosteniendo la mirada y se contesta a sí mismo: -Nooo. Ellas se encargan de vigilar si entran convoyes militares, si entra algún vehículo sospechoso, si entran al pueblo más carros de los que normalmente vienen. Claro, tú sólo ves a unas muchachas jovencitas vendiendo refrescos.

Diversos negocios y llueve dinero

Contratan a muchachas de pueblo, a centroamericanos migrantes, a autoridades y comerciantes. Un pueblo se domina teniendo de tu parte a medio pueblo y poniendo a temblar a la otra mitad. A los que se oponen, como Fray Jesús, un párroco joven y aguerrido de la iglesia de Tenosique, que ha denunciado en sus prédicas y ante algún medio de comunicación el dominio de Los Zetas, los amenazan. Este fraile ha recibido tres avisos: dos amenazas por escrito, una puesta en el parabrisas de su carro y otra lanzada por debajo del portón de la parroquia, y una amenaza más enviada por terceros: “Dígale a ese padrecito que si se sigue metiendo en lo que no le importa le va a ir mal”.

Por eso, en estos pueblos vives entre dos fantasmas, y juzgas a todas las personas de ese modo: los que temen y los que amenazan. La señora de la farmacia que, al ver pasar a un desconocido, baja la cabeza, teme. Los hombres del automóvil amarillo que han pasado tres veces frente a nosotros en menos de cinco minutos, amenazan.

-Es que hablamos de gente con dinero. Los Zetas le están cobrando entre 50 mil y 200 mil pesos mensuales a cada banda de zetitas que tienen en esta zona, y aún así a las bandas les queda dinero para ellos y para sobornar autoridades. Y ten en cuenta que este es su negocio para el sencillito. Ellos sacan dinero del tráfico de drogas, balas y granadas. Los migrantes son su tercer negocio -continúa el agente.

Piensa un rato mientras en la mesa hay un silencio. Matiza:

-Sí, es su tercer negocio, pero ellos no tienen negocios pequeños, sólo negocios de mucho dinero y que implican poner a funcionar toda su maquinaria de corrupción. Somos reservados al calcular que el 40% de todas las corporaciones policíacas que actúan en el Estado están controladas por Los Zetas.

El policía y el periodista

Las dos reuniones empezaron con los protocolos del miedo a los que obliga la región.

Al periodista llegamos fácilmente, a través de colegas suyos. Le llamamos una tarde y convenimos que ya que él sabía por nuestro contacto de lo que queríamos hablar, lo mejor era que lo hiciéramos en persona. Nos movimos de Villahermosa, la capital del Estado, hacia uno de los pueblitos de la zona de los ríos. Bajamos del autobús y nos sentamos en el pequeño restaurante que nos había indicado.

A la media hora entró un acalorado hombre, sacudiéndose el sudor y con un montón de papeles bajo el brazo. Era él, el periodista de la zona que lleva más de 10 años cubriendo los avatares de esta región de balazos, narcos, autoridades corruptas y militares.

Hablamos un poco en el restaurante, pero era obvio que lo mejor era movernos de ahí, irnos a otro sitio, donde no tuviéramos que susurrar cada vez que decíamos Zetas. Nos trasladamos a un pequeño local repleto de cacharros electrónicos por todos lados. Ahí, el nervioso hombre no paró de hablar. Encendió su computadora y empezó a mostrar algunas de sus fotos.

Ranchos de secuestros, zetas presentados por la autoridad, policías corruptos atrapados mientras culminaban algún negocio para la banda y cadáveres, varios cadáveres.

Lápida a la verdad

Pero nosotros queríamos que el periodista nos hablara de por qué nadie cuenta lo que todos saben, lo que se puede averiguar en un par de semanas. ¿Por qué nadie habla de las autoridades corruptas de los pueblos si todos saben quiénes son? ¿Por qué solo lo hacen cuando la policía detiene a alguno de ellos y lo presenta ante los medios? ¿Por qué nadie cuenta sus dinámicas, su red, su forma de operar, sino solo hechos puntuales, con poco contexto, con poca raíz?
Su respuesta llegó en dos argumentos, a cual más contundente:-Porque yo vivo aquí, y aquí vive mi familia. Y, como tú dices, si ellos tienen a medio pueblo comprado, también saben dónde vives, cómo te llamas, cuántos años tienen tus hijos y dónde estudian. Y además, porque si como yo, eliges arriesgarte y publicas algo, te pasa lo que a mí me pasó. Llega una camioneta negra a tu casa con dos hombres armados. Tocan la puerta, preguntan por ti y te dicen: A ver, venimos a ver cómo la vas a querer: ¿Por las buenas? Pues deja de escribir pendejadas. ¿Por las malas? Te matamos a ti y a toda tu familia.

Y asunto zanjado. Una lápida sobre las letras de los periodistas, no necesariamente sobre sus medios, que tienen sus oficinas en la capital o en una ciudad grande. Un mutis a los que viven en estos pueblos, a los que intentan contar las grandes historias de sus pequeñas localidades, que viajan sin guardaespaldas, que ganan sueldos de miseria y que escriben desde sus casas, donde viven sus hijos.

Cuando lanzan su consigna, cuando dicen “nosotros somos Los Zetas”, o te doblas o te doblan. Lo sabe el periodista, y lo saben los migrantes secuestrados, y lo supo también Mario Rodríguez Alonso, el director de tránsito de Emiliano Zapata, un pueblo cercano, que hizo caso omiso a la consigna y arrestó a un conductor ebrio que gritó que era zeta, que no se metiera con él. Un día después, en julio del año pasado, por la mañana, a la luz del día, un comando armado lo sacó de la estación policíaca y lo devolvió al siguiente día, ya muerto, con rastros de tortura, una bolsa negra cubriendo su rostro, sus manos esposadas por la espalda y varios impactos de bala en el cuerpo.

Policía se desentiende para seguir con vida

Cuando días después buscamos a un policía municipal para preguntarle cómo se siente que te pasen encima los que deberían de temerte, el procedimiento fue más complejo. Lo contactamos a través de un pariente suyo que conocimos gracias a una fuente gubernamental. El policía, en su día libre, vigilaba el comedor desde una esquina. Cuando llegamos, se acercó y nos invitó a caminar por el callejón hasta llegar a la sombra de un árbol en la ribera del río. La conversación inició ya sin temores:
-Dicen que a veces los llaman a la comandancia y les ponen narcocorridos a todo volumen -le comenté.

-Sí, a veces hacen eso los cabrones, y a varios comandantes de la municipal les llaman a su casa de repente, sin que hayan hecho nada, para amenazarlos, que si se meten con ellos ya saben dónde viven y que les van a matar a la familia -respondió.

-Y usted, ¿qué hace para seguir vivo? -pregunté al municipal.

-Me desentiendo, me dedico a otras cosas, a rateros y borrachos. Ya me ha tocado que andando en los ejidos se nos atraviesen dos camionetas. Se bajan y se identifican: “Somos Los Zetas”, y te presumen sus armas y lo que ganan y te dicen que trabajes para ellos. Yo les digo que no, y se ponen violentos, pero les digo que tampoco me meto en su camino, y te dicen: “Más te vale, hijo de la chingada”. O cuando hacíamos un retén de tránsito, y pasan tres camionetas con hombres vestidos de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), y les preguntábamos si iba a haber operativo, y nos contestaron: “No somos ley, nosotros somos Los Zetas”. El comandante que estaba en el retén fue inteligente, y les contestó: “Pasen adelante, yo no quiero nada con ustedes. Trabajen, que yo no los veo”. Nunca había visto tantas armas juntas como las que llevaban en esos carros.

-Supongo que algunos en tu corporación sí trabajarán para ellos.

-Mira, yo sé que algunos lo hacen, pero intento no enterarme, no averiguar y no confiar en nadie.

-No hay solidaridad entre corporaciones.

-Olvídate. Todas tienen a gente comprada. Si tú detienes a un zeta, ellos mismos te delatan, dan tu nombre a los que quedan fuera, y tu familia corre riesgo. Todos andan tras algo.

No se sabe en quién confiar. Tiene toda la razón el municipal. El poder de infiltración de Los Zetas no deja libre a ninguna corporación. Ni siquiera al ejército, al que muchos señalan como la única autoridad que combate al narco. Por ejemplo, el 1 de julio de 2009, la inteligencia mexicana detuvo a 16 militares de las bases de Villahermosa y Tenosique, acusados de trabajar con Los Zetas, avisar de operativos y maquinar un complot para asesinar al comandante Gilberto Toledano, que ha coordinado varios operativos, como el realizado contra el rancho La Victoria.

Sin nada que hacer

El calor aún es sofocante en este café con estructura de pecera cuando la conversación con el agente secreto va terminando y a pesar de que el sol se oculta.

-Es complicado todo esto -dice el agente, ya a manera de resumen-. Es complicado porque primero hay que eliminarles todas sus infiltraciones. Constituir un frente común, y que todo el aparato del Estado luche contra ellos. Entonces empezaría una verdadera batalla.

-Y entonces, lo que hacen ahora, ¿qué es? -pregunto.

-Una especie de juego muy delicado, pero que no da los resultados que podría dar.

A manera de despedida, iniciamos un intercambio de pensamientos inútiles pronunciados en voz alta. “Es difícil... sí, complicado... un trabajo duro... poco a poco y con cuidado”.

Una sensación de impotencia me invade. Seguramente la misma sensación que ha recorrido el cuerpo del periodista, el policía, el fraile y el agente más de una vez. Estamos sentados, conversando sobre un miedo que al salir de esta pecera volverá a recorrernos cuando caminemos por las calles de estos pueblos y nos crucemos con su gente cabizbaja y sus hombres rondando en sus carros, donde pronto habrá otro ejecutado y muchos migrantes más serán secuestrados.

-Es complicado -repite el agente secreto cuando nos damos la mano para despedirnos.





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