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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Martes 22 de Enero de 2008 - Edición 10701
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Historias y testimonios de personas que han sobrevivido a un trasplante renal

En un riñón, la vida entera

Eran personas que no veían mayor relevancia en el acto de orinar, esa acción humana instintiva, saludable y placentera de realizar. Luego descubrieron con dolor y espanto que la micción, o ausencia de ella, puede significar la vida o la muerte cuando uno menos lo espera. Quienes han sufrido su ausencia, o sus desperfectos, se dan cuenta entonces como nunca antes, que un riñón hace la diferencia entre la vida y la muerte

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En un riñón, la vida entera - Foto
Juan Zacarías Méndez muestra los medicamentos que necesita para vivir tras volver a nacer con un nuevo riñón que le donó su hermana. Melvin Vargas / END

Le enorgullecía el vigor de su salud al ver aquel chorro transparente y cristalino de orina que hacía burbujas y remolinos en la taza blanca del inodoro. Ver los residuos limpios como agua potable, era una satisfacción que lo hacía sentirse más saludable que una manzana.

Un mal día de hace 13 años, José Urrutia supo sin querer, y sin esperarlo, que aquella sustancia transparente en realidad guardaba un secreto tenebroso que lo tenía a un paso de la muerte. Entonces tenía 32 años.

“No todos corremos la misma suerte, muchas personas no nos damos cuenta hasta que el daño está avanzado. En mi caso, yo nunca presenté ningún síntoma con referente a problemas renales, nada de ardores, dolores o fiebres, nunca presenté esas manifestaciones que me hicieran creer que yo estaba muriendo”, cuenta Urrutia, el primer nicaragüense al que se le práctico un trasplante renal en la historia médica de Nicaragua.

“Lo mío fue un hallazgo, porque realmente a quien iban a tomarle la presión arterial era a mi mamá. Ella presentaba presión elevada, y la doctora dijo que a lo mejor no había aplicado bien la prueba del tensiómetro o que éste estaba en mal estado, le volvió a tomar la presión y dio otro dato, y la doctora dudó”, recuerda Urrutia.

Primera mala señal

Dice que él se ofreció a apoyar a la doctora para salir de las dudas: “Pruebe conmigo ese asunto, yo estoy sano, y puede ver si no es el tensiómetro el que está en mal estado. Yo pensaba que era una persona sana, que no tenía nada de malo y que mi estado de salud era óptimo”.

“Cual es la sorpresa de todos que mi presión sale peor que la de mi mamá. Ella presentaba 140 sobre 100 y yo 180 sobre 100”, rememora Urrutia, quien se quedó preocupado cuando se descubrió esa presión altísima, cuya causa ignoraba.

“La doctora dudó más: o el aparato está malo o ustedes dos están muy mal. Ella por edad y usted quién sabe por qué”, dijo la profesional de la salud.

Lo citó al día siguiente a la clínica a hacerse un chequeo y verificaron que la presión estaba muy alta. Lo recomendó con un médico internista, le hicieron exámenes de orina, de sangre, de colesterol, de heces, de ácido úrico, de diabetes y no recuerda qué cosa más.

Luego le hicieron un ultrasonido, y lo que reflejó la lámina preocupó al doctor: “¡Ay, Dios! Parece que tenemos problemas”: los dos riñones estaban reducidos a más de la mitad. Había perdido el 60 por ciento de cada riñón.

“Yo pensaba que estaba bien porque mi orina salía blanquita blanquita, como agua, sin olor, y qué va, era que no estaba desintoxicando nada, tenía que salir amarilla y con olor, y yo alegre porque orinaba transparente”, ríe ahora. Pero en aquel tiempo en vez de risa, lo que tuvo fueron dolores y temores.

El diagnóstico fatal

“Me fui al Lenín Fonseca, me atendieron la doctora Nubia Cano y el doctor Julio Flores, y ahí me dieron una mala noticia, a rajatabla y sin rodeos, que yo agradecí: ‘Usted tiene una enfermedad que se llama insuficiencia renal’. Así me dijeron”.

“El 80% de las funciones de los dos riñones están perdidas, y es una enfermedad irreversible e irreparable. Debe entrar a un programa de diálisis para luego buscar un trasplante. De lo contrario me moría muy pronto porque el problema se iba a ir agudizando”.

Y él, que se sentía tan sano, de un día a otro se enfermó de la peor manera a sus 32 años de vida. Bajó de 187 libras a 135 en menos de dos meses.

De pronto, tenía la vida sentenciada. Y entonces comenzó su martirio: de Estelí a Managua, a citas, a exámenes, a diálisis, a seguimiento de su estado. Así pasaron tres años.

Los costos económicos del tratamiento de tres sesiones de hemodiálisis por semana costaban 750 dólares, y eso, para un trabajador de ingresos modestos como él, era agobiante para la familia, y tuvieron que pedir apoyo al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social dado que era asegurado.

Prácticamente, ahí le prolongaron la vida al incluirlo en un programa de hemodiálisis del Hospital Salud Integral. En una ocasión el doctor le dijo: “Lo suyo se está complicando, necesita un trasplante para vivir”.


Un experimento
para salvar la vida
En ese entonces, en 2000, en Nicaragua no se hacían trasplantes, pero un doctor cubano llamado Silvio Rodríguez, le preguntó si estaba dispuesto a experimentar un trasplante renal por primera vez en Nicaragua. “Sólo eso le podría salvar la vida”, le dijeron.

Ahora José Urrutia debía buscar un donante compatible, preferiblemente un familiar, y para su suerte, le sobraron los órganos.

“Casi toda mi familia se me puso a la orden”, cuenta agradecido. Su hermano mayor, Leonel, dio positivo en compatibilidad con un 95 por ciento.

El médico cubano ya tenía experiencia en ese tipo de cirugías, pero en Nicaragua no se hacían. “Yo de todos modos ya estaba resignado a morir, aunque me dolía mucho esa idea, porque mis dos hijas estaban menores de cinco años, pero me puse en manos de Dios, firmé un documento donde asumía mi responsabilidad por someterme a la prueba médica, y dije: Dios, en tus manos quedo”.

El doctor Silvio Rodríguez lo operó y ahora José Urrutia cuenta su experiencia.

“La vida no queda igual, uno debe seguir tomando medicinas y cuidándose más que cuando se tienen los dos riñones, pero para mí, la vida tiene otro sentido, y ahora he aprendido a admirar los pequeños detalles de la vida que antes no sabía que existían”, dice feliz.

Adolescencia amenazada

De los riñones sabía lo básico que encontró en internet cuando alguien le advirtió que ahí podía estar el origen de sus males: que son dos órganos de purificación. Que a diario purifican unos 200 litros de sangre para filtrar unos dos litros de desechos y exceso de agua. Que los desechos y el exceso de agua se convierten en orina, que fluye a la vejiga a través de tubos llamados uréteres y la vejiga almacena la orina hasta el momento de orinar.

Lo que no sabía es que la ausencia de uno de ellos, o peor, de los dos, sería la pérdida total de eso que todos llamamos “vida”, pero que en las circunstancias que rodean a una persona con insuficiencia renal crónica, se le puede llamar tortura.

Juan Zacarías Mendieta Parrales tenía problemas de presión alta, de mareos, fiebres, dolores, cansancio…
“Se le inflamaban las piernas, y un día cuando vamos al centro de salud, aparece que tiene presión 190, lo cual es una barbaridad. Se la controlaron, pero no le pusieron más atención y le dieron unas pastillas para la fiebre”, cuenta su padre del mismo nombre, mientras el muchacho atiende la pequeña ferretería de la casa humilde sobre la pista El Recreo.

Juan Zacarías estudiaba en la Universidad de Managua la carrera de Ingeniería en Sistemas, pero de pronto empezó a bajar su rendimiento en la universidad. Se cansaba rápido, siempre estaba pálido, orinaba poco, y a veces le ardía y le dolía, hasta que una mañana amaneció hinchado y corrieron donde un médico privado que le mandó a hacer de urgencia todos los exámenes de rigor.

Al siguiente día van a hacerse los exámenes en ayunas, y la primera mala señal sale del laboratorio. Les llamaron a mediodía para que volvieran a la mañana siguiente a hacerse otra vez los exámenes de creatinina y general de orina.

“Creemos que hay un error de lectura y queremos confirmar algo”, le dijeron. El miedo recorrió la espina dorsal de padre e hijo.

Al día siguiente fueron a hacerse el examen, y la creatinina le salió en 14. Y el rango normal era 1.0. Con esa preocupación llegaron donde el médico, a quien le contaron lo del laboratorio.

Una bomba por estallar

El galeno abrió de inmediato los sobres con los resultados y la expresión de su rostro aterró al joven: “Puso una cara de preocupación profunda, se agarró la cabeza con las dos manos, respiró profundo tratando de calmarse antes de hablar y luego dijo: ‘Váyanse de inmediato a un hospital, no pasen ni por la casa. Su hijo es una bomba por estallar’”.

Se fueron al “Lenín Fonseca” y lo internaron de inmediato, lo pasaron a diálisis, le dieron de alta a los dos días y le dijeron que antes del mes debían estar de regreso. ¿Para qué, doctor?, le preguntaron, y aquel les dictó la sentencia: su hijo tiene una enfermedad incurable. A menos que se le cambie el riñón, no va a mejorar, sino va empeorar, y por eso debe venir cada dos o tres semanas.

Le mandaron una recomendación atroz: apenas 300 centímetros cúbicos de agua al día.

“La sed era terrible, se me rajaron los labios, tenía sed todo el tiempo, andaba la lengua reseca, la piel reseca, sin saliva, pero si bebía más me inflamaba todo y me daba asco, mareos, dolores, era terrible”, recuerda el muchacho, que entonces tenía 21 años, y no fumaba, no bebía ni tomaba fármacos de ningún tipo.

En el hospital público le dijeron que sólo un trasplante lo podía salvar. Que debía ir a un hospital privado y pedir información. Fue por recomendación al Hospital Salud Integral y de ahí salió aplastado: debía buscarse al menos 45 mil dólares para la operación o verlo morir poco a poco en las máquinas de diálisis.

“¿45 mil dólares? ¿De dónde? Pensamos que era el final de nuestro hijo y eso nos puso muy tristes, pero como soy un creyente de Dios, le rogué al Señor que no nos abandonara, que haríamos lo posible por salvarlo, pero que nos ayudara”, cuenta don Juan Zacarías.

“Alguien dentro del hospital nos dijo que buscáramos al doctor Silvio Rodríguez y al doctor Zamora, en Salud Integral, que ahí hacían trasplantes. Fuimos, sin un peso en la bolsa, y ahí la primera sorpresa es que no valía 45 mil dólares, sino 22 mil, pero eso seguía siendo una cifra imposible. Yo no tenía ni un real”.

El doctor habló con los médicos de su equipo, y para salvarnos nos bajaron la cifra a 15 mil dólares. Y seguíamos sin tener un dólar.

Lucha por vivir

Comenzó otra angustia: recoger el dinero. “Soy católico, y a la primera que recurrí fue a mi Iglesia. No me hicieron mucho caso. Metimos carta a todas partes, mandamos carta y fuimos a la Presidencia, le mandamos a pedir ayuda a doña Rosario, a la Embajada de Cuba, a la Asamblea Nacional, nada, nadie nos ayudaba”.

Pero de pronto la ayuda le llegó como una fuerza silenciosa de la providencia: “Fuimos a la universidad a pedir apoyo. Nos dieron permiso de vender comida los sábados, apenados fuimos a pedir a las aulas, anduvimos tocando puertas, llamando a amigos, a conocidos, salimos a vender a los mercados, el diputado Mario Valle nos dio 3,100 dólares y nos pagó la hospitalización, y ya nos faltaban los honorarios médicos de 12 mil dólares”.

“Fuimos a todos lados, vendíamos comida un día, otro día vendíamos ropa usada, incluso un cronista deportivo nos regaló unas cajas de revistas deportivas y fuimos al estadio a venderlas, de todo hicimos, y en ocho meses, por obra de Dios, como milagro, teníamos el dinero, pero sólo Dios sabe qué hicimos, cómo lo hicimos. Nos parecía mentira tener esa cantidad de dinero para salvar la vida a mi hijo”.

Juan Zacarías fue operado con éxito el 6 de julio de 2008. Su hermana le dio un riñón, y desde entonces el muchacho volvió a la vida, pero siempre depende de un par de medicinas caras que le impiden a él y a su familia disfrutar su recuperación en paz, porque cada mes tienen que buscar ese medicamento que le permite funcionar al riñón.

La insuficiencia renal crónica en Nicaragua

Con la muerte del joven ayudante de albañilería Luis Enrique Picado Tercero, el 30 de mayo de 2009, durante una operación de trasplante de riñón, el tema de la insuficiencia renal crónica y los problemas renales saltaron a luz pública.

Según el doctor Silvio Rodríguez González, nefrólogo cubano radicado en Nicaragua, en el país no se conoce exactamente la cifra de personas enfermas con insuficiencia renal crónica, pero se estima que cuando menos, es la misma reportada en todas partes del mundo.

Internacionalmente, se diagnostican más de 100 casos al año por cada millón de habitantes. De este total, el 30 por ciento antes de pasar un año requieren algún tipo de tratamiento de sustitución renal (diálisis peritoneal, hemodiálisis y trasplante).

No todos los pacientes pueden ser trasplantados por diferentes causas: no tener donante, tener alguna enfermedad que lo contraindica, pobreza para pagar los costos o desconocimiento de la enfermedad.





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