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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 26 de Enero de 2008 - Edición 9862
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Aquellas tardes en EL NUEVO DIARIO


Lo recuerdo como si fuera ayer. Era una tarde calurosa de septiembre de 1980 cuando mi padre me llevó a las instalaciones de EL NUEVO DIARIO para presentarme al ingeniero Xavier Chamorro y al doctor Danilo Aguirre, fundadores y directores de un periódico que se convertiría en uno de los pilares determinantes para que me convirtiera en periodista.

Al ingeniero Chamorro lo encontramos en la rotativa conversando con los trabajadores, y después de estrecharme la mano con inusual cordialidad, con su parsimoniosa y dulce voz me preguntó con malicia: ¿y vos también vas a ser periodista como tu papá? Lo mismo me preguntó el doctor Danilo Aguirre, quien se encontraba en su oficina escribiendo un editorial, mientras una nube de humo cubría su rostro. Cuando me vio, dejó de escribir, se levantó y me saludó con una sonrisa maliciosa que con el transcurrir del tiempo se convirtió en la señal de una sólida y larga amistad.

Aquella tarde no pude responder esa pregunta. Tenía dieciséis años y por mi mente pasaban muchas utopías. Creía en la revolución y en la literatura. En el paraíso del amor y de la esperanza. La visita a EL NUEVO DIARIO fue providencial. Respondí meses después, cuando inspirado por mi padre y por las circunstancias políticas inéditas que vivía Nicaragua, debutaba en la página editorial de EL NUEVO DIARIO con un oscuro artículo titulado La Navidad y la Revolución, gracias a la generosidad del periodista Chepe Chico Borgen, quien se encargaba de seleccionar los artículos de opinión. Recuerdo que ese artículo, que aún conservo amarillento, y del cual ahora me avergüenzo tremendamente, por su precaria calidad, me sacó del anonimato y me colocó en la vitrina del periodismo nacional. Cuando lo vi publicado en el diario, mi corazón dio un vuelco como la primera vez que me enamoré. Ese día compré todos los diarios que pude. Mis emociones me traicionaron a tal punto que no reparé en la crítica demoledora de mi padre, que probablemente me regañaría por la precaria calidad del artículo. Pero no hubo regaños. Me dio unas palmaditas en el hombro, como hace un manager con su bateador, cuando éste ha perdido contacto con la pelota.

Desde entonces EL NUEVO DIARIO se convirtió en una especie de universidad periodística y literaria. Gracias a la complicidad y generosidad del ingeniero Chamorro, de Chepe Chico y de Danilo Aguirre, me convertí en un frecuente columnista a tal punto que mi padre --para evitar confusiones-- publicó discretamente una gacetilla en la que aclaraba que los artículos firmados por Félix Javier Navarrete eran de su hijo y no suyos. Seguramente mi padre hizo esa aclaración obligado ante la racha de artículos imberbes que generosamente me publicaban en el periódico, y que podrían estar causándole problemas a su reputación.

A los meses, luego de haberme granjeado algunas simpatías en el periódico, EL NUEVO DIARIO me dio una excelente noticia: me darían el mismo trato que le dispensaban a mi padre, comenzaron a pagarme la cantidad simbólica de cien córdobas por cada artículo publicado. Entonces, cada vez que me publicaban, J. F. Meléndez, Gerente de Contabilidad del diario, periodista empírico y escritor, y quien me apoyaba sin reservas animándome a escribir, me facilitaba un recibo que llenaba en la redacción, luego buscaba al doctor Aguirre para que lo firmara y después pasaba por Caja para que me pagaran.

Recuerdo que allí conocí a los periodistas Filadelfo Alemán, Ernesto Aburto, Leonardo Rodríguez Román, conocido por sus siglas como Lerron, Manuel Eugarrios, Mario Fulvio Espinoza, a quienes siempre encontraba escribiendo apurados las notas y reportajes del día, presionados por la sacrosanta hora del cierre. Todos ellos me miraban con aprecio y algunos de ellos se preguntaban si el hijo del tigre había salido rayado. Yo, que en ese entonces era un joven feliz, indocumentado y desempleado, me la pasaba todas las tardes en el periódico, tomando café, emborronando inútilmente cuartillas, aspirando el olor de la tinta y del papel periódico de la rotativa. A veces me la pasaba en el cuarto de armada, platicando con Francisco Bravo Lacayo o Tito Ramírez, quienes me permitían observar el proceso de confección del diario.

Gracias a EL NUEVO DIARIO descubrí el valor de mi padre en el periodismo nacional. También descubrí mi pasión por escribir, soterrada por la pobreza, la confusión y la ausencia de ejemplos. Pero también pude conocer, como parte de este aprendizaje, a hombres como el ingeniero Chamorro, un empresario emprendedor, un amante de la libertad, un aventurero exitoso que siempre creyó, como muy pocos, que el periodismo puede cambiar el rumbo de un país, y lo que es más trascendental, la vida de los hombres. Allí, esa misma tarde, calurosa y agitada, llena de sueños y esperanzas, tuve el privilegio de conocer a Danilo Aguirre, otro soñador, revolucionario, corregidor de entuertos, quien junto a Xavier, hacían de cada día de periodismo, una pequeña batalla por la libertad.

Estos ejemplos han quedado en mi memoria como referentes periodísticos inamovibles. En Xavier y Danilo se fundieron el científico y el periodista. El pionero y el editorialista. Esa tarde en que mi padre me llevó a conocer EL NUEVO DIARIO, descubrí que un mar de pasiones bullían locamente dentro de mí, queriendo salir a la superficie. Esas pasiones eran el periodismo y la literatura. Las dos eran emociones encontradas que se unían en un solo haz de confusión dentro de mi cabeza. Después que visité EL NUEVO DIARIO, los nubarrones desaparecieron.

Ahora que han pasado muchos años, puedo decir con orgullo y certeza que soy escritor gracias a mi padre, y periodista, gracias a EL NUIEVO DIARIO. Dos privilegios por los cuales me sentiré eternamente agradecido.


*Periodista y escritor nicaragüense




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