Editorial
Danilo Aguirre | daguirre@elnuevodiario.com.ni Del petróleo y sus espejismos
Algunos ciudadanos han escrito para nuestras páginas de opinión sobre cómo estaría la situación en Nicaragua si no se contara con la amistad de Daniel Ortega con Hugo Chávez y la consecuente ayuda que Venezuela presta al país.
El presidente Ortega, en ese mismo orden, acaba de declarar en la Cumbre del Alba que efectivamente si no existiera esa relación nuestro país ya habría colapsado.
Estas palabras del mandatario nicaragüense son una confesión de que no hubiera tenido la capacidad para gobernar y mantener a flote a Nicaragua si la coyuntura Chávez no existiera.
Pero más allá de esta singular revelación, y que pareciera además que fuera una especie de costo libertad-petróleo, conviene profundizar sobre el tema.
El presidente Chávez, en su última visita a Nicaragua, durante su larga y florida intervención, dijo una frase que pasó inadvertida. Cito textualmente: “...Venezuela es un país atrasado y pobre”, y agregó --esto ya no es textual-- ...pero favorecido por Dios con un mar de petróleo...
Esto quiere decir que ni los adecos ni los copeyanos, ni la ya larga permanencia de Chávez en el poder han podido lograr que ese mar de petróleo convierta a Venezuela en un país desarrollado y rico, en el sentido, esto último, de una amplia distribución de la abundancia de bienes y servicios entre su población.
Costa Rica, para no citar países más lejanos, no tiene petróleo, pero presenta una sanidad económica y un consenso social superiores a Venezuela, y ya no se diga a Nicaragua.
Nuestro vecino del sur es, pues, de los países que sin ser bendecidos por Dios con un mar de petróleo, su sociedad civil, su sociedad política y sus gobernantes nunca lo han dejado colapsar.
Otros ejemplos abundan, y no es el caso citarlos, pero sí preguntarse: ¿de dónde han sacado su progreso y el bienestar si no tienen petróleo?
Aquí hubiéramos querido que el presidente Ortega, para salvarnos del colapso, nos hubiera dicho que ha decidido, desde su poder, despartidizar las instituciones nicaragüenses, para convertirlas en sólidos pilares de la democracia; volver transparentes y diáfanas todas las acciones de gobierno, poner a la ley por encima de todos los ciudadanos, en fin, hacer que los nicaragüenses pudiéramos decir, como los ticos, que vivimos en un Estado de Derecho.
¿O es que el Presidente Ortega sigue pensando como en los años 80, que la democracia no se come?
Si así fuera, ni con todo el petróleo del mundo evitaremos, efectivamente, colapsar.
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