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Nuevo Amanecer
feb 9, 2008

Debajo del bronce


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Cada día que pasa Pedro Joaquín Chamorro se convierte más en un personaje. Quienes trascienden a su propia vida sufren esa evolución que los lleva de personas a transformarse en personajes, y entran entonces en el territorio de la historia, y en el del mito, que son vecinos.

Pero este trámite de llegar a ser personaje tras la muerte, no es un asunto de simple retórica, ni de adornos postizos. Debajo de los relieves públicos del personaje hay todo un tejido de fibras humanas que es lo que crea verdaderamente la trascendencia, y sin aprender a conocer a los personajes en su vida íntima, en sus avatares cotidianos, sus momentos de ternura y los de furia, de alegría ante la vida y de temor ante la muerte, no podemos llegar a entender verdaderamente de quién se trata.

Saber, como cuenta Danilo Aguirre, que alguien como Pedro Joaquín fue capaz de componer un tango doliente cortapulsos, o saber también que su ranchera preferida era La Valentina, que como todos los corridos mexicanos verdaderamente clásicos desafía a la muerte en vestiduras de mujer, son datos que lo fijan ante nosotros como personaje, mejor de lo que pudiera hacerlo uno de sus editoriales contra la dictadura.

Y saber, como cuenta Luis, que su desprecio a las prosopopeyas y estiramientos, a la vileza del servilismo y a la falsa mojigatería, le servían para atizar su humor, y sus ganas de burlarse de los mediocres, como la vez que envió al canciller Lorenzo Guerrero, como si fuera regalo de García Bañón, el embajador franquista ante Somoza, una botella de guaro curado y envasado por él mismo, disfrazado de brandy de lujo. Debajo del bronce de las estatuas deben sentirse las cosquillas del humor, y el temblor de la risa reprimida. Sino, no hay persona, y por tanto, no hay personaje.

Conocí a Pedro Joaquín, en términos de relación personal, primero como escritor, que como político, en aquellos tempranos años sesenta del siglo pasado, cuando en la redacción de La Prensa en la calle del Triunfo se acercaba, con algo de reserva, a la tertulia literaria constante que se organizaba alrededor del escritorio de Pablo Antonio Cuadra. Decía Flaubert que en el alma de todo boticario hay un poeta en ruinas, suficiente para decir también que en el alma de todo periodista hay un narrador prisionero.

Y Pedro Joaquín, que fue prisionero tantas veces de la dictadura de los Somoza, se liberaba de su prisión de periodista combatiente, escribiendo literatura cuando la propia dictadura le abría las puertas de esa prisión propia suya. Es una de las paradojas más divertidas que Luis recuerda en su libro, de boca del propio Pedro Joaquín: que a los escritores que veía entrar y salir en romería cada día de La Prensa, o que trabajaban en la propia redacción del periódico, como el propio Luis, y como Edwin Yllescas, los hubiera hecho escritores Coronel Urtecho y a él, el coronel Luna, el censor por cuyas manos pasaba cada día La Prensa, y que tachaba todo lo que Pedro Joaquín escribía.

Sólo faltaría agregar la otra frase del poeta Beltrán Morales, para hacer justicia completa al magisterio de Coronel Urtecho: que dos ingenios habían endulzado a Nicaragua, el ingenio San Antonio, y el ingenio de Coronel Urtecho. El coronel Luna, por lo visto, no tenía ninguno.

Un personaje verdadero como Pedro Joaquín, se compone de múltiples capas. Y es la capa literaria, la que yo conocí de primero, antes que la de político, la que ha recibido menos justicia. Pasa que la capa política lo envuelve todo, es el bronce duro que recubre la estatua, y la de periodista está soldada a la de político. Debajo de esa piel sin respiro, bulle todo el universo que sólo la memoria personal, como la de Luis, puede fijar. Es donde permanecen vivas las entrañas, y por tanto, entrando allí se puede escribir un relato entrañable.

La capa de poeta no se la conocí, y si Coronel Urtecho se afligió de comprobar que sus poemas eran muy buenos, como cuenta Luis, juzgando como una tragedia que el líder político por naturaleza, y el único capaz de enfrentar a la dictadura, fuera a distraerse en el oficio de poeta de éxito, lo dejo allí. Pero la de narrador siempre me deslumbró, porque desde el principio logró conseguir lo que en literatura se llama un estilo, que es lo más difícil, y no pocos perecen en el intento.

En este sentido, “Estirpe sangrienta” es un relato literario maestro, porque a la vez es un relato periodístico maestro, una doble condición pareja que se consigue o no se consigue. Es un libro que debería estudiarse en las escuelas de periodismo, para que los alumnos adviertan que el estilo literario es natural, y necesario, al buen periodismo. Y también deberían tenerlo como libro de cabecera los periodistas en ejercicio. Su mero comienzo, me recuerda siempre a Hemingway, o a Truman Capote.

Y están los cuentos, de los que Luis se ocupa también en su libro, que son el fruto de la ociosidad forzada a la que el coronel Luna sometió a Pedro Joaquín, y que de alguna manera debemos agradecer al coronel Luna. Dueño de la aptitud para el oficio, sin la cual no hay narrador posible, y capaz de encender el relato con frases certeras, como aquella de que “una gana es como un dolor”. Algunos de esos relatos no pueden faltar en las antologías del cuento nicaragüense.

Torero aficionado, viticultor aficionado, destilador aficionado, navegante aerostático frustrado, motociclista, todo eso vamos sabiéndolo por las breves piezas que componen este libro de múltiples reflejos y aproximaciones. Y compositor aficionado, según Danilo, y bohemio aficionado, que es Esta última una categoría intrigante. Pero no escritor aficionado, porque aunque no fue el de escritor lo principal en su vida, lo ejerció con oficio, y tenía el don para ello.

Y humorista aficionado, tampoco se puede ser en la vida. Se tiene sentido del humor en serio, o no se tiene. Hay verdaderas empresas del humor muy suyas, como la que Luis cuenta, de la creación de la FIDAMECA, Federación Independiente de Artistas, Músicos y Escritores Centroamericanos, nacida para rendir homenaje a los Bisturices Armónicos con medalla y pergamino entregados en acto solemne, una conspiración de la que fui cómplice alistando la llegada a Managua del representante plenipotenciario de la FIDAMECA, el actor de teatro Oscar Castillo, que vino acompañado del delegado para Europa, Nico Baker, otro actor de teatro, socios como éramos los tres de la compañía Istmo Film en Costa Rica.

El humor, bajo todas las circunstancias, así sobrevengan catástrofes. Cuando el terremoto de diciembre de 1972 sepultó la rotativa del diario La Prensa, le escribí desde San José una larga carta para hacerle una propuesta que yo había discutido con Julio Suñol, director del diario La República: imprimir La Prensa en las rotativas de La República. Mandar las planchas quemadas por avión a San José desde Managua, y recibir devuelta, por la tarde, los atados de periódicos, también por avión. Yo le proponía un mecanismo complicado, explicado en varias cuartillas. Él me dio una repuesta simple, y concisa:
Sergio: la Guardia se está robando en el aeropuerto hasta las medicinas de las donaciones. También se van a robar los periódicos. Un abrazo, PJCH.

Ningún historiador podrá escribir nunca una biografía total de Pedro Joaquín, que nos dé un personaje vivo, por muy bien documentada que resulte. Lo conoceremos mejor, a medida que pase el tiempo, a través de testimonios personales como el de Mundo Jarquín en “¡Juega!”, publicado también por la Editorial Anamá, y como éste que hoy nos deja Luis, y cuyo único defecto es su brevedad.

Ojalá pueda volver Luis sobre su memoria de los años al lado de Pedro Joaquín, y convertir este boceto en un retrato más detallado, y más extenso, desde luego que junto con Mundo, y con Danilo, fue de quienes mejor lo conocieron. Y Danilo, quien también debería escribir sobre su relación cotidiana con Pedro Joaquín, hasta el final, en La Prensa.

Gracias entonces a Luis por este pequeño manual, útil para todo el que quiera entrar a conocer a Pedro Joaquín por dentro.

Así podemos ver a la persona, mientras va camino de ocupar su pedestal de personaje.



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