feb 16, 2008
De la adusta papada paterna a la
Danilo Urtecho Lacayo Recuerdo aquel bellísimo poema de Rainer María Rilke titulado La Pantera, sus movimientos circulares y continuos detrás de los barrotes de su jaula, la extraña apariencia felina, sigilosa, el misterio oblicuo de sus ojos que parecían saltar y devorar el corazón de los espectadores. Leí el poema una y otra vez hasta que Álvaro se detuvo para frenar la mecedora chirriante en el cuarto de la casa paterna.
“Elegías del Duino”, de Rilke, “Humano demasiado Humano”, de Nietzsche, y “Los Conjurados”, de Jorge Luis Borges fueron los últimos libros de cabecera que intentó leer. No fue más que una honda compañía agitando su pecho, exaltado hasta el final por el espíritu de la poesía y el pensamiento metafísico. Pero también aturdido por el dolor físico inmediato que lo rebasaba y la certeza de que su vital experiencia poética era limitada como la vida misma. Por eso soñaba y nunca dejó de soñar con sus proyectos inconclusos, las cosas pendientes, la razón de sus insomnios, porque no podría dormir mientras no estuviera dicho y hecho todo, mientras no lo hubiera pensado y repensado. Tal como dice mi hermano Mario, él pudo haber muerto sin apenas notarlo, mientras estuvo encerrado en ese agujero negro. Fue una campanada de alegría para todos el día que despertó a la conciencia, renacido a saber de qué mundo y de qué soledades cósmicas; él, más que nadie, sorprendido, sobresaltado por la duda y la esencia premonitoria de su obra y vida fusionadas en esa totalidad única que era su ser.
De vuelta otra vez. Reconoció el espacio de su cuarto, su otrora celda monástica con hileras de libros desordenados, sus “hermanos” rebeldes, huérfanos, abandonados, tirados al suelo. ¿Dónde están sus libros? ¿Dónde están los anaqueles polvosos de la literatura universal? Sólo el tenue color inédito de las paredes. La asepsia fraterna y femenina dirigiendo el nuevo orden rectangular de su cuerpo atado al cautiverio de la cama hospitalaria. El viento y el tiempo terminaron para él. Imposible descifrar el oscuro pasillo (¿o luminoso laberinto?) de los días que estuvo atrapado y que interpretó como un estado de inconciencia onírica permanente ligado a la necesidad y deseo de recobrar la infancia perdida, la sombra protectora de la madre, la evidencia de la seguridad perdida, la experiencia traumática y represiva de la relación con nuestro padre. Pero la decisión de ser integralmente poeta y lector de tiempo completo ya estaba tomada, como dijera el mismo Álvaro: “el todo o nada”.
Desde la primera juventud, en la época de bachillerato, y con mayor decisión en los tiempos de la vieja Managua, había trazado contra todo pronóstico y perspectiva familiar, el camino de la creación literaria y artística, con la determinación de ser un poeta pleno. En una de sus últimas entrevistas, inédita, casi al final de su vida, dijo literalmente: “La poesía es, a mi juicio, lo más serio y sagrado del mundo, una actividad puramente gratuita, inútil desde el punto de vista material, pero profundamente espiritual, que tiene de mística, de crítica social y de confesión psiquiátrica”. La vida misma de Álvaro como acto poético, íntimo y universal, arropado por una mística del dolor lo llevó a elaborar las claves de su lenguaje poético desde temprana edad: la nostalgia, las voces del pasado, la orfandad, la muerte, la vida, el sexo, la carne engusanada; las tonalidades grises y claroscuros, los contrastes de espacios cerrados como cripta, fosa, sepultura, o féretro; o los espacios abiertos del gran lago, las plazas, las maravillosas plazas, el infinito mar y el azul del cielo cayendo como losa en el atardecer. La música en diferentes tonos, la música estridente, el ritmo acompasado, el bajo profundo, el vuelo de las baterías y el requinto, la concha acústica del rock, “Susurros cariñosos... Chopin...” La caída y los ascensos, el tono romántico, el éxtasis hasta llegar al clímax.
Sin música no hay poesía. Y Álvaro manejaba con magistral precisión la musicalidad interna del poema, como estructura total y como verso independiente. No hay un solo poema que se libre de esta originalidad, que no es sólo un juego de palabras ni retruécanos verbales. No se permitió nunca un ápice de libertad para salirse de esa línea del intelecto -–si cabe el término-- en la configuración de su obra poética.
Uriarte y Erick Aguirre coinciden en señalar que su poesía es profundamente meditativa, telúrica, inquisitiva, crítica, indagatoria de las grandes interrogantes de la existencia humana. Una poesía de clara raíz filosófica. La creación poética como instinto de sobrevivencia ante un mundo hostil, farisaico, asfixiante, controlado por “los mercaderes del vacío”. Es necesario, entonces, colocarse una máscara en complicidad con los censurados, con los marginados y enajenados, los retrasados mentales y los satíricos, los sin currículum y sus otros hermanos, como diría Álvaro: “...en nuestra intimidad, en nuestra soledad, en nuestro reducido rincón, nos tiramos grandes y estentóreas carcajadas, riéndonos del mundo, y, por supuesto, de nosotros mismos...”
El gran momento esperado por todos llegó una noche en la terraza de la casa nueva, bajo una pérgola cubriéndose de hiedra, nos sentamos todos, menos mi madre, a escuchar por primera vez y sin pausas, el vasto poema de la Cantata Estupefacta, un ensayo revelador de su concepción sobre la muerte, tres tiempos de una extensa reflexión a partir de la terrible experiencia vivida. En esa clave extremadamente íntima nos creímos reconocer en el tiempo, en el espacio, porque es evidente que nosotros éramos seres de ese mundo que permanecían agazapados en alguna esquina del laberinto, y juntos con él, estábamos conscientes de la imposibilidad de recobrar ese mundo perdido, esa infancia que para nosotros significó la estancia en Los Pochotes, el Vapor Viejo, San Juan del Sur, la casa esquinera en San Francisco, el atrio de la iglesia y los juegos de pelota, las veladas artísticas y el micrófono que parecía nacatamal amarrado, los primeros amores... el mundo desintegrado que intentó reconstruir desde la memoria, desde las telarañas del recuerdo. Órfica, El Velo tras la piel, Ahora y en la Hora: Tres movimientos para una sola sinfonía.
Nuestro padre meditaba escuchando el poemario, escéptico, sentía una honda frustración, tenía una expresión hermética, asentía y disentía, el fondo musical se alejaba de los clásicos, brotaban crujidos de portales inmensos, antenas de insectos tirando chispas, olas progresivas, palpitaciones de corazón, sonidos soterrados de catacumba para de nuevo volver a los bajos y contrabajos de Brahms, profundo dolor y soledad fúnebre, clausura del telón en el teclado de Chopin; agonía épica cabalgando furiosa, elegíaca; la caverna oscura, electrizante, escalerilla de caracol en descenso hacia el abismo; la voz de Álvaro en ascenso, metálica, brotando a borbotones por el agujero de la noche; la hiedra creciendo, mientras mi padre perdía la esperanza para siempre, mirando estoico hacia la nada para esperar el golpe final.
Quizá su libro inédito, “La Figuración Demoníaca y Otros Ensayos” arroje luces sobre sus últimos proyectos, algunos inconclusos, que le ocuparan los meses finales de su vida consciente. Sin embargo, esta obra citada se logró digitalizar con apoyo del siempre fiel amigo Leonel Boza, en 162 páginas, de las cuales 33 están dedicadas a reflexionar sobre la obra poética de Carlos Martínez Rivas, y con la misma intensidad ejercita el ensayo filosófico con la crítica literaria y artística, intercalando autores hispanoamericanos, europeos, norteamericanos y nacionales, entre los cuales sobresalen además de Carlos Martínez, José Coronel, Sergio Ramírez, María Gallo, el esteliano Danilo Torres, Iván Uriarte, entre otros. “La Figuración Demoníaca” es probable que salga a luz este año.
Hermano, ¿dónde te has metido? ¿En qué valle de sombra estás? ¡Haberte ido en diciembre y nosotros aquí en un mundo cada vez más desolado! Saber que estás sepultado junto a nuestros padres, y nosotros aquí aún. Queremos estar frente a tu tumba y la de nuestros padres que nunca olvidaremos. Un promontorio de cemento rústico te cubre para siempre en la parcela del camposanto.
Rivas, 7 de febrero de 2008.
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