Los tres Somoza nunca admitieron sus abominables crímenes Gral. Sandino y PJCh asesinados por las “circunstancias”
* “Una vez capturado Sandino sobrevino lo imprevisto, el desenlace fatal, escribió el fundador de la Dinastía, y al parecer también del cinismo histórico para justificar la maldad
* De la Escuela de Las Américas a la EEBI, un catecismo para afinar criminales: “Si alguien no te gusta, mátalo”
* La masacre de los estudiantes el 23 de julio de 1959, según Anastasio Somoza Debayle, sólo fue “un incidente provocado por un mal entendido de órdenes que causó el tiroteo” Edwin Sánchez | esanchez@elnuevodiario.com.ni
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| Elementos de la Guardia Nacional, la mayor parte de cuya oficialidad fue entrenada en la Escuela de Las Américas. |
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Primera de 4 entregas
“Si alguien no te gusta, mátalo”. Eso les inculcaban los entrenadores de la Escuela de las Américas a los oficiales latinoamericanos que llegaban a mejorar sus “conocimientos castrenses”, según la misma declaración de un alto rango de esa conocida “fábrica de genocidas”, al director del extraordinario documental “Guerra en democracia”, John Pilger.
Y Anastasio Somoza Debayle, desde su libro “Nicaragua traicionada”, ve la muerte de sus enemigos como hechos inevitables que no merecían más que unas cuantas palabras, como si de cualquier cosa se tratara. Por ejemplo, dice: “La Guardia Nacional capturó a Sandino y lo fusiló”.
Para la gente en Nicaragua, la muerte es una desdicha, una triste experiencia en la vida de cada uno. Somoza Debayle, al referirse a la caída de Carlos Fonseca Amador en 1976, sólo dice que “murió de un tiro”, como para decirnos que debía pasar a algo “más importante”: “El FSLN quedó sin dirección”. Más adelante, veremos cómo se traduce esta afirmación en la psicología de Somoza y de su heredero.
En 1973, los combatientes Ricardo Morales, Óscar Turcios, Juan José Quezada y Jonathan González, fueron asesinados en Nandaime. Tacho simplemente dice: “Para entonces, 1974, la Guardia Nacional había eliminado prácticamente a las guerrillas”.
El mismo Somoza, al recordar el 23 de julio de 1959, señala que las muertes de los estudiantes a manos de la Guardia Nacional, si bien fue una “desgracia muy grande”, justifica la masacre como “un incidente provocado por un mal entendido de órdenes que causó el tiroteo”.
Anastasio Somoza Portocarrero, el hijo que el dictador había entrenado para relevarlo en el poder, fue editor de una “revista dedicada a la ilustración castrense”: El Infante, órgano oficial de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, EEBI. Las páginas van dirigidas a “elevar la moral” de la tropa elite a su cargo, por ejemplo, con informes de expertos militares en Vietnam, que llegaron a aconsejar que hasta una anciana era un enemigo peligrosísimo, y, por tanto, había que matarla. “La ley es matar”Somoza y su relevo, como todo el sistema, miraban la muerte de los demás como “incidentes”, “mal entendidos” o “eliminación”. No hubo en las filas del ejército pretoriano, sujetos con mentalidad asesina. Lo que hubo siempre, desde la noche que dieron muerte al general Augusto C. Sandino, fue “ánimos sobreexcitados”. El 8 de diciembre de 1978, El Infante difunde “El Decálogo de los Comandos Chile”, que ordena: “Al chocar con el enemigo mate, no vacile, la ley es matar o morir”.
El abuelo de “El Chigüín” tampoco se detenía en refinamientos, lo cual parece que ya corre en la sangre de este tipo de seres. Por ejemplo, en “El Calvario de Las Segovias”, Anastasio Somoza García escribe que “a todas luces, el nombramiento de un lugarteniente de Sandino, como lo era Portocarrero, para gobernar, con independencia del Ejército una gran parte del territorio nicaragüense, amenazaba los derechos de la nación, la institución de las Fuerzas Armadas, y la paz y unidad de la república. El orden público se vería, por consiguiente, desquiciado por su base, a corto plazo. Los ánimos como era natural, se sobreexcitaron.
“Temprano de la noche del 21 de febrero, la oficialidad de la Guardia Nacional se reunió para deliberar prontamente sobre la acción que le correspondía asumir, en su afán de preservar el orden, en vista de los acontecimientos que se estaban realizando, y por acuerdo unánime, decidió dar un voto de confianza al Jefe Director, considerando el Gran Consejo de Oficiales, que Sandino y sus ayudante eran reos del delito de lesa patria penado por reglamentos de la institución”, escribe con desparpajo el “General”, sometiendo a la Constitución y a sus ciudadanos a los simples reglamentos de un ejército de ocupación.
“Habíanse pues colocado --Sandino y sus ayudantes-- bajo la acción reguladora de la Guardia Nacional, establecida para mantener la paz de la república; y como consecuencia de la decisión tomada, fueron mandados a aprehender en la residencia donde se alojaban, prosigue Somoza. Mas, se supo con sorpresa que no se encontraban ahí, sino en la Casa Presidencial, en donde se le ofrecía esa noche, a Sandino, una comida de despedida. Se esperó, entonces, que saliera, para detenerlo con sus compañeros, sin determinarse lo que de ellos se haría”.“Y vino lo imprevisto”El abuelo de Somoza Portocarrero eleva a asuntos de Estado la infamia, procedimiento de un estilo de mando que distinguió a la dinastía desde 1934 hasta su derrocamiento: que la muerte de los enemigos es lo que “ilustraba” la revista de “El Infante” a sus oficiales y soldados, o lo que Tacho Somoza Debayle aplicaba a sus opositores o el catecismo de la Escuela de Las Américas.
El viejo fundador de la dictadura justifica el asesinato de la manera más vil: “Una vez capturado (Sandino) sobrevino lo imprevisto, el desenlace fatal, lo que después de todo lo que hemos narrado en este libro, aparece como un inevitable sino; y la sangre corrió desgraciadamente para salvar el país del horrible cuadro de miseria, de dolor y de muerte que tenía en perspectiva.” (Páginas 564-565)
“La forma en que desaparecieron a Sandino y sus lugartenientes indica perfectamente bien que no hubo premeditación alguna en los hechos, sino que los acontecimientos fueron hijos, únicamente, de las circunstancias”, expone Somoza García, quien de esa manera le extrae al cinismo su máxima esencia para componer a su manera la historia. Pero si es perversa la falsificación de la realidad, peor es la de creer y divulgar tanta infamia.
Para los Somoza, hasta el último que les sobrevive, nunca hubo masacres, sino “malentendidos”; en vez de mano criminal fue “el sino”; tampoco hubo genocidio, sino “circunstancias”; nunca hubo mártires, sino “terroristas”; mucho menos operación limpieza, sino “imprevistos”. En resumen, siempre fue “el destino”, y si acaso alguna vez se atrevieron a pronunciar un nombre, a lo largo de los 45 años de tiranía, fue “Pedro Ramos”, pero nunca, nunca, ningún Anastasio.Mañana:* Somoza elabora su propia “biografía” a Pedro Joaquín Chamorro y declara que “tenía sentimientos antiamericanos”
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