feb 23, 2008
Sobre la memoria del V Simposio Dariano
Réplica a Esthelita Calderón Jorge Eduardo Arellano
No todas las ponencias de un congreso o simposio literario se publican en sus memorias o actas. Por una u otra razón, suelen faltar algunas. Por ejemplo: en el volumen que recoge el coloquio celebrado en la Universidad de Montreal (del 4 al 6 de noviembre, 1999), “El discurso colonial: construcción de una diferencia americana” (2002), los editores Catherine Poupeney y Albino Chacón, prescindieron de la mía: “El Güegüence: una comedia indohispana del siglo XVIII y su aporte a la construcción identitaria de Nicaragua”. Y tuve que acatar, profesionalmente, esa decisión.
En el caso del Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (No. 36, julio-septiembre, 2007) también sucedió lo mismo. Así lo expliqué en su prólogo al optar, como editor de esa revista de cultura desde 1974, por los estudios centrados en el tema del V Simposio Internacional Rubén Darío que anualmente, desde 2003, se desarrollan en León. A saber: los cien años del poemario “El canto errante” (Madrid, 1907).
Estos consistieron en la lección inaugural de Francisco Arellano Oviedo (“El canto errante o la dinámica de la modernidad”), en el análisis comparativo de Nydia Palacios (“Nexos temáticos de Cantos de vida y esperanza y El canto errante”), en la indagación de Jaime Serrano Mena: (“El mayor elogio a la poesía: las Dilucidaciones de El canto errante” ); y en dos trabajos sobre poemas del mismo libro (“Visión” y “Salutación al águila”, respectivamente), al margen del V Simposio. O sea: “La mirada de Orfeo en Dante y Rubén Darío”, discurso de la panameña Gloria Guardia pronunciado en su recepción como miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua; y el ensayo del suscrito leído en el Museo y Archivo de León el 6 de febrero de 2007: “El Águila, Darío y Roosevelt”.
Porque se trataba --como afirmó el doctor Antenor Rosales en la “Presentación” del No. 136-- de conmemorar dignamente el centenario del más multiforme de los libros de nuestro gran poeta, publicando “trabajos de especialistas nacionales y extranjeros que ofrecen nuevas lecturas e interpretaciones, revalorando esta obra significativamente renovadora”. De ahí que el editor haya decidido excluir trabajos ajenos al tema del Simposio, indicándolos con los nombres correspondientes de sus autores. Una excepción, sin embargo, fue el bien escrito del estadounidense Steven White (“Rubén Darío: atisbos del pensamiento ecocrítico”), en representación de los ponentes que no se concentraron en “El canto errante” y cuyos textos ofrecieron serias dificultades.
El material enviado de León resultó incompleto. No fue recibida la ponencia de mi amigo Porfirio García Romano (pues consistía en una proyección visual) y el texto de Katleheam Occonnor-Bater llegó desfigurado y carecía de sentido, pues también era de carácter visual. La de Luis Ambroggio versaba especialmente sobre Pablo Antonio Cuadra (su relación con Darío era mínima) y la de Nicasio Urbina no era sino un larguísimo “chorizo”, sin párrafos separados, sobre la cuentística dariana, que Esthelita Calderón descalificó en su correo electrónico del 28 de junio de 2007: “Cuando él (Urbina) iba a leerla, le pedí que la redujera a 20 minutos, pues era muy extensa”.
En otro e-mail del 5 de septiembre, la misma Esthelita me escribió: “Estimado Jorge Eduardo: te adjunto lo que estaba pendiente de las memorias. Hasta ayer la persona encargada de transcribir las cintas lo trajo. Hay muchos nombres que mencionan las personas en sus discursos que no se transcribieron de manera correcta. Te pido me eches una manita en eso, ya que vos dominás perfectamente la escritura de esos nombres”.
Doy a luz el contenido de esas comunicaciones internas para responder a la Coordinadora Técnica del V Simposio que abortó contra mí mentirillas e insultos en el NAC del 10 de febrero, comportándose no como la prometedora joven poeta e intelectual que es, sino como algo más pequeño. Tedioso sería reproducir todos los correos electrónico que ella ocultó a la Coordinadora General de los simposios, doña María Manuela Sacasa de Prego, a quien se los mostré en el acto de la develización de la escultura de nuestro Salomón de la Selva en Granada. Me limitaré al mío del 28 de junio: “Es necesaria una crónica de todo el simposio para tener una idea bien clara de su desarrollo. Así lo hice en los primeros tres y en sus respectivas publicaciones de 2003, 2004 y 2005”. Pero esa crónica nunca se elaboró.
De manera que el producto final esperado por las coordinadoras no podía ser la compilación de todo el material, en buena parte mal transcrito de cintas grabadas, sino una selección del mismo, como fue aprobado por el Consejo Editorial del Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación. El propio Presidente del Banco Central de Nicaragua ratificó su contenido al presentar el No. 136 en cuestión, incluyendo la reducción del título, potestad del editor: “El canto errante: en su centenario / V Simposio Internacional Rubén Darío / León, Nicaragua”, como dice la cubierta. Ellas habían añadido un verso descontextualizado de Darío: “El canto vuela con sus alas: armonía y eternidad”, que pudo figurar en la crónica solicitada de haberse escrito.
Más aún: como coordinador académico de los tres primeros simposios y bautizador de sus temas: “Rubén Darío y su vigencia en el siglo XXI”, “Nuevos asedios y reencuentros”, “Cantos de vida y esperanza: relecturas en su centenario”, e incluso del cuarto, “Proyección y cultura ecuménica” (2006), sugerí a doña María Manuela, a través de su paje, modificar el título del sexto: “Rubén Darío: luminosidad de la lengua”. ¿Por que no revitalización o renovación? Luminosidad suena cursi. Pero ambos rechazaron la sugerencia. Y el paje argumentó en su correo electrónico del 18 de octubre: “Tu fijación con ese nombre es vista con ojos académicos y no poéticos. Lo cursi está presente de una u otra forma en todo poeta. Además, Jorge Eduardo, la mayoría de la gente que asiste es gente joven (la etapa más llena de cursilería)”. Sin comentario.
Pasando a una de las tantas mentirillas de la misma Esthelita –que desde finales de 2005 dejé de ser coordinador académico por decisión de sus organizadoras leonesas- deseo aclarar que fue obra de un ex-alto funcionario del Banco Central, de apellido prusiano, quien prefirió a Carlos Perezalonso, excelente poeta pero no dariano ni dariísta. Relevo que no me causó resentimiento porque ya estaba agotado de tanto trabajo al punto de sufrir --tras la conclusión del III, en enero de 2005-- una neuropatía diabética que me condujo al hospital y obligó a usar bastón. Pero mi amiga María Manuela --a quien le había prologado su poemario inédito-- ni siquiera preguntó por mi estado de salud, dejando de hacer aquella que en la presentación de mi obra “León de Nicaragua: tradiciones y valores de la Atenas nicaragüense”, en el Teatro Municipal José de la Cruz Mena, el 4 de septiembre de 2002, había expresado: “Bienvenido, doctor Jorge Eduardo Arellano, a este León Santiago de los Caballeros, en donde se le acoge con admiración, respeto y cariño por sus múltiples cualidades de historiador, ensayista, poeta e investigador. Con su prolífera labor ha contribuido al engrandecimiento de nuestra Patria”.
Finalmente, no puedo obviar estas palabras de Esthelita: “Si su seudónimo tiene como apellido Sandino, déjeme decirle que es la mayor ofensa que le puede hacer a nuestro héroe”. No: usted ignora mi labor de varias décadas consagradas al estudio del “Guerrillero de nuestra América” (2007), título de mi último y más acabado libro sobre el tema, elogiado y reconocido en acto público por el Presidente de la República el 21 de febrero de 2007. Nadie puede impedirme usar mi segundo apellido: Sandino, el de mi madre. Es como si a María Manuela le obligaran a abjurar del suyo: de la Selva. Sólo a una grandísima, o a veces pequeña macaquita se le podría ocurrir ese disparatito.
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