feb 23, 2008
“Todo vive en la realidad del poema”
Entrevista al escritor Erick Blandón Erick Aguirre | eaguirre@elnuevodiario.com.ni
Erick Blandón Guevara (Matagalpa, Nicaragua, 1951) es un poeta, narrador y crítico nicaragüense actualmente confinado en el claustro de profesores del Departamento de Lenguas y Literaturas Romances de la Universidad de Missouri, Estados Unidos, donde algunos compatriotas suyos tratamos de imaginarlo disfrutando de un “exilio académico voluntario”. Aunque él insiste en rechazar el término pues no se considera un exiliado: “porque estoy en permanente contacto con mi gente y con mi tierra.”
Las particulares clasificaciones generacionales de la literatura nicaragüense lo ubican en lo que se insiste en llamar la “generación de los 70”, que atestiguó y en gran parte protagonizó el auge y la caída de la dictadura somocista en Nicaragua. A pesar de haber sido un protagonista político activo de aquella época de cambios, la escritura de Blandón, sin resistirse a abandonar la temática o cierto espíritu político y aun ideológico, propendió siempre hacia una desenfadada intelectualización, propia quizás de su formación como profesor de literatura y de su naturaleza de creador.
Es autor de los libros de poesía “Aladrarivo”, (1975), “Juegos prohibidos” (1982) y “Las maltratadas palabras” (1990); del volumen de cuentos “Misterios gozosos” (1994), de la novela “Vuelo de cuervos” (1997) y del libro de ensayos “Barroco descalzo” (2002), constituido este último por sus tesis argumentales con las que obtuvo un doctorado o PhD en la Universidad de Pittsburgh. También tradujo del inglés la biografía “Carlos Fonseca y la revolución nicaragüense”, de Matilde Zimmerman (2003).
Es uno de los escasos cultivadores del poema en prosa en Nicaragua. En sus libros de poesía ha mostrado varias series de textos más o menos cortos, o de extensión más o menos regular, escritos a manera de prosa, y subrayo “a manera de prosa” porque en realidad son textos poéticos liberados de la versificación (aun de la versificación libre), construidos con un lenguaje cuidadosamente elaborado, lleno de imágenes y descripciones precisas. Sin embargo, aunque su libertad estructural y rítmica es evidentemente muy propia de la prosa, en realidad no carecen de la concisión, la condensación y la belleza de la verdadera poesía.
De sus primeros libros me parecen especialmente memorables algunos poemas de “Juegos Prohibidos”, como Negra o Tchaikovski en casa, por ejemplo. Son evocaciones entrañables de la infancia y de la juventud, pero tratados un poco ingrávidamente, con un tratamiento que despoja de cualquier rudeza prosaica los detalles recordados de la realidad, dejando en el texto solamente lo que la sublimidad de lo evocado o el reflejo de la realidad encendida por el recuerdo han dejado madurar.
Desde un inicio la crítica local reconoció cierto refinamiento intelectual en su poesía. Pienso que es talvez por esa constante recurrencia a referir textos y contextos clásicos o considerados “muy intelectuales”. Ahora, luego de un “intermezzo” novelístico, ensayístico y académico que comprendió varias publicaciones, ha dado a conocer un par de poemas que sugieren la existencia de otro libro de poesía (“Polvo enamorado”, parece titularse), en el que también persisten ya no tanto las evocaciones de la infancia, si no las invocaciones, digamos, “clasicistas” o las referencias “cultas” o “intelectuales” para contextualizar su mirada crítica en el presente.
De su novela “Vuelo de cuervos” se ha dicho que sintetiza una relación de las miserias humanas y el poder, y que es una carnavalización de la epopeya revolucionaria o una deconstrucción de la revolución sandinista. Sin embargo, me parece que de esta novela se ha hablado más que de la relación que hay, por ejemplo, entre la temática heterodoxamente erótica subyacente en mucha de su poesía con la irreverencia y mayor libertad con que Blandón trata el mismo tema erótico en su único libro de cuentos (“Misterios gozosos”).
Igualmente, me parece que tampoco se ha hablado mucho sobre los ensayos de “Barroco descalzo”, libro que en Nicaragua encendió brevemente una polémica acerca de la necesidad de diseñar una nueva genealogía de lo popular y hacer a un lado la forma en que ha sido abordado el tema de lo nacional en la crítica cultural nicaragüense. Una polémica que luego se vino apagando pero que ha gozado últimamente de ciertas intermitencias que a Blandón parecen alentarlo allá en su exilio.
A Erick le conocí cuando era dirigente del Frente Estudiantil Revolucionario (FER), en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), quizás recién graduado y ya profesor de la carrera de Español; luego lo encontré muchas veces en reuniones clandestinas, cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) lo enviaba a asegurar políticamente la organización de los jóvenes en los barrios de la capital, preparándonos para la lucha armada en la montaña o la insurrección definitiva en la ciudad. Desde entonces suele detenerse a conversar largamente conmigo acerca de nuestro derrotero como sociedad y, por supuesto, de literatura. Aquí una muestra de lo que últimamente insiste en formular:
-Hablanos de tus inicios literarios, que si no me equivoco también están unidos al inicio de tu activismo y militancia política en la época somocista ¿Por qué desde la carrera de Español?
Todavía al principio de los setenta la gente que tenía inclinación por la literatura se orientaba hacia la Facultad de Ciencias Jurídicas o la de Medicina. Eran muy contados los escritores que se sentían atraídos por la carrera de Español. No tenía el prestigio social de las profesiones liberales. Yo veía la posibilidad de concentrarme exclusivamente en los estudios filológicos, lingüísticos y literarios, y en el país sólo la UNAN-Managua ofrecía esa posibilidad. Michele Najlis era el ejemplo de lo que se podía alcanzar estudiando Español con una planta docente de expertos que encabezaba Fidel Coloma. La UNAN era, además, el único lugar abierto para el debate en aquellos años de represión política nacional y de efervescencia mundial; era cuando las ideas de izquierda estaban en el aire del tiempo. Tiempos en que por sobrevivencia personal y generacional teníamos que estar comprometidos con el cambio. La dictadura militar de Somoza había clausurado todos los espacios para los jóvenes, que masivamente comprendimos la urgencia de acabar con ella. La muerte era una compañera que viajaba con nosotros a todos lados. Así que la única manera de tomar la vida en serio era arriesgándola en apoyo y colaboración con los que marchaban a la primera línea de fuego. El asesinato de Ricardo Morales Avilés, un dirigente del FSLN decisivo para el aprendizaje de mi generación, fue un golpe brutal que hizo madurar la conciencia de muchos universitarios que veíamos en él al intelectual comprometido más completo, que siendo hombre de acción e ideas también era un poeta. Milité en el FER, primero como activista, después miembro de su Comisión Ejecutiva, luego como asesor, al tiempo que era organizador y propagandista en los barrios y servía de correo y enlace con los prisioneros de La Modelo (especialmente con José Benito Escobar y Daniel Ortega) o los compañeros en la montaña y la clandestinidad; y, en la etapa final de la lucha, en Washington D.C. Al mismo tiempo escribía y mostraba lo que hacía al profesor Guillermo Rothschuh Tablada y a Enrique Fernández Morales, que me orientaban; también publicaba en las revistas universitarias y en La Prensa Literaria. Con Beltrán Morales y Mario Cajina-Vega aprendí, lo que se dice un resto, a aguzar la mirada frente a la impostura. Pablo Antonio Cuadra muchas veces me estimuló en mi labor de poeta; pero fue con Carlos Martínez Rivas con quien llegué a tener una relación de amistad filial. Aun sin conocerlo personalmente, él me enviaba de Granada mensajes de aliento con mi gran amigo Juan Chow, hasta que un día se presentó ante mí en el Topkapi preguntándome a voz en cuello con sus modales de un perfecto gentleman: “¿Es usted the great young poet Erick Blandón Guevara?” Yo le respondí azorado y titubeante: “Sir, I just am Erick Blandón for you”. El venía con Noel Rivas Bravo, quien le había comentado que yo recién había regresado de Georgetown University, de hacer estudios de lengua inglesa; por eso el saludo en inglés. Y lo demás ya es una larga, entrañable y complicada historia. A veces acompañaba al Grupo Gradas, aunque nunca fui un miembro activo de ese movimiento en el que participaban Carlos Mejía Godoy, David McField y Rosario Murillo; aunque sí firmé algunos comunicados suyos. En algún momento estuve en una célula clandestina en la que también estaba Rosario, pero lo nuestro era el trabajo conspirativo.
-¿Por qué tu insistencia en el poema en prosa? ¿Una forma que busca su estilo?
Antes de dar con el poema en prosa hubo una serie de experimentos en verso. Yo buscaba la concisión de la imagen, fijarla como se fija el negativo de un daguerrotipo sobre una plancha de cobre. El poema era el lugar para un rito o una orgía adonde concurren las palabras, como los elegidos a un convite. El resto no hacía falta. He dicho que su materia era el llanto, la tristeza de la carne, la carcajada para corroer la seriedad de las instituciones. El gozo de contemplar lo extraño y saberse ajeno. Eso era preciso expresarlo en breve, con la intensidad o la extensión de un epigrama, aunque libre de la prisión del verso. Así vino “Tchaikovski en casa”, lo encontré redondo, como debe ser un poema; y me dije: ahí está. Eso es lo que buscaba; y me despedí de la versificación. Desde entonces no he hecho más que explorar distintas posibilidades en prosa; aunque de vez en cuando incurro en el verso. Cambio frecuentemente el modo porque basta que sienta que me etiquetan de determinada manera para que me empeñe en buscar otras. Ana Ilce me preguntaba cuándo iba a llevar un corte de pelo definitivo, yo le respondía que primero tenía que encontrar mi estilo. ¿Lo encontré en el rape? ¡Quién sabe!
-¿Considerás los textos de tus primeros libros como poemas, aunque estén escritos en prosa?
Aclaro que el primero, “Aladrarivo”, no es un libro, es una plaquete debida a la generosa amistad de Mario Selva, que quiso publicar algunos de mis textos, en verso y en prosa. Eran los días en que Beltrán publicó “Sin páginas amarillas”. Vivíamos en la casa de Marisol Morales y allí llegaba la poetada y los pintores; y entonces inventaron que había que publicar algo mío, que era el menor de la tribu. Después rehice o corregí algunos de esos poemas en prosa y abandoné los poemas en versos por demasiado herméticos. Nunca he vuelto a visitar “Aladrarivo”, aunque parece que su nombre hizo fortuna. En cuanto a “Juegos Prohibidos”, me place aun porque creo que no me desmiente; pero no lo leo; tampoco “Las maltratadas palabras”, donde creo que se me escaparon unos textos que hoy me apenan; aunque hay otros que me salvan de la infamia. Hay gente que me dice: recuerdo de usted tal poema de “Juegos Prohibidos” o de “Las maltratadas palabras”; y yo me asombro de que alguno de mis textos haya estado presente en el momento especial de una existencia, como la de alguien que al perder a su madre escribió y publicó en un diario una nota muy sentida partiendo de mi “Rosa de los vientos”. ¿Poema? En verso o prosa hay ahí una experiencia compartida con un lector o lectora, y eso define su status.
-¿Qué dirías como autorreflexión después de una mirada a tus tres libros de poesía?
Quiero “Juegos Prohibidos” porque me hizo feliz y duradero el nombre entre alguna gente. Pero es que los recuerdos son recortes que uno hace para defenderse de la agresión del tiempo; muchos de mis poemas son realidades ficticias, sobre personajes y situaciones que recreo, en donde hago concurrir caprichosamente elementos, que ya dentro del poema parecen experiencias personales. Esto ocurre con varios de los poemas de “Juegos prohibidos”, que en su mayor parte fue escrito en San José de Costa Rica, en una situación de incertidumbre y casi desamparo: entonces el mundo inventado es el de la felicidad del hogar de mis mayores. En cambio, en “Las maltratadas palabras”, la sección denominada “Transparencias”, corresponde a una situación personal y social, que mucho tiempo después voy a retomar en la novela “Vuelo de cuervos”. “Transparencias” es una serie de poemas en donde represento la dureza de la vida militar en la montaña, en condiciones de guerra, y hay nostalgia de la ciudad como objeto de deseo. Creo que ahí no perdí el sello, que es eso que vos llamas la sublimidad de lo evocado, a pesar de la fatiga y aspereza de la guerra.
-Recientemente has publicado textos que parecen pertenecer a un nuevo libro inédito. Parecés persistir en una poesía “intelectualmente refinada” y siempre escrita en prosa…
Vos me estás diciendo que hay en mí cierto refinamiento intelectual, cuando yo por el contrario me considero falto de latines. Aludo a lo que me circunda y nombro lo que haya que nombrar si así lo demanda el poema, venga de la cultura popular o de la cultura letrada, de la que indefectiblemente soy parte. No me preocupa si es objetivo o subjetivo lo nombrado. Todo es real, porque todo vive en la nueva realidad del poema. Se trata de crear a partir de mi propia subjetividad vital. La alusión clasicista puede ser una recreación de textos, fechas y nombres falseados, que adquieren peso histórico sólo dentro del poema. De mi poesía, diría que es lúdica, y que en ese juego, donde se gana o pierde, entra lo sensorial, el cuerpo como un lugar de revelaciones. Por lo demás, el último poema no es otro sino una variación del primero, como asegura el hijo de doña Leonorcita Acevedo.
-¿Aceptarías como término clave para concebir “Vuelo de cuervos”, la “carnavalización de la epopeya revolucionaria”?
Clave de carnaval sí, pero no de la epopeya revolucionaria, sino de su burocratización, de la cual no me excluyo. Tiene una arquitectura de múltiples planos. En el centro del relato, el desencuentro del proyecto revolucionario con la heterogeneidad constitutiva de la realidad nicaragüense. De manera simultánea, la desacralización de una conducción estancada en el ensueño de una patria roja y negra, cuando ya se habían socavado dramáticamente los cimientos sobre los que se había fundado el proyecto. La escena final quiere representar ese desencuentro con el Coro de ángeles ajeno a la ruptura, y trastornado danzando su propio baile. Es una carnavalización, no solamente por lo que tiene de esperpento, sino en el sentido de Bajtin, por su carácter dialógico, donde hay una multitud produciendo discursos, frente al monólogo del poder. En cuanto a la recepción de la novela, los hay que se han visto retratados en algunos personajes y la han emprendido contra el libro como el loquito contra los molinos de viento. Y me detestan, a lo mejor porque les aprieta el zapato. Mis lealtades no han variado. Antes de publicarla se la conté en resumen a Daniel Ortega que estuvo con su familia en mi casa de “La Epifanía” en la Semana Santa de 1997, cuando ya el libro estaba en imprenta. Y su reacción fue de aliento; pero no hemos vuelto a encontrarnos desde aquella vez. Sigo fiel a la amistad fraternal de Bayardo Arce y Doris Tijerino, a quienes tengo gran afecto, ellos son los dos dirigentes del Frente con quienes más cerca estuve antes y después del triunfo. Me quito el sombrero ante Víctor Tirado y Henry Ruiz. Siendo crítico de mis propios posicionamientos incorporo nuevos ítems a mi programa de vida, tratando de ser coherente con los principios que me llevaron a abrazar la causa de la revolución.
-En “Misterios gozosos” hay mucha provocación y cierta recurrencia de lo erótico, ¿qué buscabas decir?
En los cuentos de “Misterios gozosos” intenté la reflexión sobre la distancia que separa el discurso de los hechos cotidianos en la cultura nicaragüense. Me aproximo al tema erótico porque comprendo que el sexo es el lugar donde se enuncia la decencia. Ahí me apropio, para el relato, de los recursos del melodrama con el objetivo de llegar a un público amplio. Se trataba de poner en escena la doble moral en un contexto provinciano como el nicaragüense en el que se invocan unas instituciones sacrosantas que sus más altos dignatarios son los primeros en violentar, para ya no decir, la homofobia que está en la epidermis aun de las gentes que se proclaman más liberales. En breve, lo sexual como alegoría de un discurso suspendido o sin sustento en la práctica; y el machismo y la homofobia como la Peña del Tigre a la que nos encadenó el pensamiento colonial.
-¿He entendido bien si pienso que en “Barroco descalzo” denunciás el intento de silenciamiento o cierre de espacios a lo popular en la sociedad nicaragüense?
“Barroco descalzo” es el reconocimiento de que la invención de la llamada tradición nacional fue posible sólo después de que el Pacífico colonizó al norte y expolió al Caribe. La arcadia de los 30 Años Conservadores pasa por el genocidio que uno de los presidentes de la Calle Atravesada de Granada cometió en Matagalpa en 1881, matando a más de 500 indígenas que se resistían a desaparecer como etnia, que es decir como cultura autóctona con lengua propia, pero no europea. Del resto se encargaron los intelectuales, que veían el atraso en lo que no era mestizo. Ellos completaron la labor inconclusa de los conquistadores. Es natural que de eso no quieran hablar los herederos y sustentadores del discurso hegemónico; aunque hay una generación emergente con la que coincido “en espíritu y ansias”, que está haciendo su labor deconstructiva despacio y con buena letra, como quería Beltrán, entre los que te incluyo, igual que a Leonel Delgado Aburto, Raúl Quintanilla Armijo, Freddy Quezada y Aurora Suárez. La vieja guardia –de derecha o izquierda-, no importa la edad, está anclada en la tautología que los ex vanguardistas escribieron entre los años cuarenta y sesenta.
-¿Creés que actualmente se esté diseñando una nueva “genealogía de lo popular” en la cultura nica?
Ese paso está dado. Ahí tenemos el trabajo crítico literario de Leonel Delgado Aburto con “Márgenes recorridos” y su obra inédita sobre la cartografía del yo, que abarca la autobiografía desde el modernismo hasta el testimonio; tu libro “Las máscaras del texto”, que indaga desde una mirada inédita, entre otras cosas, la apropiación de la tradición oral por el discurso letrado. Y no para ahí, hay una nueva generación de estudiosos diseminados por el mundo estudiando la cultura de Nicaragua desde una perspectiva que trasciende el falo pacífico-centrismo y el mito mestizo de la tradición letrada. Nuevas interrupciones al discurso hegemónico que ponen en el horizonte otras perspectivas para entender las matrices sobre las que se asienta la fundación del Estado nacional, desde la inclusión de la heterogeneidad constituyente. Pienso por ejemplo en el trabajo que adelanta Sylvia Tórrez sobre los Sutiava. En el campo de la crítica literaria los tradicionalistas no han podido liberarse de la anécdota y del chascarrillo, cuando no del insulto como dispositivo crítico.
-Alguna gente te esperaba ver en el Festival de Poesía de Granada ¿Algún inconveniente o te rehusaste a venir a propósito?
Desde el principio Gloria Gabuardi y Francisco de Asís me han invitado con especial deferencia y cariño. Lo agradezco de corazón. Este año sopesé la posibilidad de asistir; pero no logré verme leyendo poemas en una actividad concebida como “la Principal Oferta Turística Cultural de la Región Centroamericana”. No digo que los demás no deban ir, incluso los que no siendo invitados y que se contentan con hacer sus festivalitos en el mismo contexto. Enhorabuena. Yo no soy nadie para esperar que todos compartan mi desafección al bullicio del Shopping Mall. Al fin y al cabo, de acuerdo con García Canclini, el consumo y el mercado son los lugares donde hoy se adquiere y ejerce la ciudadanía. Visto desde otra perspectiva, si Frederick Jameson dice que estos son tiempos de parodia, vemos a los poetas del tercer milenio volviendo, como los juglares medievales, a las plazas y mercados. Yo me veo entre los que prefieren el repliegue. Hay una tercera arista en el Festival, y ésta se me representa como graciosa ironía de la historia: en su juventud los poetas vanguardistas satirizaban y fastidiaban a los comerciantes granadinos (nadie ignora que pasaban por el almacén del abuelo de Francisco de Asís Fernández, Don Dolores Morales, gritándole: “Adiós Don Placeres Físicos”); hoy Asís convoca a los poetas a aumentar las ventas de los negociantes radicados en Granada ¿Justicia poética? ¡Quién quita!
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