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Nuevo Amanecer
feb 23, 2008

De senectute

Acerca de la vejez en “Oh, Divina Soberbia”, novela de Herman Ríos que será presentada este lunes 25 de febrero, a las siete de la noche, en el Banco Central de Nicaragua

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Tras recordar que “De senectute”, de Marco Tulio Cicerón, es la única obra latina exclusivamente consagrada a los ancianos, el historiador francés George Minois* afirma: “puede parecer extraño que la civilización romana, tan severa con los ancianos, haya producido esta extraordinaria apología de la vejez, única por muchos conceptos. Por el lugar que ocupa en la literatura, por la calidad de su estilo y su argumentación, la obra representa un hito esencial en la historia de los ancianos.”

En efecto, la obra de Cicerón es un elogio a la edad avanzada, puesto en boca de Catón, que lleva alegremente su abultada edad. El planteamiento fundamental es que, aunque resulte evidente que la vejez nos quita fuerzas, el vigor intelectual subsiste mucho después de que ha desaparecido el vigor físico. Se deduce de ello que, aunque es el preludio de la muerte, a la vejez no hay porqué temerle. Según Cicerón, la muerte es un sueño si el alma perece con el cuerpo. Por el contrario, si el alma no muere y permanece, nos da felicidad eterna.

Sin ánimo de hacer comparaciones y estableciendo juiciosamente las salvedades en tiempo y espacio, debo señalar a propósito, que precisamente en el tema de la vejez es en lo que profundiza con mucha habilidad, sentido del humor y encomiables dotes narrativas, el escritor Hermán Ríos en esta novela titulada “Oh, Divina Soberbia”, que además nos demuestra con contundencia que, en el extremo final donde concluye el lapso accidentado de nuestras vidas, la muerte no es el único horizonte.

Los principales protagonistas de esta novela son cuatro ancianos torturados por la vejez, pero reivindicados por sus recuerdos, sus sueños, sus emociones, su pasión por la vida y sus disímiles tributos; pero también por su amor a la tierra que los vio nacer. Son seres alegremente decrépitos que se empeñan, sin embargo, en creer que el final de sus vidas no tiene porqué ser un deslizamiento oscuro y vertiginoso hacia la muerte.

El soberbio y otrora poderoso y caudillesco don Ruy Floresrubio, el discreto y servicial Leuco Carbonero, el sabio y sarcástico maestro Federico Frontera y el afeminado y noble Adonis Solón, todos pasando la raya de los ochenta y tantos de edad, y a pesar de su evidente decrepitud, con sus diálogos y barruntadas otorgan un vigor excepcional a esta novela, en cuyo final todos ellos obtienen el privilegio de elegir sus propios destinos, después de permanecer por mucho tiempo enclaustrados en el asilo La Loma de Angelina, en las afueras del pueblo de Quebrada Alegre.

Antes de su misterioso y aparentemente feliz destino, los cuatro ancianos deambulaban aburridos y enfermizos por los pasillos y jardines del asilo, hablando en sueños durante largas noches delirantes en el dormitorio colectivo, consolándose y cuidándose mutuamente; a fin de cuentas esperando, como una señal secreta, la posibilidad del encuentro con su sino, que luego de una loca y quijotesca huida de don Ruy Floresrubio se revela como una desaparición misteriosa en las aguas cristalinas del lago que embellece a su natal región de Valles y Llanuras.

Antes de eso los cuatro penaban, con su vejez a cuestas, por el asilo, con una sensación física y espiritual de decadencia pegada tenazmente a sus arrugados pellejos, en medio del apacible silencio de los demás ancianos. Casi se siente, en muchos pasajes del libro, la respiración dificultosa de los simpáticos ancianos, su angustia ante el acortamiento acelerado de sus últimos días, y todo por virtud de un narrador que nos va detallando, con una claridad y un realismo sorprendentes, los achaques y los repugnantes padecimientos de la vejez.

La cotidianidad miserable del asilo, sin embargo, viene a ser atenuada por la amistad, la solidaridad, la comprensión de las virtudes y defectos humanos que todos compartimos, avivados por destellos de entusiasmo que a veces se desvanecen, dando paso a la desesperanza, pero que, al igual que la felicidad, aparecen otra vez, intermitentes, aún en el ocaso de sus vidas.

Aunque goza de una prosa amena y limpia, así como de fehacientes muestras de capacidad narrativa, con diálogos dinámicos y claros, con descripciones vívidas y diáfanas, esta novela en realidad no pretende establecer innovaciones de orden estético en la narrativa de nuestra época. Tampoco pretende interrogarse ni interrogarnos sobre aspectos de forma o fenomenología. Como los ya “clásicos” novelistas de la primera mitad del siglo veinte hacia atrás, su atención se fija preferentemente en el contenido, o en el trasfondo de un mensaje que trata de sensibilizarnos con una moral determinada o sugerida por el autor y sus particulares percepciones acerca de la “condición humana”.

Un narrador omnisciente da voz a cuatro ancianos decrépitos pero llenos de la felicidad, el dolor y las insatisfacciones que cargan como corolario de sus propias vidas. En medio de esas contradicciones que los conmueven por dentro y los hacen explayarse en largas y emotivas conversaciones llenas del rico acervo vital y de la sabiduría propias de la senectud, también interactúan con otros personajes de distinta condición, como el director del asilo estigmatizado por la Iglesia local por su semiclandestina relación con doña Berna, su amante y secretaria, a quien los ancianos absuelven y despojan de toda posible y ridícula onerosidad social; o con el jesuita agudo y comprensivo que se convierte en su amigo y que los salva de la estrechez de visión de los máximos representantes de la Iglesia.

En esos largos y divertidos diálogos llenos de humor, acidez e inteligencia, los ancianos y sus contrapartes dan rienda suelta a los anhelos, deseos y propuestas más delirantes, imbuidos de un espíritu de picardía y carnaval que, en este caso, no indica necesariamente la idea de fiesta o desparpajo, si no de desenmascaramiento y de ruptura moral y social. En ese sentido, esta novela puede leerse como la representación del mundo visto desde el ocaso de la existencia, pero en un doble juego interesante en el que estos cuatro vejetes logran transgredir los valores establecidos y los estereotipos con que se suele encasillar a los seres que llegan a la llamada “tercera edad”. Sus personajes alteran las normas preestablecidas por la sociedad y sus instituciones y se liberan de los esquemas que pretenden segregarlos.

La novela es una especie de revalorización literaria del tema de la vejez, la senectute, ese estado de la vida que tantos desprecian o temen sin razón. Su intención parece ser trastocar el orden social que pretende confinar la ancianidad a un espacio estrecho y pasivo, sin otro horizonte visible más que la muerte, y no un espacio lleno de abundante perspectiva, de memoria ebullescente, de recuerdos y sueños; un espacio donde siempre es posible imaginar nuevas cosas, donde se puede romper y violar las convenciones estrechas que con frecuencia la sociedad nos impone.

En este asilo imaginado por Su Excelencia don Ruy Floresrubio como un purgatorio, el mal parece esconder el bien, y viceversa. El orden de valores convencional parece invertirse o trastocarse poco a poco, y lo habitual y rutinario finalmente aparece ante nuestros ojos como algo extraordinario: vida y muerte, nacimiento y resurrección reinvidicados como un todo amalgamado, en el cual, como diría Cicerón, el alma no muere y permanece en la felicidad eterna.


* George Minois (Histoire de la vieillesse. De l’Antiquitè à la Renaissance. París,1987; ed. esp.: Madrid, 1989)
Enero, 2008.-



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