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Nuevo Amanecer
feb 23, 2008

Tenía un flujo de sangre

Para Lola.

David Ocón

“Tenía un flujo de sangre”, tirada en el suelo la mujer vio los pies del Maestro bajo el ruedo del manto en el polvo del camino. Aunque sólo roce ese borde, sé que me curará, decidida se arrastró para alcanzarlo, pese a los sapos y cepillos que lo rodeaban y querían apartarla. Déjenla acercarse, los cabrones se detuvieron, ella alzó la vista y oyó sus palabras, “tu fe te ha sanado”.

Cuántos años pasó aguantando el fluir nocivo de su sangre contaminada, oscura y espesa por alguna enfermedad mortal, “los soles del rojo verano y las nieves del gélido invierno”, diría Darío, en esos pueblos de Israel de mala muerte al borde de pedregales desiertos oyendo el balido de las cabras y los gritos del pastoreo. “Tenía un flujo de sangre”, el Evangelista no precisó el mal, el goteo constante era sólo un efecto, ¿qué lo causaba? ¿Dónde estaba el origen de esa fuente? Marea, pleamar, creciente, marejada, efusión, derrame, salida, de tantos sinónimos sirven los dos últimos, sangre derramada en plena calle, saliendo, fluyendo del organismo enfermo.

Espectáculo deplorable, pelo en la sopa en la campaña del Profeta para anunciar el reino, la buena nueva. A los pendejos acompañantes no se les ocurrió que el tal reino importa madre si la carne sufre y no es capaz de contener al espíritu en estado de gracia gozando de buena salud. Permanecer impura, contaminada, era suficiente motivo para marginarla, desterrada de los quehaceres y las fiestas, de la recolecta del trigo en los campos, del corte de los racimos tupidos en las viñas, de escardar lana, acarrear agua del aljibe y ponerse hermosa para danzar con los mozos más bellos celebrando la vendimia.

Precisamente a él lo conoció en la mañana, a la hora de arrancar los frutos, vio sus ojos verde claros transparentes como las uvas apretadas de los gajos, era primo de Ruth, la extranjera de Moab en tránsito a Egipto. El Faraón convocaba artistas destacados para ornamentar su tumba del Valle de los Reyes, las últimas fases del trabajo requerían pintar murales ilustrando el viaje del soberano a la eternidad. Las plantillas mostraban personajes de perfil, hieráticos, dibujados casi a regla y escuadra dispuestos en franjas horizontales alineadas ante la divinidad de Osiris y Amón-Ra.

Ella sabía que un pinche mes lo tendría, treinta días con sus noches antes de partir al Imperio obcecado por la otra vida, con súbditos maquillados, ritualistas de la muerte idólatras de gatos, escarabajos y halcones embalsamados. El muchacho no perdería la ocasión de ganar fama y buena plata arriesgando el pellejo al pasar los peligros del Sinaí lleno de tribus beduinas nómadas y asaltantes.

Quedó llorando junto al pozo del campo de Zoar hasta que al joven lo perdió de vista tras las dunas cuando le llegó el recuerdo del semen tibio derramado en su vientre como una dulce marejada sintió temblor en todo el cuerpo, la respiración entrecortada y entonces le vino el flujo. Nunca lo vería más.

¿Anecdótico? ¿panfletario?, vale verga, con la frase “tenía un flujo de sangre” el apóstol escribió el cuento más corto y triste de la historia, su piedad une tiempos distantes. “Tenía un flujo de sangre” y creyó en milagros.


Managua, 24 de enero de 2,008.



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