Estampas de Finlandia País de los mil lagos
Esta semana EL NUEVO DIARIO le invita a conocer Helsinki, Finlandia, el país símbolo del respeto a la naturaleza en el mundo Eduardo Marenco | emarenco@elnuevodiario.com.ni
Helsinki, Finlandia
Volar hasta Helsinki es extenuante. Implica viajar a lo largo de 24 horas, tomar tres vuelos distintos (Managua-Houston-Ámsterdam-Helsinki) y más de quince horas y media de vida en el aire. Y en este caso, se agrega el volar de oeste a este, en contra del movimiento solar, los husos horarios estallan en pedazos y a uno le toca estar en vela cuando debería estar dormido.
Es un viaje, desde el punto de vista físico, inhumano. Así lo he pensado en el vuelo a Ámsterdam, desde el asiento 29 B, entre la ventanilla y el pasillo del avión de KLM, a lo largo de nueve horas consecutivas. Y así lo ha reconocido Matti Nieminen, el funcionario de la cancillería finlandesa que me ha recibido en el Hotel Gran Marina de Helsinki. Cuando dejé Managua, en semana de Pascua, hacía 32 grados de temperatura y el sol nos achicharraba. Cuando llegué a Helsinki, hacía -2 grados, no había sol y nevaba.
Estuve tres días en la ciudad puerto del Mar Báltico, el país frontera entre la Union Europea y Rusia. Cuando llegué a Helsinki me impresionó el silencio --era un día feriado--, la soledad de las calles, los últimos vestigios de la nieve de invierno y de inmediato se nota el estoicismo que exige al ser humano vivir en uno de los países más fríos del planeta.
El invierno había sido débil, ya que casi no nevó --algo muy inusual atribuido al cambio climático-- pero al día siguiente de mi llegada, para suerte mía, se dejó caer la primer nevada de mi vida, que enterró decenas de automóviles, sepultó a la ciudad en un mar de escarcha y hielo y me borró para siempre la idea romántica que se tiene desde niño sobre la nieve: es realmente bella, pero es completamente hostil con el ser humano, que se ve obligado a usar sus mejores recursos para sobrevivir a la falta de luz, al frío inclemente y a la nieve eterna.
Desde la ventanilla del hotel, en la madrugada del miércoles, vi la ciudad sepultada bajo un velo blanco, el crucero sueco magnificado por el resplandor y la ciudad vacía, de modo que no pude dejar de sentirme en Nieve, la novela de Orhan Pamuk.
De esas condiciones extremas en que les toca vivir, proviene posiblemente la esencia del alma finés: un estricto sentido práctico de la vida cotidiana y un estoicismo con cierto sentido trágico de la vida, lo que se refleja en las pinturas de Pekka Halonen en cuyos cuadros las mujeres no sonríen, abrumadas por el trabajo en la finca y el cuido de los niños, como lo pude ver en el Museo de Helsinki, junto a varios cuadros de Paul Gaguin, Van Gogh y Chagall. Es un país…Finlandia es mayoritariamente un país campesino, por sus bosques y mares, por sus islas y más de dos mil lagos. Es un archipiélago nórdico donde hay más saunas per cápita en el mundo, de hecho hay más saunas que gente, según datos oficiales, porque cada familia tiene hasta dos saunas, en su casa de verano y en su residencia habitual.
Un país donde habitan más o menos cinco millones de personas, es también uno de los más pequeños y despoblados de Europa, ha sufrido un asedio histórico de Suecia y Rusia, es mayoritariamente luterano, con uno de los mejores índices de equidad y bienestar de mundo, son amantes de la Fórmula 1, del sauna, y reconocen con su fino particular sentido del humor que la depresión es la enfermedad nacional por excelencia, a causa de la falta de luz solar por tiempos tan prolongados, el frío y el silencio de la nieve.
A pesar de la inclemencia del clima, es un país de hermosos paisajes, gente muy cordial, educada, que le da un gran valor a la palabra, a la confianza interpersonal, y con uno de los mejores índices de seguridad en el mundo, al punto que --y esto no se lo digan a nadie-- en sus fincas dejan la puerta sin enllavar, con una escoba afuera, en señal de que han salido y que pronto volverán.
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