abr 19, 2008
La última copa
Félix Navarrete
Joaquín venía oyendo golpes en la puerta desde hace rato, pero no les hizo caso. Deben ser los tábanos, pensó. Como celebré mi cumpleaños, creen que tengo riales, dijo en voz alta. Había bebido como caballo con sus amigos y los ojos se le cerraban de sueño. Llevaba varios días sin dormir pensando en locuras. Hasta que decidió abrir la puerta y miró una sombra blanquecina, con un tridente en la mano derecha y un sombrero grande que le cubría la mitad del rostro. Nunca lo había visto en su vida. Afuera, el cielo era una pizarra gris, sin estrellas. La calle estaba oscura y las casas vecinas parecían pequeñas tumbas. Era la medianoche.
-¿Qué quieres? -le dijo con desgano-. Estoy borracho y no tengo ganas de platicar con nadie, menos con un desconocido. -Soy La Muerte -le respondió el hombre con amabilidad-.Su voz sonaba hueca, impersonal, asfixiada, como si estaba metida dentro de un pozo. Joaquín se apartó de la puerta y le pidió que entrara y se sentara. Una débil bujía iluminaba parcialmente la sala. Le dijo con socarronería: “Te he estado esperando desde hace algunos días”. Aunque de muy buena gana, hubiera querido decirle que se marchara y que viniera dentro de veinte, treinta, cuarenta años, porque tenía mucho que hacer, era un hombre que no le tenía miedo a nada ni a nadie.
La Muerte intentó con una caballerosidad inusual darle explicaciones sobre su tardanza, pero Joaquín le dijo que estaba consciente de sus múltiples ocupaciones y de lo difícil que era transportarse de una ciudad a otra, a pie, con este clima, y aún más difícil todavía, persuadir a la persona de que su vida había acabado. Era una tarea casi imposible.
Al ver que Joaquín parecía ser un hombre comprensivo, diferente a los que había visitado en noches anteriores por siglos, La Muerte decidió ensayar por primera vez sus escasas normas de cortesía, recobrar su dosis de humanismo, y le dijo: “No te apures. Tómate tu tiempo. Escribe con tranquilidad la carta que le dejarás a tu familia, y nos vamos al amanecer “. En realidad, nunca le había dado una oportunidad a nadie.
Entonces Joaquín tuvo una idea genial. Pensó en jugarle una trampa. La invitó a una copa de vino. Así soportaban el frío de la madrugada y se conocían un poco mejor mientras amanecía. La Muerte, respondiendo a la cortesía, se quitó su abrigo gris y su sombrero, y hasta entonces Joaquín notó que había estado conversando con un cuerpo blanquecino del que guindaban algunos guiñapos de piel. Se fue a la cocina y preparó en cuestión de segundos dos copas de vino, vertiendo en una de ellas unas cuantas gotas de cianuro que tenía guardado desde hace tiempo, por si le asaltaba la idea de suicidarse. “Ya no habrá más tristeza en el mundo”, pensó.
Antes de brindar, La Muerte, siguiendo con las normas de la cortesía, le dijo que del lugar de donde venía acostumbraban a intercambiar las copas. Joaquín no tuvo más remedio que hacerlo, y mientras el veneno corría por sus venas, La Muerte se dio cuenta del craso error que aquel había cometido.
-Que vaina -dijo la Muerte, mientras lo miraba agonizar en el suelo, con unos ojos de sorpresa, mientras las luces de la mañana se filtraban en la sala-. ¡Cuando comenzaba a caerme bien!.
(Del libro inédito Fantasías Urbanas)
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