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Nuevo Amanecer
may 24, 2008

Cuidado con J. M. Coetzee

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Erick Aguirre
Durante una visita a México en diciembre de 2003, tuve la oportunidad de ver y escuchar durante una hora, en un programa televisivo de entrevistas conducido por el ex director de la revista Nexos, Héctor Aguilar Camín, al escritor peruano Mario Vargas Llosa, quien pisaba suelo mexicano por primera vez después de una tempestuosa salida, llena de tensiones políticas con el gobierno del PRI, casi una década atrás. La noche anterior había tenido también la oportunidad de verlo en persona y escuchar su intervención en un coloquio organizado por el PEN Internacional, en el Palacio de Bellas Artes.

Tanto en el debate como en la entrevista me resultó un poco irritante la insistencia del novelista, en minimizar o eludir las terribles secuelas del antiterrorismo global que para entonces desplegaba con ímpetu inicial el gobierno de George W. Bush. Sin embargo, no puedo negar que disfruté mucho de la charla y del panel de escritores, en el que además participó la novelista sudafricana Nadine Gordimer, quien sí puso el debido énfasis en el preocupante deterioro de los derechos y las libertades humanas en el mundo, como consecuencia de la política imperial estadounidense después del 11 de septiembre; y además advirtió los peligros derivados de atacar torpemente el hambre y la inseguridad con armas, y no con equidad bilateral o ayuda alimentaria.

Aunque en la conversación con Aguilar Camín se le dedicó gran parte del tiempo a la situación de la democracia y la cultura en México, así como a otros temas generales y particulares de la literatura, me llamó la atención que ocuparan buena extensión de tiempo para hablar del escritor sudafricano J.M. Coetzee, a quien le fue concedido el Premio Nobel de Literatura ese mismo año. Esa noche, Vargas Llosa dijo de Coetzee que era uno de los mejores novelistas vivos en el mundo, lo cual, aparte de que alguien pudo haberlo dicho antes en algún artículo del Sunday Times, viniendo de él, que se dice uno de los mejores conocedores del arte novelístico en el hemisferio, daba mucho en qué pensar.

Por pura casualidad, cuando en la mañana siguiente me detuve ante un kiosco de revistas y periódicos en la zona sur del Distrito Federal, en busca del más reciente número de la revista “Letras Libres”, que dirige Enrique Krauze; encontré un artículo extenso de Juan Villoro dedicado al nuevo Premio Nobel, en el cual parecía compartir con Aguilar y Vargas Llosa una vieja admiración por el laureado escritor sudafricano, que entonces para mí --lo confieso-- era un completo desconocido.

Por razones de mi siempre caótica organización personal, ese año 2003 abandoné México sin poder obtener al menos un libro de Coetzee, para confirmar el entusiasmo con que escuché hablar de él a tan reputados escritores. Ya sabemos que el Premio Nobel de Literatura siempre trae consigo el súbito empuje de la promoción editorial del autor laureado, así que en mi siguiente viaje, esta vez a un encuentro de escritores centroamericanos y españoles en Madrid, pude obtener sin dificultades un par de sus novelas y me propuse leerlas de inmediato.

Compré “Elizabeth Costello” y “Desgracia” en la Casa del Libro de Madrid, y leí la primera durante el viaje de regreso a Managua. Dos cosas me hicieron recordar entonces a Nadine Gordimer: una, la descripción tanto física como intelectual del personaje Elizabeth Costello, una reconocida escritora australiana de setenta años, que debe atender constantes invitaciones a conferencias y homenajes académicos que la hacen enfrentarse a sus profundos dilemas morales y literarios; dos, el perfil tan magistralmente trazado de Costello me hizo a su vez evocar, inevitablemente, la figura de Gordimer durante la conferencia anual del PEN en México, donde también la escuché alabar “la elegancia y la brillante maestría” en la prosa de Coetzee.

Leyendo “Elizabeth Costello”, uno se da cuenta por qué Carlos Fuentes considera a Coetzee un escritor para escritores o “el escritor de los escritores”. Vemos desenvolverse con cierta dificultad en la novela a una escritora pugnaz e inteligente, a una anciana sabia y serena cuya aparentemente frágil sensibilidad y su secreta tendencia al autocuestionamiento, se ven constantemente enfrentadas a las frías abstracciones con que académicos, periodistas, incluso los lectores mismos que han admirado sus novelas, y hasta los miembros de su propia familia, intentan rebatir su personal visión del mundo y de la humanidad.

Se discute o se debate aquí, siempre rodeando o aludiendo al tema central de la literatura, acerca del realismo y la posibilidad o imposibilidad de existencia autónoma de las ideas; de la novela y sus incontables (y probablemente también imposibles) intentos de comprender el destino humano; acerca del hombre y su pérdida de humanidad bajo diversas circunstancias, sean éstas las de establecer campos de exterminio de judíos en un contexto de guerra, o la de criar y exterminar, en un círculo sin fin y con la misma sistemática crueldad, a millones de animales en mataderos, barcos pesqueros o laboratorios del mundo entero, para alimentar la insaciable demanda de la industria alimenticia.

Uno de los temas fascinantes en los que esta anciana escritora se ve envuelta, en medio de cansados e incómodos debates ante auditorios más o menos eruditos que supuestamente la admiran y quieren rendirle honores, pero que “piensan en ella como una foca de circo vieja y cansada, que debe tirarse una vez más al tanque de agua y demostrar que puede mantener la pelota en equilibrio”, es el tema del mal.

¿Qué es el mal? ¿Una entidad negativa, un accidente, una elección, una fatalidad, un vacío, una facultad divina? ¿O sólo es parte de los procesos naturales de crecimiento y corrupción de los seres humanos? Son las preguntas a las que voluntariamente se enfrenta Costello al ser convocada a una conferencia, en la que uno de los escritores invitados es precisamente el autor de una novela, cuya descripción de las crueldades nazis contra un grupo de conspiradores que intentaron asesinar a Hitler le parece obscena, cruel y degradante. Coetzee utiliza al personaje Costello para interrogarse e interrogarnos acerca de los límites morales de la literatura, para reflexionar y hacernos reflexionar sobre la naturaleza del mal y sus voceros literarios.

Así como en “Desgracia” (que leí inmediatamente después) subyace una alegoría del constante despotismo que el “hombre civilizado” ejerce sobre los grandes grupos segregados, sobre los “condenados de la tierra” sumidos en el desprecio social, la ignorancia y el infinito empobrecimiento; en “Elizabeth Costello”, Coetzee conduce al lector a una reflexión inexorable y profunda acerca de los dilemas no sólo formales, sino sobre todo morales, a los que se enfrentan quienes nos narran historias ficcionales o nos ilustran sobre ellas en las aulas de clase.

David Lurie, protagonista de “Desgracia”, es un profesor universitario de unos cincuenta años; blanco, de Ciudad del Cabo, autor de tres libros casi intrascendentes, que aspira dedicarse a escribir una gran biografía del poeta Lord Byron. Es un hombre racional, culto, “moderno”, pero debe enfrentarse a las dilucidaciones morales derivadas de la denuncia y consecuente exposición pública de sus relaciones íntimas con una alumna.

Más todavía: en su huída del problema hacia la “Sudáfrica profunda”, la violación de su hija (una joven de ideas también “civilizadas”, cuya noción de tolerancia la ha llevado a consagrarse a una vida de granjera, rodeada de nativos aparentemente amables y taciturnos) por un grupo de negros, lo lleva a hundirse en el corazón de una sociedad post apartheid, cuyos códigos de comportamiento están cambiando implacablemente, y terminan por destruir sin piedad todas sus nobles y asépticas creencias.

Ambos personajes (Elizabeth Costello y David Lurie) son en realidad escritores enfrentados a una cuestión básica de su condición: el significado de ser intelectual en el mundo de hoy. Ambos se sitúan frente al dilema de representar un mensaje o un enfoque de la realidad, y al mismo tiempo, reflexionar concienzudamente sobre sí mismos y sobre el público o los grupos a los que se dirigen.

Vargas Llosa dice que hay que tener cuidado con personas como Elizabeth Costello: su idea de la literatura, aunque piadosa y “humanitaria”, puede proponernos una vida rutinaria y conformista, y hacer de los lectores seres menos libres. Y tiene razón. Pero yo digo que hay que tener también cuidado con personajes como el propio Vargas Llosa (no el novelista, sino el ente político), pues intentar eludir el tema del antiterrorismo global (devenido en terrorismo) de la administración Bush, puede proponernos la idea de que el escritor no es un agente moral, sino un simple servidor del poder.



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