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Nuevo Amanecer
jul 5, 2008

Ansioso escritor y lector en busca del origen

Jorge Eduardo Argüello:

“Me ha penetrado algo, ¿Sería la palabra que no podré decirla?... Mariana Sansón (1918 – 2002)


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Francisco Arellano, Lidia González, Jorge Eduardo Argüello, Francisco Bautista Lara.

Jorge Eduardo Argüello, poeta, maestro y narrador, vive en la distancia, entre el inglés de la conversación cotidiana y la rutina absorbente norteamericana, añorando, ansiando con irrenunciable entusiasmo, volver; calculando el tiempo, recordando el pasado, metido en el silencio que no lo deja, porque viaja con él, escapando cuando puede al bosque, entre los árboles, a la orilla del mar profundo, sereno o embravecido y azul. Escribe en español y lee, incansablemente, durante las noches después de la jornada laboral que las obligaciones imponen; en su soledad se acompaña, haciendo de ferretero, juntando después, entre los libros, novelas, poemas y su diccionario de cabecera, las piezas y herramientas de una nueva creación.

Escribe en su libreta con la misma pluma de siempre, inseparable e inagotable. Siente que su tiempo vuela en esta edad de la vida que percibe agitada de imaginación y creatividad, fluyendo persistente en los manuscritos del cuaderno que le acompaña; cree que tiene mucho que decir, por lo vivido tan intenso y disgregado, contradictorio, errático y certero, por aquí y por allá, lo visto, leído, escuchado, pensado y sentido, los tropiezos y fracasos, los entusiasmos e inesperados encuentros placenteros, que en un paso de caminos nos esperan a la orilla como una flor del campo, silvestre, fresca y agradable de cortar y llevar. Corrige y transcribe y vuelve a corregir, tacha, tira y rehace, en el eterno ciclo de la creación literaria, siempre inconclusa, como lo reitero en mi último libro de narraciones breves de ficción: Inconclusos…
Este hombre, de muchas andanzas y confusiones, desde caminos distantes regresa a lo simple; vivió intermitentemente en la niñez y la adolescencia entre los algodonales extinguidos de su padre, de los rancios despilfarros de la nueva burguesía y la vieja oligarquía que le hastiaron con su superficialidad e hipocresía, y las prolongadas y variadas discusiones literarias de su madre, la poeta leonesa Mariana Sansón, que le despertaron esperanzas e inquietudes. Allí escuchó hablar de poemas y poetas, mientras la señora de la casa, cocinaba y atendía a los invitados e inesperados asistentes, se vio obligado a prestar atención y hacer lo que ahora hace en sus espacios de relajación y quisiera, con prontitud, en la búsqueda de su origen, hacer con dedicación absoluta, contar y escuchar, leer y escribir, desde un acogedor refugio “bajo el nicaragüense sol de encendidos oros”.

J. E. Argüello Sansón nació en León, en junio de 1940. Ha sido incorporado este año del 80 aniversario de la instalación de la Academia Nicaragüense de la Lengua (31 de mayo de 1928), como miembro correspondiente. Hace unos meses, igual fue, con su amigo de frecuente comunicación Guillermo Menocal, su vecino granadino, quien ahora habita como él, por los gajes del destino o las inexplicables decisiones propias y de las circunstancias, en la California de Jonh Steinbeck.

Es autor de “El cerebro de Rubén Darío” (2002), tragicomedia en tres actos, recreada con el regreso en tren desde Managua del poeta enfermo de muerte a León, a principios de 1916. “El poeta ese que adora a los cisnes”, decían las matronas con desprecio. Don Luis, el Sabio, médico y padre de Margarita, promueve la recepción, el Presidente atiende personalmente el asunto, el Embajador Sanders, la esposa del poeta, Rosario, todos conspiran en secreto para extraerle el cerebro al morir. Quieren sacar provecho a la fama del poeta, brota de sus gestos la hipocresía leonesa… Rubén divaga, no deja de lamentarse, “llévame a León, ahí debo morir en sus calles de oro…bajo el brillo del diamantino cielo bajo torbellina fuente”.

Su primera novela, recreada en la década del cincuenta: “Los Héroes de algodón”, publicada en 2006, aunque fue escrita casi treinta años antes, narra la vida de Raúl y su familia, hijo de Don Enrique un próspero leonés. ¿Cómo obtuvo la tierra el patrón?, absorbido por “la gloria del boom algodonero” que había cambiado las costumbres de manera sorprendente, “una juventud llena de riquezas, pero vacía, sin gloria, sin objetivo”, eran los hijos de quienes explotaban al necesitado, sin batalla y sin honor, que cobraban fama “de verdaderos héroes del algodón”.

Fue aquella “una lucha en una jungla humana llena de complejos coloniales, una enorme pesadilla tropical… el algodón era un negocio deshonesto”. Al padre, indiferente, despiadado, egoísta, estrafalario, adinerado, “le interesaba el orden y la seguridad, y eso lo daba la Guardia que apoyaba a la dictadura”. La madre, lectora, ingenua, frívola y jugadora de canasta. La doble moral, los falsos valores, la expropiación y explotación de los trabajadores agrícolas, la brutalidad, las protestas estudiantiles, la muerte del dictador, la soledad, se recogen en el contexto del relato. El muchacho no soporta, huye, escribe: “El algodón me tenía hastiado, viví en una sociedad podrida…” El mandador era la representación legítima del algodonero en el campo, quien preservaba la autoridad del dictador, una alianza de intereses que contribuía a acrecentar el poder a conveniencia.

En otra novela publicada --“El último habitante” (2007)--, los algodonales continúan en el fondo de la historia. Escrito en primera persona, por un joven de 14 años, quien cuenta que su madre es escritora, poeta, pensativa, curiosa, dada a la superficialidad, como ellos, amante del mar; su padre un hombre práctico, de fantasía bélica, violento, rico algodonero. En sus vacaciones familiares en la casa del mar, mientras buscaba cangrejos en los recovecos del playón, encuentra un vestido de mujer manchado de sangre, y a unos hombres, que refugiados en el manglar, golpeaban a otro. Aquello estaba vinculado a la represión somocista en ocasión de la rebelión de abril de 1954, conllevó a una investigación de la guardia y al uso de las influencias del padre para evitarse problemas. Sus padres se divorciaron, sintió lastima por él, abandonado entre el dinero y el poder, su madre encontró que alguien más la escuchara y se enamoró. El joven recuerda esas últimas temporadas juntos de manera especial, encontró el amor de su vida… Quiso ser dueño de su destino, se fue, muchos años pasaron, después regresó; ambos habían muerto, su madre era famosa y la estudiaban en los colegios, de su padre nadie se acordó…
En estas novelas, en sus personajes se esconde el autor, a veces sale y en otras se oculta entre el pasado de la ciudad, huye, a veces, se descubre y muestra algo de lo vivido. Hay en ellas rasgos autobiográficos confundidos en la ficción.

En las calles y caseríos de Occidente el calor aprieta, en la temporada, corren inclementes las corrientes de los torrenciales, el campo yace árido, el deslave arrasa árboles, animales, gente y sus casas, por los resabios de los campos desbastados por la mota blanca y las toneladas de fertilizantes e insecticidas esparcidos; hay hambre y estragos ecológicos y humanos que alimentaron los florecientes capitales industriales y financieros. Ese pasado ha quedado insinuado por Jorge Eduardo desde la maraña de sus narraciones.

Quiso ser militar y no lo fue, estudio derecho, se hizo abogado y no ejerció; fue maestro de literatura y no continuó; viajero, caminante, hippie, enamorado, ahora, sin renunciar a todo, se queda con lo que quiso. Está aquí, ¿o nunca se fue? Volviendo a ser lo que siempre quiso entre las imperfecciones humanas que alimentan las ganas infinitas de detenerse para decir mucho y escribir más…
Managua, 25 junio 2008.

www.franciscobautista.com



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