jul 26, 2008
Memento De vivos y difuntos / (1573-2007)
Hugo Zúñiga Valle
Recientemente he recibido de manos de un amigo, en cuyo buen gusto he confiado, una plaquette intitulada: “Memento de vivos y difuntos” (Centro Nicaragüense de Escritores /Norad, 2008), del poeta Julio Valle-Castillo, y he leído una poesía intimista, vivencial; he leído una poesía impregnada de saudades, que sorprende por la versatilidad y riqueza de recursos, forma y sustancia; experimento, búsqueda y hallazgo feliz.
Poesía de añoranza, atávica y de desarraigo, infancia y juventud. También autumnal. Poemas auto-biográficos que nos abren las puertas de alguna casa solariega habitada por seres entrañables que habrían de marcar, inmarcesibles, la poemática de Valle-Castillo. Ausencia del Abuelo-padre, “ha tiempo muerto ya”, el condiscípulo ya ido que le acompaña aquí y ahora, con la mirada perdida y su andar orondo, eterno sediento de Coca-Cola y cigarrillos, la matrona de pelo rojo que re-agoniza en el bisnieto nostálgico y alucinado. Todo este decir, a veces jocoso, encierra la no-presencia; la muerte. Sucede que el poeta invierte la reflexión becqueriana de “Qué tristes y solos quedamos los vivos”. Quiere preceder a los seres amados, “no importa si prematuramente”, nos dice. La desaparición de los que le son caros lo angustia, y quiere antecederlos en su viaje hacia el arcano. Imposibilitado en su deseo, resucita a sus difuntos, y afirma --con Luis Rosales--: la verdadera muerte es el Olvido.
Verdaderamente revive a sus difuntos, los trae hacia sí y platica con ellos. Los rescata de la Muerte. Dice al abuelo: “En mí lo llevo, en mí lo salvo”, y al amigo que ya no está: “Ya te aburrirás de fumar, Eddie/ los dedos y los dientes se te limpiarán de nicotina/ porque ahí donde te subió la música / se te acabará la sed”. Evoca al poeta Ernesto Gutiérrez en su agonía, a Francisco Pérez Estrada en su alter-ego estatuario, primitivo, Chepe Mendoza investido en su ansia revolucionaria, Mario Cajina remontándolo a un tiempo imperecedero, la Peliroja es imaginada en un León decimonónico y feérico.
Parece ser que el pasado hipnotizara al poeta, atrayéndolo como una vorágine. Duerme una noche de 1538 en una ciudad colonial, junto al Chorro de la Plaza de Quevedo, “oyendo cómo goteaba la fuente” .Y no escucha sólo la fuente, también escucha a Darío. En vuelo nocturnal, de cierto contempla al modernista José Asunción Silva, pálido, munchesco. La lectura atenta del Poemario nos da la certeza que el poeta hace guiños y homenajes a sus poetas nicaragüenses, va segando de la mies sembrada en el terruño: Joaquín Pasos, nuestro Joaquín, le ha de prestar algún aira en su estrofa a Pérez Estrada; un poema, casi velado, en tributo a Carlos Martínez Rivas, nos dice de lo emblemático de sus gatos Electra y Poe, en fin, homenajes póstumos a quienes abonaron las letras nicaragüenses.
Julio Valle-Castillo, cuya poesía emerge en las postrimerías de los sesenta, posee ya una baza literaria sustancialmente clásica; Grecia y Roma. Poesía griega y latina que habría que darle de amamantar --seguramente-- su mentor Ernesto Mejía Sánchez, apuntaladas en las rigorosas lecturas de la obra de Alfonso Reyes, Bonifaz Nuño, Octavio Paz, entre otros cerebros mexicanos. De ahí esas exquisitas recreaciones, “Falsificaciones griegas”.
Poesía erótica delicadamente traducida, como ejercicios formales que se convierten en herramientas, recursos poemáticos. Poesía clásica, y también novísima. La creación poética es sometida --por dialéctica-- a nuevas formas de expresión, incursiones por parajes nuevos del decir poético. La Vanguardia francesa e hispanoamericana, tendrán cabida en el estro de Valle-Castillo. André Guide, Paul Eluard, Apollinaire, André Breton, dejarán su impronta en la escritura que tendrá una voz y muchas voces distintas, siempre cuidando el propio quehacer intelectual, de trabajo en silencio, sufriendo siempre su propia fatalidad. Si es cierto que las letras francesas le posibilitan maneras nuevas, la Vanguardia hispanoamericana sí dejará profunda huella en su poesía; Altazor y Trilce serán fundamentales ya en su devenir literario, le insuflarán nuevos alientos en su decir poético.
Valle-Castillo, como un verdadero artífice de la palabra, nos va regalando versos que remiten a veces a Huidobro, a veces a Vallejo. Veamos: “¿Quién atravesó tu barrera homeostática/y perdiste la cabeza girando al compás de Pink Floyd/ En ascenso vertical?”, dice al amigo, retomando la imagen vanguardista en este otro verso: “Hacer girar la cabeza fuera del cuello como planeta volador”. Valle-Castillo explora diferentes corrientes, aprovecha lo que pueda abonar, nutrir su poesía.
Poeta nacido en Nicaragua, habrá de recibir, como propia, toda la tradición literaria, no sólo de Darío, sino la de sus predecesores. El exteriorismo le llega a través de José Coronel Urtecho y el poeta de la Trapa, el padre Ernesto Cardenal. Así, Ezra Pound y Willian Carlos Williams. Despojada de toda subjetividad, la poesía exteriorista dice lo que se ve, toca o huele. Llama a las cosas por sí mismas, desnuda de toda metáfora, toca la llaga de la vida, lo cotidiano y casual, y lo nombra en su naturaleza íntima. La onomatopeya, el carácter tipográfico, la puntuación, toman un papel prominente, visual. Poeta en constante evolución, recibirá de su estadía mexicana la sana influencia de las letras nacionales. Carlos Pellicer, Octavio Paz, Jaime Sabínes, etcétera, etcétera.
Poesía que a mi ver, aportará sensiblemente, en contenido y manera, en el numen de Valle-Castillo, aún más que el movimiento Beatnick estadounidense. Ginsberg y demás le corroborarán lo que los surrealistas habían vislumbrado la muerte de Dios, el horror de la guerra, la hipocresía de los hombres, el consumo dilapidador y estéril, la droga y el suicidio alcohólico: “Drogarme y buscar la vena para el pinchazo”. El submundo bajo los puentes, la indigencia, los envoltorios de periódicos volando en las calles inmundas, el vómito y estercolero insufribles serán motivos novos en su poesía. Sin embargo, afirmo que son Altazor y Trilce las grandes lecturas que ejercerán definitivamente la sana influencia en la literatura vallecastillana.
Julio Valle-Castillo se inscribe en la mejor tradición de la poética nicaragüense, y signa ya como poeta hispanoamericano.
Tipitapa /Marzo /08
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