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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 26 de Julio de 2008
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jul 26, 2008

Algunas hazañas de Henry Tiffer


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Uno

Dentista de profesión y aventurero por afición, Henry Tiffer Suárez encontró bajo el cielo de Juigalpa el verdadero paraíso. Sus intenciones comprendían lo inesperado, la imaginación se le salía del guacal sin importar consecuencias. Fue diputado y embajador, antes y después del somocismo. Su abuelo: Jacinto Suárez, hombre de honor; su madre Esther: trabajadora hospitalaria. El progenitor fue un auténtico protegido de San Jerónimo doctor.

Henry condujo una vida que muchos festejaron. Gozó cajeta, cuchillo y guaro. Mujeres no se diga; murió en su ley. Casó con Lilian, mujer casera y hacendosa, mimada heredera del capital de Liberato Fernández, ganadero terrateniente de los confines inexplorados por el cadejo Emiliano Chamorro.

Toda su vida el niño Henry fue un muchacho alto, blanco, de ojos verdes, estadio larvario que nunca abandonó por temor a la imbecilidad senil. Siempre hizo travesuras. Se reía de las cosas que tramaba con los amigos. Su familia, profesión y situación económica le tuvo sin cuidado, había nacido sin pañales y así se marcharía. ¿Podrá empañar esta breve reseña el patrón de su carácter bucanero, contestatario del rojinegro Jhonny Walker? ¿Reflejará muy poco su perfil narigudo de judío itinerante?

Dos
Sin creer en méritos odontológicos, el Dr. Henry Tiffer Suárez conservó respeto a sus tenazas y gubias. Nadie más que él sabía que los dentistas no pasaban de ser simples saca muelas. Acreditó derechos profesionales en la UNAN y desestimó pretensiones clasistas que algunos colegas trataron de inculcarle.

1 Lo reconocieron en todas las fiestas con su vaso en la mano. Gritó, bailó, se emborrachó.

2 Ejerció libremente su profesión. Aunque muchas veces, ciertos miembros de la UVA (Unión de Vagos Anónimos) lo forzaron abandonar el consultorio. La hora del mondongo y las tardes báquicas en el Bar Deifilia le fueron sagradas, ahí se reunía con la plana mayor de la zafra local: Germán Jarquín, Cuadrita, Octavio Gallardo, Manuel Solís, el Gato Báez, Chompipe Bendaña, Mamayiya Jerez, Noel Deleo y otros catadores oficiales al servicio de monsieur Gay-Lussac.

3 Siempre recibió trato digno de su clientela. Lo irrespetaron aquellos que no regresaron a pagarle.

4 Jamás garantizó resultado cierto a sus servicios por respeto a leyes divinas. Decía que sólo Dios es el único que sabe lo que hace.

5 Laboró en instalaciones propias y apropiadas. Tuvo eficiente secretaria. Ella mostraba el catálogo odontológico del negocio. La arcada dentaria de Tana era un compendio metálico de la tabla periódica de los elementos químicos.

6 Hizo numerosos cursos de actualización profesional. El problema que siempre lo aquejó en esas andadas internacionales fue la inutilidad del idioma español: el Dr. Tiffer Suárez se ganaba el respeto en los foros, únicamente saludando a través de su fenotipo caucásico, y gracias a los auténticos ademanes masayas que en tiempos mozos le enseñara el patriarca liberal Alejandro Abaunza.

7 Siempre participó en actividades de investigación y docencia. A los Médicos Veterinarios Zootecnistas les transmitió la técnica Taboga para insertar casquillos dentales.

8 Salvaguardó prestigio profesional; preocupación que lo obligó a comprar un carrito anfibio de alta tecnología y asistir urgencias con prontitud.

9 Se asoció a la UVA para promover interés profesional.

10 Recibió en forma inoportuna honorarios, acto nimio, pues él siempre tuvo otras entradas que satisfacían su derrama económica.


Tres
En Juigalpa un día de tantos amaneció gran alharaca en la vecindad iraquí de las matronas Sánchez, cumplía en el calendario cortesiano sus primeros cien años el Tocho Mayorga, situación que el homenajeado compartía sin negarlo: cincuenta años para una nalga y cincuenta para la otra: era el fiel de la balanza. Si no lo hubiese sido, sabía que lo regresarían a la hermana república de El Salvador para que lo devoraran los marasalvatruchas, tribus caníbales que desde entonces asolaban sus alrededores junto al lobo de Gubia.

El Tocho Mayorga era dentista amigo del Dr. Tiffer Suárez, colega a quien ese día llevó felicitaciones y hermoso pastel de tres pisos. La mañana era agradable y el Tocho respiraba aire puro, las ligas que sostenían la presión de sus bíceps se iban a reventar. No cabía en sus calzones, seseaba como verdadero canario, deslizaba las eses heredadas por los conquistadores chimpapos, esos chimuelos gachupines que según el académico Fernando Silva, engañaron a los ticos con su manera de hablar.

La cosa es que el Tocho morocho se vio felicitado por las hermanas Sánchez: cada cachete recibió bendición de sus hadas madrinas. Filemo y Morolico, audaces servidores, se portaron ese día de forma muy grata. Eulogio, el panadero, le preparó harinas del mediterráneo. Y Evelin Cuadra y Zulma Galán, sus ahijados, madrugaron para cantarle “Las mañanitas”, situación que el Tocho desaprobó porque en esos instantes, a duras penas asomaba por el oriente la aurora de rosados dedos.

A las ocho de la noche la fiesta reflejaba el temple quinceañero del Tocho, quien a pesar de ser gato de monte se jactaba de su furia felina. No alcanzaba otra alma en el breve espacio de la alegre salita y llegó la hora de degustar el sabroso pastel que su amigo Tiffer le había regalado.

Los invitados con gran disimulo sacaban de sus bocas muelas e incisivos que metían en la bolsa de la camisa, algunos despistados los chupaban para sacarles brillo y otros los comparaban con tal de encontrar raíces o coronas iguales. Adjudicaban esa gracia al mismo cumpleañero. El génesis pasó inadvertido, solamente el Tocho se dio cuenta que el muelerío masticado y a veces tragado por los convidados, no era otra cosa que las extracciones que Tiffer había apartado todo el año para adornar el pastel de su apreciado colega.

Cuatro

Los callejones del pueblo donde creció Tiffer Suárez se convirtieron con el tiempo en calles adoquinadas y las frescas veredas se transformaron en avenidas, no quedaba mas que transitarlas, pero como los juigalpinos no compraban automóviles por miedo a que se les gastaran las llantas y la gasolina era muy cara, las calles siguieron sirviendo a las carretas del sietemesino Juan Castilla, acicateadas bajo el chuzo de los compadres Bocho y Catucho.

Sin inmutarse continuaron recorriendo su vida provincial las carrozas repletas de ángeles divinos confeccionados por la diseñadora celestial Anita Jerez, ella nos recordaba que no solo los chinches vuelan y nos advertía que el hombre mismo podrá alzar vuelo sobre las ciudades en llamas después del cataclismo universal. El mas férreo adversario a esas creencias avícolas fue su hijo Gustavo Bendaña, furibundo seguidor de las reformas de Lutero, campaña en la que mas tarde ocupara sitio de honor -no encima de las carrozas alegóricas que su madre empapelaba, sino en las huestes incansables de los auténticos Testigos de Jehová-.

El tránsito municipal entonces generaba una velocidad media de veinte kilómetros por hora. Las carretas de Tito Ugarte y Güicho Crovetto seguían siendo las más veloces, tardaban media día por cada acarreo de arena. Por las noches, los carretones de la parada de los Transportes Vargas disolvían su ajetreo en pocos minutos: más tardaba en enfriarse el motor del dinosaurio amarillo que disiparse el berrinche de los cargadores. En conclusión, para las pocas cuadras que existían y las pocas tonterías que se tenían que salir a hacer, era mejor quedarse en casa.

Nadie soñaba con los Ford o Mercedes Benz ni en otros chunches motorizados que hoy amenazan la vida pública; el único que pasaba estornudando su gripa milenaria en su cacharro de los años del polvo era el maestro mecánico don Galicho Gadea.

Pero a Tiffer Suárez le gustaba mostrarse. Cualquier chuchería que llamara la atención la compraba, le gustaban los calaches jalados por cuatro ruedas, apreciaba todo lo que tuviera forma de automóvil, desde niño le había dicho a su madre que nunca montaría a caballo, porque ya había experimentado en carne propia que el trote chima mucho. Era cierto, el culo de puya del aventurero era una chuspa que su amigo el sastre Suazo remediaba para engañarlo.

Dicen que cierta tarde de abril cuando descansaba el Dr. Huete Loredo, el doctor Tiffer Suárez mandó a cambiar la placa de su carro por otra falsa pero muy importante, esta llevaba el nombre de la Embajada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas , la antigua URSS. El apreciado Dr. Huete Loredo sin proponérselo, recorrió por buen tiempo el territorio nacional bajo la antigua inmunidad aristocrática de los Románov.


Cinco
Con el triunfo sandinista Henry Tiffer Suárez, HTS: Honduras-Toronto-Santiago, tuvo tiempo para colgar la radio y salir con tranquilidad hacia la península de Florida; los militantes del General de Hombres Libres mucho fastidiaban. A Henry, ciudadano del trópico, no le intimidaban las tormentas del caribe, pero esos revoltosos le destripaban el hígado.

Estando en Miami la gusanera anticastrista le incomodaba. El ajetreo mercantil le brotó hernia escrotal; todas las estupideces publicitarias gringas machaban lo poco de cerebro que le quedaba; añoraba las tardes en Nicaragua bebiendo ron con buenos bocadillos. El Síndrome de Magolpié - mal aliento-golpe de ala-pie de atleta - diagnosticado por el Dr. Noel Deleo y Rivas lo aquejaba; la chamba capitalista no le daba tiempo para el chapuzón refrescante de medio día. Deseaba la amistad de sus amigos, la borrachera de los borrachos y el arrullo de las alondras vivas.

Solo un momento creativo en el exilio pudo consolarlo, instantes que le permitió aguantar la melancolía patriótica, pues añoraba los sabrosos nacatamales de doña Mercedita Sandino, el mondongo exótico de la María Lidia, los desplantes de la Muñeca, las cargadas simultáneas de buen humor de Manuel Ñelo Solís, los exquisito guapotes refritos en Puerto Díaz, la tolvanera pestilente del megacolon congénito de Mamayiya Jerez: todo esto lo hacía llorar en silencio para que sus hijos no se dieran cuenta.

Ese instante considerado en su conciencia como soplo divino, le permitió vivir bajo otro anhelo libertario: él cree que Simón Bolívar le ayudó a marcar el teléfono de su amigo César Augusto Báez, quien se encontraba roncando en su hermoso Chontales. El reloj marcaba la dos de la madrugada, hora fatal en que Sisimique extermina las gallinas de los alrededores.

-César Augusto, habla Tiffer, ¿cómo estás?

-¡Muy bien! ¿Y vos como la estas pasando hermano? -contestó su amigo de infancia y juventud-
-¡Escucha bien: Las armas que me encargaste para derrocar a los sandinistas, caerán mañana domingo en los potreros de tu finca!
Hasta ahí había llegado el patriótico diálogo. La descarga eléctrica colocada en el tronco de la oreja del Gato Báez, ya le había achicharrado el oído.



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