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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 09 de Agosto de 2008
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Nuevo Amanecer
ago 9, 2008

Una brecha en las murallas de la “Novela histórica”

(Notas de lectura sobre “Historia del Cerco de Lisboa”, de José Saramago. Editorial Alfaguara, Buenos Aires, Argentina, 1999; 427 páginas)


1218252774_Una brecha en las murallas.jpg

I

“...hombre de escritura lenta, siempre
cuidando concordancias, avaro
en la adjetivación, molesto en la
etimología, puntual en el punto...”

(“Historia del Cerco...” página 190)

Me impresiona e impacta, en primer lugar, todo lo que le hace falta a nuestros propios textos narrativos, la andadura pausada y la arquitectura minuciosa, la capacidad de desarrollo gradual, para presentar el previo despliegue demorado de los hechos finales, la sabia alquimia del verbo, la reflexión constante sobre el valor del lenguaje, y sobre las posibles devaluaciones que causan el uso y el abuso de nuestras expresiones cotidianas. Saramago desarrolla una estrategia de pelea meticulosa y de batalla campal contra las consuetudinarias deturpaciones de los lugares comunes.

Raimundo Silva, protagonista ineludible, es un solterón, un hombre aislado, íngrimo en su micromundo, un intelectual de tercera categoría, sin mayores pretensiones ni aspiraciones. Dueño de un ego retraído y sosegado, pero seguro de su menudo valor, pertrechado con un granítico sentido de la propia dignidad. Su vida y sus anhelos son modestos, sus comidas exiguas, sencillas, repetitivas, espartanas. Sus hábitos son de una desolada rutina. Sus muebles, su apartamento, sus enseres domésticos son ajenos a cualquier pretensión de lujo. Pero es hombre culto, sus alusiones literarias, su arsenal de diccionarios especializados, sus referencias bibliográficas, son no solamente exquisitas, sino raras joyas: Almeida Garret, (1799-1854); Bartolomeu Lourenço de Gusmao, (1685-1727); Alexandre Herculano de Carvalho, (1810-1877).

Caben apenas dos pasiones en su vida. Una es el amor de María Sara, su flamante jefa en la empresa editorial donde ambos trabajan. Romance abordado con una agudeza sicológica, con una delicadeza de tacto y con una discreción nada comunes. La otra pasión es la ciudad de Lisboa. El señor Silva está enamorado de sus barrios, de sus calles, de sus tranvías, de sus perfiles topográficos, y de las variaciones de su clima. Las descripciones más morosas, más entusiastas, no son las de las partes, gracias y encantos de la mujer querida, sino las de la ciudad. Sobre ella se vuelcan con mayor abundancia los acentos líricos. Y, tal como era de esperarse, este amor por la ciudad es una síntesis del amor exacerbado que siente el corrector Silva por la patria lusitana. Un amor que tampoco aparece desprovisto de algunos ribetes sarcásticos. El sustrato de los más encendidos discursos desplegados a lo largo de esta novela, se encarga de demostrarlo con abundancia.

Subrayo durante mi lectura el uso recurrente de refranes, sabiduría tanto popular como libresca. Motivo a veces de reflexiones irónicas, de contradicciones razonadas. Saramago provoca el contraste lúcido e intencional entre algunas expresiones eruditas y las corrientes formas populares de decir. Señalemos, además, la capacidad del escritor para hilvanar divagaciones lógicas, filológicas, históricas o líricas, sin perder el hilo central de su asunto.

Por otra parte, encontramos cierto paralelismo entre las situaciones de esta obra, y las circunstancias planteadas en “Todos los Nombres”: personajes envejecidos y solitarios, que ejercen un oficio intelectual de poca monta, imantados reticentemente por amores tardíos o imposibles. Un solo detalle grotesco imprime un significativo sello antiheroico en la vida de Raimundo Silva: el solterón enamorado se tiñe las canas.

II
“Vamos a cenar, dijo María Sara”,
(“Historia del Cerco...”, página 411)
Encuentro algunos puntos que parecieran flacos, o cuando menos, demasiado transparentes en El Cerco de Lisboa. Verbigracia: el remate de los empalmes autobiográficos, los desenlaces sentimentales, la descripción de las culminaciones pasionales. Al final de la novela, el equilibrio inicial se ha malogrado en una medida apreciable. La dedicatoria previa, “A Pilar”, parece volver diáfana una serie de situaciones y concesiones del contexto posterior. Nos queda la impresión de que el autor ha querido revolcarnos un poco en los olores de su propia alcoba, de enterarnos hasta el exceso de los pormenores de cocina de su otoñal romance, gozado y padecido con su traductora al español, y actual esposa.

Nada de esto debe empañar (o lo debe hacer muy poco) la soberbia calidad de factura, el sabio manejo de las técnicas, lo bien hilvanado de la trama. El Cerco de Lisboa es también, a fin de cuentas, una “novela histórica” (es lo que nos podrían alegar algunos (as) fabricantes (as) de cañamazos). Obviando que este libro involucra la propia objeción del subgénero en cuanto tal. Amén de ser híbrido, y mezclar en la misma fórmula: la relación confesadamente caprichosa del pasado colectivo, la crítica metódica de esta relación, tanto cuanto ciencia sedicente, como en cuanto género narrativo, y el planteamiento fiel y verdadero de las circunstancias subjetivas del presente. El cultivo en maceta de la auto-alusión sistemática, hasta lindar con los bordes del autorretrato pormenorizado, con las minuciosas radiografías temperamentales, junto con otros excesos de verídico celo.


III
“...cierta impaciencia, o incluso ironía
que siempre aflora en el discurso
cuando se trata de cristianos”

(“Historia del Cerco...”, página 283)
Libro de lectura fluida, que consumo a galope tendido (lo expreso de esta manera para que me entiendan sin mayores problemas los caballos, las vacas y otras bestias mulares o vacunas que pastan y rumian en nuestras playas subtropicales). Siento pesado, pedestre y deslucido, por ejemplo, el capítulo penúltimo, contrapunteado con la relación de los milagros de (San) Antonio de Pádova. En general, se da, a lo largo del relato, una insistencia irónica contra las creencias, las prácticas y los principios de la religión cristiana, la denuncia de sus más absurdas convicciones, las demostraciones de su fanatismo ilógico. Notemos, con énfasis particular, la mofa sardónica de los máximos atributos con que el limitado ingenio humano ha pretendido circunscribir la personalidad de Dios. A quien, al parecer, resulta imposible referirse sin caer en absurdas contradicciones, en paradojas irresolubles y en flagrantes sinsentidos.

En términos generales, el discurrir habitual de Saramago nos fascina por su capacidad reflexiva constante. Un discurso que se hilvana a partir de morderse la cola paso a paso, de volver sobre sí mismo una y otra vez, para redargüir contra las fallas, defectos y prejuicios de las maneras habituales de pensar y de expresarse, para desnudar “los desencuentros entre palabras y sentido” (página 88). Con tal estrategia, Saramago ataca (no solamente en esta obra, sino en todo lo que de él hasta ahora venimos leyendo) las raíces gruesas de lo que suele llamarse nuestra dominante ideología occidental. Crítica minuciosa, sistemática e implacable, que hubiera deleitado (de poder haberla leído) al herético pupilo de jesuitas, René Descartes, o al preceptor privado (Privatdozent) que corregía la puntualidad de los relojes en la ciudad de Koenisberg.

Tegucigalpa, domingo 27/07/08 y viernes 01/08/08



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