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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 30 de Agosto de 2008
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Nuevo Amanecer
ago 30, 2008

Pasada de cuentas

(Fragmento del Capítulo 7 de la nueva novela de Manuel Martínez)

1220057293_Pasada de cuentas.jpg

Afuera, sosteniéndose con su mano derecha en el dintel de la puerta, oí una voz que me llamaba, y escuché a Valerio gritando:
-Valdez, Valdez. ¡Qué terrible lo que ha pasado!- Bajé corriendo las gradas y lo encontré temblando, con el pelo alborotado, sudoroso por la carrera.

-¿Qué pasó, por Dios?- Pregunté.

-Mataron a Desiderio en el Amelia.

Valerio venía de confirmar el asesinato de Desiderio en el hotel Amelia, de regreso me avisó y, tembloroso, hecho un manojo de nervios, se fue a Las Camelias por Esther, que sin saber de la desgracia estaba alistándose.

El hotel Amelia es un edificio de concreto de dos plantas, pintado de blanco hueso. Afuera del edificio hay una escalera metálica por la que se sube al segundo piso. La policía resguardaba el lugar. Había un tumulto a la entrada, el portón cerrado, y nadie podía penetrar sin autorización previa de la policía. El capitán, a cargo de la investigación, me dejó entrar al mostrarle el carné del diario. Peritos policiales hurgaban por la habitación ubicada en la segunda planta usando guantes de goma transparentes. El cuarto era amplio, espacioso, con una cama matrimonial en el centro, una cómoda con espejo y un closet de dos cuerpos color caoba barnizada, reluciente, dos sillas de madera forradas con mimbre y un espejo grande al centro de la pared izquierda, en su fondo azogado se reflejaba el espacio cerrado de la habitación. Ese era todo el mobiliario, y el baño. Las cortinas verde celeste de tela gruesa seguían cerradas y la policía encendió la lámpara. La escena debía de conservarse íntegra, intacta. No movieron ningún objeto de su sitio. La camisa manga larga verde oscura y un jeans azul estaban puestos sobre una de las sillas, y un par de botas militares tiradas junto a la puerta del baño. El cuerpo muerto, medio desnudo, bañado en sangre, del capitán Niven yacía tirado en el piso. El motivo del crimen no fue el robo, porque los autores del asesinato no se habían llevado ningún objeto personal de Blandón: el reloj, un reloj de oro, una cadena gruesa y un brazalete fino de oro, ni el anillo de oro con diamantes idéntico al que usaba Dayra, como signo o evidencia de su casamiento, ni la escuadra automática, que uno de los peritos extrajo debajo de la almohada. La ropa de Desiderio seguía colgada adentro y unos cuantos trajes de ocasión de Dayra.

Era siniestro, denigrante para la dignidad de un ser humano. La saña, la crueldad con que los sicarios asesinaron al Capitán no tiene nombre. El rostro de Desiderio Blandón estaba intacto. Intocado. Los asesinos quisieron que fuera reconocido, quizás para que publicaran su foto en los diarios y en la televisión. ¿Ese era el mensaje de Teo para Marcado? ¿Golpe por golpe? Una guerra sórdida y sucia, de bajos instintos, criminal. Desiderio, pieza clave de la red de Marcado en el Sur, sólo era un instrumento de un engranaje quizás hasta desconocido para él y, peor aún, sus imprevisibles consecuencias. Hacía poco más de un año llevaba una vida normal trabajando de capitán de un barco pesquero, se involucró en el tráfico de drogas instigado quizá por Marcado. Teo había hecho lo mismo con Humpreys y el capitán Brown. Todos eran víctimas de una intriga y una conspiración. Eran víctimas de la ambición desmedida y de los cantos de sirena, del fluir generoso de miles y centenas de miles y millones de dólares: la riqueza fácil como acto de prestidigitación, la magia del oro, el polvo blanco convertido en dólares, y cuyo móvil mueve y acaba con cientos de vidas humanas.

En ese instante que veía el cadáver de Blandón no lo asocié con Dayra. Estaba impávido, porque de cualquier manera esa muerte me era cercana, me rozaba con su sangre, me salpicaba la cara. Dayra, es cierto, había permanecido en esta habitación con Blandón, viviendo juntos, casi encerrados, después de la huida de Bilwi. Es casi seguro que de haber estado ella con él, en ese instante fatal, ella también hubiera terminado sus últimos días con el rostro limpio y con el cuello cortado y el cuerpo hecho trizas, para que también a ella la reconocieran sus familiares y amigos, como escarmiento, entre los que talvez podía contarme yo mismo. Era un mensaje trágico de dolor e impotencia, que debía de llegarnos a todos. Y Teo y Marcado seguirían jugando su juego de poder en un ajedrez, en donde el más hábil asestaría el siguiente golpe, hasta destruir al otro cartel. Era macabro ver tirado a Desiderio ensangrentado, medio desnudo, tirado en el piso e imaginarla a ella acribillada junto a él, desangrándose, muerta.

Aturdido, confuso, con una extraña sensación de inseguridad, recordé ciertas frases de Fermín Mairena, la mañana de ayer, a la salida del South Atlantic Hotel rumbo al muelle. Se aparejó a mi lado, caminaba con gracia, ágil para su edad, alto, óseo, un mulato de piel blanca. Pasamos por la Central Moravian Church y el Colegio Moravo, doblamos a la derecha hacia el embarcadero.

-¿Verdad que se da cuenta de que no va a pasar nada de nada, verdad?
-¿Por qué? Me limité a preguntar, escueto, casi desinteresado.

-Porque la captura de El Alga Marina fue un error. Ese barco pertenece al Cartel vinculado con un tal Marcado. Si fuera otro el caso, el proceso seguiría otro curso. Pero esta vez fue un fallo de información filtrada por los propios enemigos del Capitán Lira, oficiales de la misma Policía. Capturan uno de cada diez barcos que transitan con droga por esta ruta marítima, y éste fue por error. Seguro, segurísimo, como que me llamo Fermín Mairena. Nada va a pasar.

-Es posible. Ya estamos acostumbrándonos a que dejen en libertad a los marinos-, dije con poca convicción. La seguridad de Fermín me dejó pasmado. Las sospechas de corrupción institucional a distintos niveles eran altas, pero nadie creía que ya hubiera permeado tan hondo en los funcionarios o en las instituciones.

-Con una sentencia burda, por falta de evidencia, los van a soltar a los marineros y luego les devuelven el barco. Sólo faltaría que les devuelvan las dos toneladas de coca. Ganas no les falta, pero se las verían mal con la DEA.

-Claro, es posible. Y no es la primera vez que esto ocurre, aunque hasta ahora con montos y cantidades menores.

-Su amigo salió hoy muy temprano en el avión de la mañana. Fui al aeropuerto y estaba sentado afuera en una de las bancas de concreto, esperando entrar a la sala de Migración. Al verme me reconoció y se alegró. Quería tomarme unas fotos. Manía de los fotógrafos. Pero le dije que fotos no. Y se despidió. Iba contento. ¿Y Usted, a dónde se dirige? Si no es molestia y se puede saber.

-Me voy en lancha a El Rama.

-¡Vea, qué bien! Es bonito viajar por el río. Antes de la entrada al Escondido se mira el Black Creek, oscuro, pero limpísimo, cristalino, y todavía no explotado ni destrozado por la devastación. El río tiene paisajes hermosos todavía. Que tenga buen viaje entonces-. Se despidió. Pero antes insistió:
-Usted bien sabe quién es Fermín. Fermín Mairena soy yo-. Fermín se pasó la mano derecha por la boca, como limpiándose los labios, sacó un pañuelo y se secó la frente, sudaba, una sudoración copiosa, de nervios o de miedo a algo o a alguien.

–No va a suceder nada. Todo esto está podrido, de arriba, abajo.

¿Las sospechas o certezas de Fermín eran infundadas? Quizás no. Parecía tener certeza en todo lo que afirmaba. Tuvo un acceso de tos y me despedí. Hunter esperaba en el muelle.



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