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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Sábado 30 de Agosto de 2008
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Nuevo Amanecer
ago 30, 2008

El maestro Rothschuh Tablada y su noble y vivaz Prosa


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Guillermo Rothschuh Tablada.

Los artículos y ensayos de Guillermo Rothschuh Tablada, recogidos en “Las uvas están verdes” (1998) y “Mitos y mitotes” (2002), son algo que se recuerda y permanece con aliento en la memoria, pues más que observaciones o reflexiones sobre la actualidad o la novedad pasajera, constituyen verdaderas lecciones de interpretaciones de la entraña nativa, un intento apasionado y audaz de configurar las señas de nuestra identidad nacional, algo así como un humanismo telúrico sin sistematizaciones académicas ni apuestas dogmáticas o imposiciones ideológicas. Los artículos y breves ensayos que de vez en cuando nos envía desde su retiro chontaleño el queridísimo maestro nos hacen meditar en el destino de nuestro pueblo como nación, fortaleciendo lo que podríamos llamar la “conciencia patriótica”, o, como diría Joyce, “la increada conciencia de la raza”.

En estos tiempos de incertidumbre y escepticismo generalizado, cuando el fantasma incoloro e insípido de la globalización socioeconómica amenaza con borrar las señas de identidad de los pueblos, el derecho natural e histórico de la diferenciación y el pluralismo fecundo, los artículos de Rothschuh cobran más importancia todavía: exhiben con erguida y excelente prosa, la fibra, la musculatura del país vivo, hormigueante, lleno de ideas y proyectos y sueños, pese a las tragedias y pesadillas que periódicamente lo acosan.

Si Pablo Antonio Cuadra en “El Nicaragüense” (1967) explicó y definió por primera vez la características del ser nacional (“profunda raíz para una amplia genealogía, tan honda como Macondo y tan numerosa como los Buendía”, en palabras de Rothschuh, que se declara, dicho sea de paso, su discípulo, en cuanto continúa la búsqueda y expresión de la entraña nativa), el chontaleño las reconoce y actualiza, con su acostumbrado estilo exaltado, profundizando en aspectos vitales de la educación y la política nacional, y, por supuesto en las peculiaridades coloridas de su tierra natal, de su terruño inmediato: Chontales, lo chontaleño, la chontaleñidad.

Fundador del llamado Clan Intelectual de Chontales, Rothschuh, hijo de poeta y padre de poetas, ha estado presente en todos los sueños y realizaciones sociales y culturales de esa exuberante región central de nuestro siempre desconocido y misterioso país, como a don Miguel de Unamuno, a quien le dolía España en sus ásperas meditaciones, a don Guillermo le duele Chontales en lo más íntimo del alma, y eso es igual a decir que le duele Nicaragua, porque sus reflexiones, aunque sean sobre ese tema específico y concreto, van más allá de la comarca, adquieren un sentido de nacionalidad, y, por lo tanto, de universalidad.

Las estampas y semblanzas de personajes chontaleños (la niña Chepita Toledo de Aguerri, el inmortal torero Catarrán, el maestro Gregorio Aguilar Barea, fundador del museo provincial; ese gran escritor de obra todavía lamentablemente inédita que fue Carlos A. Bravo, “nacido bajo un mediodía canicular, justamente cuando el sol parte en dos sus erizadas pitahayas y el calor, como un caballo, resopla por todos sus costados”, el general Arsenio Cruz Báez, introductor de las ideas democráticas en la provincia), se entrecruzan con los perfiles de Ramiro Sacasa Guerrero, Pedro J. Quintanilla o Pedro Joaquín Chamorro: “el charco del mártir seguirá ahí entre los escombros de Managua como impaciente fuente para los que abrevando en sus bordes puedan realizar una verdadera reconstrucción nacional” o los de la escultora Edith Gron: “su brazo nunca conoció el sosiego por lo que entre golpe y golpe iba cavando su propia sepultura, había perdido la vista pero no el pulso atento a seguir el viaje de las estrías de la madera y la piedra para no herir las arterias y venas de sus héroes”, o el de Coronel Urtecho, cuya lectura es “como aprender a leer de recorrido, como viajar sobre el Río San Juan en nuestra propia panga y sobre nuestro propio libro convirtiendo nuestras manos en remos y nuestros ojos en islas”.

Como las montañas y cordilleras de su tierra, su prosa es vigorosa y libérrima, de corrida inspiración y zigzagueante andadura. Sin menospreciar su obra propiamente poética, que conozco y estimo, pienso que Rothschuh inserta su vivaz ojo poético en las agudas observaciones y visiones de sus textos en prosa, tan variados en tema y color que nunca aburren ni cansan.

Lector permanente de Víctor Hugo y de José Martí (nada extraño en un hombre de conciencia y doctrina verdaderamente liberal), prefiere en su expresión el estilo antitético, la antítesis, es decir la oposición constante de un término a otro, de un concepto a otro, de un símbolo o una visión del mundo a otra. Para muestra, y para tener una idea de lo que es una de sus verde uvas, agrestes y dulces a la vez, un fragmento de sus retratos de Catarrán el torero y la Niña Chepita, la educadora, excelente ejemplo del género de Vidas Paralelas en la literatura nacional: “Catarrán era audaz, diestro, plantado, instintivo. La niña Chepita comedida, cerebral, razonable, persuasiva.

Los extremos tocándose en el corazón del justo. Porque Catarrán enseñaba en los llanos abiertos y la niña Chepita en las aulas cerradas. Catarrán era moreno, solar, y la niña Chepita blanca, lunar. Catarrán se apoyaba en la interjección y en grito, y la niña Chepita en la persuasión y el canto. Catarrán domesticó a las bestia y la niña civilizó al hombre. Catarrán apuntaba al suelo como los metales y la niña Chepita al cielo, como las catedrales”.



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