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  CON TODO EL PODER DE LA INFORMACIONManagua, Nicaragua - Lunes 29 de Septiembre de 2008 - Edición 10
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Una pregunta para Miguel D`Escoto

Las tristes vitrinas de Nicaragua

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Las tristes vitrinas de Nicaragua - Foto
Miguel Molina / END.- Nicaragua se encuentra representada por un falso comal nicaragüense y otros oscuros artefactos de poco atractivo estético, debajo de la florida exhibición de Colombia.

Nueva York
Las Naciones Unidas, caudalosa en sus debates, escandalosa a veces con sus tropas de cascos azules en algunas regiones, se alza a orillas de lo que podría ser la mejor metáfora de sus pretensiones globales: el calmo y azul East River.

El contraste es enorme como el edificio mismo. El río se ve tan sereno desde la planta donde sesiona la Asamblea General, que la Pepsi Cola lo aprovecha a mercado abierto hasta convertirlo en un pedestal líquido donde se levanta un antiguo anuncio. A las espaldas de un ensimismado observador, se exhibían, en unas vitrinas, las evidencias de lo tan desastroso que se comportó la humanidad en el siglo XX.

Ingresamos a la ONU poco después del mediodía. Hasta el lugar llegamos con el pastor del Ministerio Internacional Ríos de Agua Viva, Omar Duarte. La visita que miembros de esa iglesia nicaragüense pretendían hacer al interior del máximo foro mundial, no se produjo como se había planificado. El programa consistía en orar por la paz de las naciones y bendecir su asamblea, compuesta por 192 países. Fue imposible. Los creyentes, algunos realmente blindados de fe, debieron quedar en las afueras, donde al final, oraron y clamaron por la mejoría de las relaciones entre las diversas nacionalidades.

A la entrada, en esta área del Midtown de Manhatan, donde se acaba Estados Unidos y empieza la utopía multinacional, un revólver, de caño anudado, apunta a los visitantes, como si por ahí pasaron alguna vez Dalí y Mahatma Gandhi. El monumento adelanta la elegancia con que aquí la defensa de la paz del mundo adquiere la espectacularidad de Broadway.

La igualdad no está en estreno

Uno diría que las armas son parte del pasado, y que todos le harán caso al mensaje de los discursos, lemas, obras de arte, banderas, libros, promesas de un mundo con menos CO2, pero se debe advertir que la ONU lleva algo de las noches del Times Square en sus decisiones: sus luces intermitentes, sus majestuosos efectos de pantalla. En la vida real, es una obra surrealista puesta en escena en un planeta incapaz de estrenar la igualdad y el respeto entre las naciones. Ahí está Cuba, por ejemplo: decenas de luminosas resoluciones a colores aprobadas por mayorías de gobernantes durante años para que levanten el embargo, y la isla sigue bloqueada en blanco y negro desde Washington por un solo hombre.

Gracias a una delegada dominicana, logramos hacer un rápido recorrido junto al pastor nicaragüense en Nueva York, Bayardo Delgadillo, el evangelista Duarte, el reportero gráfico Miguel Molina y yo. Una visita guiada tiene su costo. Un adulto debe pagar 12 dólares con 50 centavos, es decir, lo que una buena parte de la humanidad necesita, por cada individuo, para poder sobrevivir una docena de días, según los mismos informes de esta organización. Un estudiante paga ocho dólares, y los niños tampoco escapan de entregar seis dólares con 50 centavos.

Y son largas y constantes las filas de los turistas de la paz, porque se supone que el que visita la ONU, es un pacifista irreducible. De hecho, esta liga, como se le llamaba antes de que se reunieran Stalin, Roosevelt y Churchill, se formó para “proteger la paz”.

Si se protege con eficiencia ese caro anhelo de los hombres y mujeres de buena voluntad, ya es cosa para discutirse con algunas tazas de café, pero si de algo se está muy claro es que el edificio es tanto o más vigilado que un aeropuerto de Estados Unidos.

Antes de ingresar a la enorme estructura de 38 plantas, se debe pasar por una amplia casa de campaña climatizada que no deja de causar el efecto de una imagen de socorro, esa misma que se produce en otros países donde la organización se instala con sus toldos a auxiliar a damnificados o sobrevivientes de las demencias humanas.

Presupuesto para la paz

Además de las consabidas cámaras de TV, hay detectores de metal, guardias de seguridad, puertas de inspección, banda para colocar los bolsos, carteras, fajas, etc., rayos equis y quién sabe qué otra radiada letra del alfabeto griego. Total, las Naciones Unidas, el nido donde se halla la paloma con el ramo de olivo en su pico, es un lugar tan difícil de acceder como cualquier cuartel donde no hay armas con el caño amarrado.

Hay un personal militar de diversas naciones por todos lados, en los distintos pasillos, y hasta el inocente ascensorista es un soldado del orden y la bienandanza del organismo, cuya Asamblea General la preside por un año el nicaragüense Miguel D`Escoto, un hecho inédito en la historia de Nicaragua.

Descomunal es el presupuesto para la paz del planeta: nada menos que 7 mil millones de dólares para el período 2008-2009. Pero la paz que sale de esta sede de la abundancia… de buenas intenciones, es tan famélica como esos niños disfrazados de cifras en los países abatidos por la hambruna.

Como sea, los turistas en el área de cafetería, restaurante, librería y venta de otros productos, pasan ritualmente a tomarse la foto del recuerdo: hay una bandera y una placa de la organización. Europeos, asiáticos, americanos, todos se turnan para posar ante la cámara, tomando una de las puntas del celeste estandarte para tocar así de felices, una Historia de 63 años.

La ONU, además de todo lo que predica y sus alabados ideales, debe también jugar su papel a tono con el único argumento en el globo terráqueo que llegó a trazar del suelo al cielo a Manhattan: el arte de la desmesura de vivir, donde el mercado se respira y la gente ama la libertad cerrada de los escaparates. La Organización se vuelve un objeto de consumo más en la Gran Manzana. Todos quieren llevarse algo de ella a sus casas. Y las Naciones Unidas --en su cara mundana y hasta fetichista--, no pierde la oportunidad para transformarse en llaveros, paraguas, vasos, tazas, camisetas, gorras, bolígrafos, campanitas como las que suenan los vende raspados, banderines, agendas. Y también se paladea en diversos colores y sabores, como chocolate y caramelos, con maní o lácteos.

Un triste comal

Cerca de ahí, a unos cuantos pasos, veo una referencia opaca de Nicaragua. Para variar, en la exposición de los diversos países, nuestra nación se encuentra bajo la muestra viva y colorida de Colombia. La decepción personal se vuelve, al momento, nacional: mientras las diversas nacionalidades exhiben lo más emblemático de sus artesanías, pareciera que Nicaragua entró incompleta a las Naciones Unidas: no hay rastros de la grandeza de San Juan de Oriente o del desarrollo artesanal de Catarina.

Yo lo que vi fue un triste comal nada nicaragüense, con asas, incluso, muy lejos de la alegre y prehispánica tonalidad del recipiente imprescindible para hacer tortillas. De remate, hay unas representaciones de calabazas, tan oscuras, que parecen grotescos artefactos colocados ahí con la intención de espantar el turismo.

Después volveré a ver otra representación “nacional”. En el pasillo que conduce al auditorio principal, donde sesiona la Asamblea General, hay una angosta sala reivindicatoria de los derechos humanos, y también se observan los frutos del hombre en estado de barbarie. Las vitrinas podrían pasar por el borgeano Museo de la Infamia en el siglo XX. Debemos pasar rápido por el lugar, porque la funcionaria que nos ha servido de guía a los cuatro visitantes, se apresura para poder cumplir, aunque sea a medias, con el objetivo de la misión eclesiástica de los nicaragüenses.

Ahí pudimos apreciar los efectos de la bomba atómica. Hiroshima, 6 de agosto de 1945, a las 8 y 45 de la mañana: cerámica, botellas y monedas japonesas privadas de sus formas originales por la radioactividad. En esa misma sala, se exhibe a Nicaragua: un AK 47, granadas y minas antipersonales, como pruebas del fin oficial de la guerra, no de la discordia, en 1990. La pregunta es: ¿volveremos a contar con otra urna para demostrar al mundo lo incapaces que somos administrando la paz?
El reverendo Duarte entra al mezzanine. Abajo, en la sala de la Asamblea, el personal, presuroso, trabaja con el ánimo de que todo quede listo para el nuevo período de sesiones. El pastor abre los brazos y ora de cara al hemiciclo por la paz en la Tierra. A la semana siguiente se instalarían ahí las distintas delegaciones y jefes de estados, los que engrandecen sus riquezas y el agujero en la capa de Ozono y los que respiramos “el progreso” de las naciones que le ponen chimeneas a la aún hermosa bola azul.

El ex canciller D’ Escoto, el nuevo presidente de la Asamblea, quizá tenga la respuesta, no sobre si habrá paz en los 510,065,284,702 kilómetros cuadrados de superficie del planeta, que ya sería mucho pedir, sino en los poquisísimos 130 mil que a Nicaragua le corresponden en el mundo: ¿volveremos a la ONU convertidos en una triste vitrina?




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