oct 4, 2008
Mujer, fuego y arlequín
Anastasio Lovo
En el Museo Galería “Josefina” se inauguró el jueves 2 de octubre de 2008 una exposición colectiva de tres pintores centroamericanos: Marvin Campos (Jinotepe, Nicaragua, 1956), José David (nacido en El Salvador en 195…) y Sandre (Wilmer Castro Sandres, nacido en Tegucigalpa, Honduras, en 1972).
Estos tres pintores, quienes poseen sólidas y significativas obras en las artes plásticas centroamericanas, han decidido mostrarnos sus vasos comunicantes y cromatizantes para aportar gránulos de belleza a los procesos de encuentros culturales que necesariamente se deben dar en Centroamérica, en el contexto de la globalización.
Campos, José David y Sandre, con sus obras nos muestran parte de la riqueza pictórica de los artistas plásticos centroamericanos siempre en incesante búsqueda estética. Así lo podemos observar contemplando los diversos caminos personales señalados por las obras expuestas en la Museo Galería “Josefina”.
Si los bancos y entidades financieras se fusionan para convertirnos en uniformes signos monetarios, éstos y otros artistas --por supuesto-- apelando a sus raíces identitarias, a la reflexión sobre el ser mujer, sobre la realidad contingente (la quema del Oriental) o en el desenmascaramiento de símbolos culturales como el arlequín, están realizando concreciones valiosas de la pintura centroamericana. Los tres en sus objetos pictóricos hacen gala de sus conocimientos académicos, de la cultura canónica occidental, pero también sin renunciar a las idiosincrasias y visiones de mundo regionales para producir estos frutos portentosos.
Marvin Campos (Jinotepe, 1956), con la exposición Fragmentos del Fuego (Galería “Josefina”, 2008), nos muestra una serie rica en colores (policroma), densa y múltiple en sus significados (polisémica) y realizada como un discurso visual cuyo tema es la propia pintura (metapictórica). La pictografía de Campos logra articularse y articular un espacio ambiguo y axial, donde concurren la connotación de lo abstracto y la denotación insinuada de lo figurativo. En estos cuadros hechos con un sentido económico y eficaz de la composición, el pintor crea los espacios propicios a las explosiones cromáticas violentas de nuestros volcanes, al incendio del Mercado Oriental, al nacimiento de las musas y las puras abstracciones, aquellas donde el fuego convertido en pincel y espátula se realiza como particular voluntad de color.
Logrando un equilibrio helénico del justo medio, Marvin incluye en esta exposición una serie de cuadros de similar factura, pero que alude a corrientes de aguas policromas, a elusivos peces salpicados y goteados por el color, a caballos pastando en los parajes heterócromos de un espacio ideal.
Si el fuego nos entregaba la fuerza de la explosión o el dolor de los restos de estructuras calcinadas, en las corrientes del agua encontramos la dinámica del fluir, lo vital cíclico de los peces en su natación o el camouflage de un caballo de Tesalia pastando colores. Hay una dinámica de la vida fluyendo de la sensualidad de las formas, depositándose en los cálidos cuencos de seres vivos que nos entregan la fuerza vital del arte de Campos.
Un cuadro emblemático de este espacio axial y ambiguo, que nos sirve para graficar este fructífero período de superación estética de Campos, es precisamente el cuadro intitulado “Nacimiento de las Musas”. Cuatro musas nacen de la eclosión rosa chicha de una flor para situarse de pie, de cuerpo completo en el horizonte donde se encuentra el rosa y el dorado. Un cielo de oro que simboliza la inspiración áurea del arte (música, danza, pintura, poesía). Los fondos son porosos, uterinos y seminales. Plasman un momento de fecundación en una fiesta de color que evidencia el abrazo amoroso de Zeus y Atenea para crear las musas que inspiran el arte a los seres humanos.
Con “Fragmentos del Fuego” y los secretos del agua en ciclos de color, Marvin Campos ha logrado una síntesis significativa de poder creativo y vocación estética experimental, para abrir a su obra una senda de inobjetable belleza y trascendencia que no dudo causará un significativo impacto en el devenir de nuestra plástica. Así ha sido recibida la obra de Campos en el exigente mercado de países europeos como Suecia y Holanda, donde expuso en la década de los 90 con un éxito en sus ventas.
José David, quien se asume y confiesa como centroamericano, ha borrado las fronteras en su corazón y en sus pies caminantes. Y en la práctica este pintor ha tenido una considerable proyección centroamericana viviendo y realizando exposiciones en su tierra natal, en Nicaragua, Costa Rica, Honduras y Ecuador.
José David ha construido su mitología personal, sus imaginarios pictóricos, leyendo seres tan complejos y sublimes como las mujeres, a quienes ha pintado en su cotidianeidad, en un mercado de flores, como maniquíes o modelos o simplemente en la sensualidad de la lencería o la largueza de un albo desnudo. Las mujeres de José David se han constituido en símbolo característico de su pintura.
En la serie de cuadros expuestos, las mujeres de José David están plasmadas de manera poética en una atmósfera de evocación y ensueño. Encontramos en los cuadros la sensualidad de modelos o maniquíes sacadas de un mundo de tonos pasteles y lisas texturas, que connotan el ambiente de la moda femenina y/o el mercado sexual europeo (Holanda, Alemania…) donde las trabajadoras sexuales son mostradas como productos eróticos ofertados desde vitrinas. Hay una dualidad exhibida entre el traje sastre elegante y los escotes, minifaldas o cierta escasez en las ropas.
La atmósfera de José David es misteriosa, ambigua, neblinosa y evanescente. Aunque aquí los fondos, que en este pintor siempre son muy significativos, porque sus símbolos, sean mujeres elotes, volcanes o mercados de flores, se construirán a partir de una tensión dialéctica, armónica o atonal entre el fondo y la figura. En estos cuadros José David ha atenuado sus tormentosos backgrounds, a veces de altos contrastes, y los ha convertido en tonos o dúo tonos que proporciona un ambiente sobrio y elegante desde donde emergen mujeres transitando por la calle, o exhibidas en vitrinas o sencillamente caminando en la pasarela.
Tampoco José David olvida sus raíces geográficas, medioambientales, nutricias y culturales, y es muy capaz de regalarnos un manojo de elotes que iluminan con luz de maíz el intenso vibrar del verde de las tuzas vivas sobre un fondo amostazado y pastel, donde un centro ocre obliterado insinúa la cadena de montañas y volcanes que vertebra a Centroamérica. O simplemente José David nos regala una abstracción lograda a partir de su visión de la Boca del volcán, realizada con maestría a partir de ígneos rojos, lingotes de chispas plateadas, el amarillo del oro y el sempiterno ocre del averno cratérico.
Wilmer Castro Sandres, el más joven de estos pintores centroamericanos, cuyo nombre y firma artística es Sandre, construye su mitología pictórica personal a partir del arlequín. La figura del arlequín tiene una vasta genealogía en la cultura occidental. Nació como un diablo de nombre francés hallequín, se convirtió en una figura de traje medieval ajustado hecho de vívidos colores, con rombos o losanges, con su antifaz negro o multicolor, con sus calzas de borlas y de punta levantada. Su figura ha sido muy explotada en la plástica occidental siendo muy célebres los arlequines de los surrealistas y cubistas Picasso, Miró, Juan Gris y Dalí entre otros.
Sandre recodifica el arlequín dotándolo de una androginia postmoderna, quitándole el antifaz y plasmándolo con una profunda tristeza en su rostro y mirada que no es producto de su habitual obsesión por la comida, sino que instala a sus arlequines en el dolor de la soledad, el abandono o el gran deseo romántico de amar. Esto a nivel de visage de rostro.
Pero en la entrega del ambiente de los arlequines, en la construcción de su atmósfera y entorno, Sandre logra recuperar lo alegre, lo festivo, lo juglaresco, lo bufonesco, lo carnavalesco del arlequín.
Los arlequines de Sandre los encontraremos flotando en un trompe l’oeil de paraguas rojos pitayas y nubes ocres que crean una ambiente de volúmenes logrados y felices. Otro arlequín de Sandre hará un alto en el camino para descansar pensativo y pensar en el niquelado metal de su bicicleta que le proporciona ejercicio y acrobacia.
Sandre entrega a su arlequín o arlequina a la soledad En medio del mar, flotando en un negro y huloso neumático, impulsado por un remo en medio de un mar no naturalista sino hecho de pintura, de geometrías cuadradas y cromáticas, que mínimas y vívidas compiten con el vasto cristal azogado de una lámina de zinc hecho del horizonte cielo/mar.
O sencillamente la pareja de arlequines sentados en una banca azul, rodeados de agua celestes y ocres por lo espejeante de un cielo atardecido y otoñal; arlequines de rostros neutros, inexpresivos pero de ojos grandes y brillantes que caen hacia adentro como una piedra que se hunde en el pozo de la soledad individual y donde el ego derrota la posibilidad del amor.
Mujer, fuego y arlequín son los inquietantes frutos del árbol de la plástica centroamericana floreciendo desde el pincel de Marvin Campos, José David y Sandre. Árbol frutecido aquí en esta Galería “Josefina” para intelección y deleite nuestro.
22 de septiembre de 2008.
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