Cuatro días en un viaje impresionante en El Salvador En “el país de los 25 minutos”
Si alguien necesita 80 días para darle la vuelta al mundo, hay un país en la América Central en el que bastan cuatro para recorrerlo de extremo a extremo. El Salvador es un país casi seis veces más pequeño que el nuestro, pero igual que sus pupusas, “sus tesoros están dentro” Roberto Collado
San Salvador, El Salvador
Las diez horas que uno tarda en llegar a El Salvador parecen eternas en comparación con el poco tiempo que se necesita para trasladarse desde su capital a cualquiera de sus destinos turísticos.
No se equivocan quienes lo han apodado “el país de los 25 minutos”. No cabe la exageración, tomando en cuenta que El Salvador es casi seis veces más pequeño que Nicaragua, con apenas 20 mil 742 kilómetros cuadrados de territorio. Playas, rincones artesanales, ciudades precolombinas, los museos y sus paisajes naturales se encuentran a menos de media hora desde su capital, San Salvador.
Este “pulgarcito” de América Central impresiona de entrada: 6 millones de personas lo habitan en sus 262 municipios, circula el dólar como moneda oficial, sus 300 kilómetros de playa tienen la posición número seis en el planeta para hacer surf, y aunque vivió 12 años de guerra civil, es hoy la mejor base para establecer negocios en la región.
Como si les faltara algo, “los guanacos” se jactan de sus raíces mayas. Allá incluso conservan estructuras precolombinas que dan razón de las ciudadelas que fundaron sus primeros habitantes. Con un clima mayormente cálido y fresco en sus partes altas, tiene como primer rubro las remesas, y exporta principalmente textiles, azúcar y camarón. La Ruta de Las Flores Un viaje a El Salvador no comienza bien si no se inicia por La Ruta de Las Flores. Considerado por “moros y cristianos” como un agradable recorrido desde la ciudad de Sonsonate hacia Ahuachapán, es el primer contacto con la naturaleza de este país.
Las paradas obligadas son Nahuizalco, Salcoatitán, Juayúa, Apaneca y Concepción de Ataco, todos poblados venidos a vivir de las artes indígenas, del cultivo del café y flores, y últimamente de las fiestas gastronómicas celebradas cada domingo. A un turista se le perdonará fallar a misa, pero no perderse una buena porción de yuca salcochada. Al final podrá llevarse a casa una teja de barro pintada, alguna réplica de un dios indígena o un mantón hecho en los telares de las casas antiguas.
A San Salvador la separan 72 kilómetros de La Ruta de Las Flores. Una vez allá, el tiempo para ir de poblado en poblado es de 15 a 20 minutos. Éstos son números que nada dicen, menos si se compara con el privilegio de tomarse una foto en la iglesia San Juan Bautista de Nahuizalco, una estructura edificada hace 208 años, o saborear la mejor miel que el mismo Quetzaolcoatl (dios del viento y lucero de la aurora, según la leyenda náhuatl) bendijo en Salcoatitán.
Cuando el sol pierde el buen humor con el que amanece, es hora de buscar un buen refresco. El poblado de Juayúa, o Río de orquídeas moradas, según la traducción nativa, es el indicado. Su mayor atractivo son las cascadas Los Chorros de la Calera, situadas en una finca de 12 manzanas a dos kilómetros del centro del poblado.
Los chorros son caídas de agua que brotan de las fisuras de los grandes peñones que componen el complejo natural. En el recorrido que se hace a pie, hay diez cascadas, tres de ellas con piscinas construidas al pie de cada salto. Aunque el clima es tropicalmente cálido, el agua brota a temperaturas sorpresivamente bajas.
“Entre salto y salto, hay diez minutos de caminatas”, dice José, uno de los guías que amablemente sirven en este destino. “¿Han ido ya a la iglesia?”, pregunta como entrado en confianza. “Tienen que ir, el atractivo allá es el Cristo Negro”, se auto responde. No miente. El templo católico de Juayúa, cuya construcción inició en 1956, rinde culto a un Jesús de color negro colgado de una cruz. “Es como el patrono de los pueblos indígenas convertidos al catolicismo”, atina José.Una caminata sobre “suelo hirviendo” La siguiente parada es la ciudad de Ataco. Antes de llegar al poblado, Roberto Palacios, “el lazarillo” que nos asignaron para conocer los destinos de El Salvador, insiste en hacer paradas de rigor en los miradores construidos a la orilla de la carretera. “No se arrepentirán de disfrutar esa vista”, dice usando el tono persuasivo de un buen vivandero.
No exageró. Bastó la primera parada para dejarnos seducir por las otras dos. Desde esas alturas, la cordillera volcánica de este trozo de la América del centro se ve imponente. Palacios no desperdició oportunidad para darnos los nombres de cada protuberancia alzada con majestuosidad.
El viaje aquí termina con una soberbia experiencia. “¿Quieren caminar sobre lava hirviendo?”, preguntó Roberto como quien ofrecía una aventura como esas de deporte extremo. No vacilamos en responder que sí con cierta incredulidad. “Prepárense para conocer Los Ausoles”, amenazó.
Los Ausoles son seis pequeños cráteres cerca de la superficie plana donde se puede caminar. Están localizados en el último poblado de La Ruta de Las Flores, en Ahuachapán. Son apreciables ahí las charcas hirvientes y las columnas de gases que brotan desde los “respiraderos”. El calor, el olor a azufre y el sonido de las explosiones dejan claro que en El Salvador la tierra tiene vida propia.Aire “puro” Un buen lugar en El Salvador para desintoxicarse del smog que producen las grandes ciudades es el Parque Boquerón, un volcán en descanso ubicado a tan solo 20 kilómetros de la capital. Al parque lo componen tres cerros: el Jabalí, con 1,300 metros de altura sobre el nivel del mar, el Picacho, con 1,959, y el Boquerón, con una altura de 1,893 metros.
Tupido de plantas ornamentales como cartuchos, hortensias, antorchas, begonias, sultanas silvestres y otras flores exóticas, el lugar es un verdadero culto a la naturaleza. Desde sus miradores y senderos son apreciables sus cráteres. El más grande es de 1.6 kilómetros de diámetro, y dentro de él, el más pequeño, de 45 metros de diámetro. Ambos a 552 metros de profundidad.Huellas imborrablesLa Unesco ha encontrado méritos para declarar Patrimonio de la Humanidad a una aldea maya descubierta apenas hace 31 años en el departamento La Libertad. El lugar se encuentra a tan sólo 30 minutos de San Salvador y fue descubierto mientras se hacían excavaciones para instalar silos en una propiedad estatal en 1977.
Ahora llamado Museo Joya de Cerén, los restos encontrados son estancias y edificaciones que dan razón de la vida cotidiana de los aborígenes que habitaron esos territorios. El paseo significa estar cerca de casas, pasillos, puertas, bancas, baños de vapor, cultivos de maíz y jardines caseros construidas hace unos mil 400 años.
“Son en total 18 estructuras y se han conservado gracias a las casi diez capas de cenizas que arrojó sobre esta ciudadela el volcán de Loma Caldera”, dice Moisés Flores, un catedrático de la Facultad de Turismo que nos acompañó en la Ruta Arqueológica.
Se cree que los ancestros dejaron la ciudad huyendo de la furia del coloso, que mostró su máxima capacidad destructiva en el año 600. “Estas aldeas habían avanzado tanto en técnicas de construcción, que las estructuras increíblemente sobrevivieron a la hecatombe”, advierte Flores al describir los aposentos indígenas.
Pero lo impresionante de esta ruta estaba por comenzar. La grandeza de su atractivo se complementa con la visita a El Tazumal, otra ciudadela Maya ubicada a 80 kilómetros de San Salvador, en la ciudad de Chalchuapa, Santa Ana. Allá se levantan imponentes dos pirámides cuya construcción se fija en los años 1200 antes del calendario católico.
Su estructura principal tiene 24 metros de altura. Dentro de ambas pirámides se encontraron más de veinte tumbas que conservaban intactos sus motivos fúnebres en vasijas, joyería de jade y otros utensilios propios de la creencia de los indígenas en la vida ulterior.
Una crónica sobre un viaje a El Salvador no puede terminar sin hablar de las pupusas, ofrecidas en cada esquina, comiderías y hasta restaurantes de fina cuchara. Hechas a base de maíz, las puede pedir con relleno de queso, frijoles y chicharrón. Usted puede comprobar que en materia de pupusas los salvadoreños hacen valer los antojos, lo supe cuando en broma pedí una de camarón, y listo, bastaron diez minutos para tenerla en mi mesa acompañada de un buen chocolate caliente.
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En “el país de los 25 minutos”
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