oct 14, 2008
Guerrera de la vida
Melania Rivera Velia Agurcia
La actual directora del Departamento de Admisión de la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli), nunca se imaginó las sorpresas que la vida le tenía preparada. Algunas buenas y otras no tan agradables.
En su natal Jinotega, ya se veía en Melania Rivera a una niña aplicada en los estudios, que al final no tuvo problemas en elegir al magisterio sobre las carreras ligadas a la agronomía que ofrecía el sistema de educación de los años ochentas en las zonas rurales.
De una jovencita graduada en la Escuela Normal de Estelí, Rivera se forjó un camino exitoso como una de las profesoras más queridas de la Upoli, y por supuesto, el ostentar el cargo de directora de Admisión.
El proceso no fue de la noche a la mañana. Empezó desde abajo dando clases a los estudiantes de primaria, hasta llegar a enseñar a los universitarios.
Se graduó en la Universidad Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) como licenciada en matemáticas, en 1991.
En 1998 Rivera inició sus labores en la Upoli, donde inicialmente trabajó como asistente de Vice Rectoría Académica, hasta que en 2004 el Departamento de Admisión se separó del área académica y ella fue nombrada directora de éste; aunque no todo fue alegría para Rivera y su familia durante ese año. Un alto en el camino a la cimaPoco después del nombramiento, Melania sintió “una pelota” en su busto izquierdo. “Me palpé algo en la mama izquierda. Me asusté y cuando llegué a la casa le pedí a mi esposo que tocara para ver si no era idea mía”, cuenta con la voz entrecortada. Una semana después, justamente el día de su cumpleaños, las dudas se disiparon. Ese día se dio cuenta de su realidad: los médicos le diagnosticaron cáncer de mama.
Noviembre fue más duro para ella y su familia: inició el proceso de cirugías, quimioterapia y radioterapia.
“Fue un gran susto. Uno no se espera algo así. Cuando se tiene familia lo que más miedo da es decirlo”, dice Rivera al referirse sobre el momento cuando se enteró de su condición y tuvo que decírselo a sus dos hijos. El menor tenía 13 años en ese entonces.
Recuerda que su hijo constantemente le preguntaba si iba a curarse, si estaba bien, y de vez en cuando la regañaba cuando salía a esperarlo a la parada del bus del colegio sin el pañuelo en la cabeza, con el cual ocultaba los desgastes de la enfermedad.¿Una vida que se acaba o que inicia?El sentimiento de impotencia la ahogó. Asegura que no pasó por terapias psicológicas durante los ocho meses de lucha contra el cáncer. Lo que más le afectó fue pensar que tal vez no quedaba mucho tiempo para vivir, para compartir con su esposo y su familia, las dudas y temores de cómo estaba “por dentro”, y la incertidumbre de no saber si las medicinas y tratamientos harían efecto.
En cuanto al temor y el golpe visual de perder una mama y el cabello, Rivera dice que terminó aceptándolo porque era la única manera de detener el cáncer. Y por supuesto, fue fundamental el apoyo de su familia y compañeros de trabajo en el proceso de recuperación.
Al final, libró la batalla contra el cáncer. Y aunque asegura que siempre ha sido muy sonriente, ahora se ve en sus ojos el amor que siente por la vida misma. Sólo con escucharla reír cualquiera puede notar las ganas de vivir de esta mujer, que además de ganarle al cáncer de seno con ayuda de su familia, agradece infinitamente a Dios por esta oportunidad.¿Una nueva forma de vivir?“Algo así. Le cambia la forma de ver la vida a uno. Ahora trato de… vivir con mucho optimismo”, confiesa. Cuenta que evita ponerse triste, porque los médicos le dijeron que eso también baja las defensas y puede tener una recaída.
Desde entonces evita trabajar más de la cuenta, prefiere aprovechar las noches y fines de semana para compartir con su familia y no perder ni un minuto más de vida sin ellos.
Foto: Alejandro Sánchez
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